La comunidad evangélica en España ha crecido un 30% en la última década y suma ya alrededor de 1,5 millones de fieles, sostenida en buena medida por la incorporación de migrantes latinoamericanos que encuentran en estas iglesias redes de apoyo, identidad comunitaria y un lugar donde procesar el desarraigo. El fenómeno, discreto pero persistente, ha empezado a hacerse visible en la política: en 2023, el Partido Popular intensificó sus contactos con líderes evangélicos en busca del voto latino.
Las batallas religiosas ya no se libran solo en los templos. Desde hace días, autobuses de la Empresa Municipal de Transportes de Madrid circulan con publicidad del Festival de la Esperanza, el evento del predicador estadounidense Franklin Graham previsto para los días 30 y 31 de mayo en el Palacio Vistalegre. En los carteles, una invitación: «Compartir el amor de Jesucristo con personas de todo Madrid». El sábado anterior, unas 35.000 personas acudieron al estadio Riyadh Air Metropolitano para asistir al evento The Change Madrid 2026, con pantallas gigantes, música, discursos emocionales y producción audiovisual a gran escala. La estética del acto se parecía más a un concierto que a un culto tradicional, y esa capacidad de adaptar el lenguaje religioso a formatos masivos y contemporáneos es, según los analistas, una de las claves de la expansión evangélica en España.
España cuenta con alrededor de 1,5 millones de evangélicos. En 2018, según datos del Observatorio del Pluralismo Religioso, la cifra ya alcanzaba el 3% de la población —frente al 0,2% de 1998—, y desde entonces el crecimiento no se ha detenido. Solo en Madrid, el número de centros religiosos evangélicos ha pasado de 662 a 855 en la última década. Detrás de ese crecimiento hay un fenómeno demográfico preciso: la llegada masiva de migrantes latinoamericanos que traen consigo prácticas religiosas, líderes y redes ya consolidadas en sus países de origen, y que las reproducen en los barrios y municipios donde se asientan.
Del autobús al campo del Atlético
La socióloga Paola García, autora del informe Integración y migración: las iglesias pentecostales en España, explica que estas comunidades funcionan como espacios de encuentro, redes de apoyo, comedores improvisados y refugios emocionales para miles de migrantes recién llegados. «Traen consigo prácticas religiosas, líderes y redes ya consolidadas en origen que se reproducen en barrios y municipios donde se asientan», señala García. En muchos de estos encuentros se habla de política o se pide el voto en unas elecciones, lo que convierte a estas iglesias en actores con una dimensión que trasciende lo estrictamente espiritual.
La llamada «milla evangélica» de Carabanchel —la concentración de iglesias pentecostales en ese barrio del sur de Madrid— es la expresión más visible de esa expansión. Funcionan como espacios de acogida y, al mismo tiempo, como mecanismo de mitigación de la soledad y la vulnerabilidad propias del proceso migratorio. Kenny Clewett, codirector de una iniciativa global sobre migraciones y antiguo pastor evangélico, conoce el fenómeno desde dentro. «Muchos migrantes llegan solos, sin red familiar, sin contactos y con trabajos precarios. La iglesia les da la pertenencia inmediata», explica. Y advierte de los riesgos: «Hay congregaciones donde el poder está concentrado y personas vulnerables terminan dependiendo emocional y económicamente del líder religioso».
La milla evangélica de Carabanchel
El perfil de los nuevos fieles es heterogéneo, pero tiene rasgos comunes. Una de sus figuras más conocidas es la pastora colombiana Yadira Maestre, cuya iglesia multitudinaria en Fuenlabrada ha acogido actos públicos con reconocimientos a la presidenta regional Isabel Díaz Ayuso y al alcalde José Luis Martínez-Almeida. El templo ha cedido su espacio para campañas políticas y recogidas de firmas, lo que ilustra el grado de penetración de estas iglesias en la vida cívica de sus comunidades. El año pasado, unas 10.000 personas llenaron la plaza de toros de Vistalegre para escuchar al predicador brasileño Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios. Estas congregaciones no solo ocupan bajos comerciales en barrios periféricos: también llenan estadios.
La expansión en Madrid ha sido discreta pero sostenida. En los barrios con mayor presencia migrante, las iglesias pentecostales han ido ocupando locales comerciales vacíos, naves industriales y antiguos cines. Su arquitectura es funcional, su liturgia es participativa y su mensaje incorpora referencias a la situación económica y laboral de sus fieles con una inmediatez que las parroquias católicas tradicionales raramente ofrecen. «Su capacidad para adaptar el lenguaje religioso a formatos masivos y contemporáneos» es, según el informe de García, la clave del crecimiento sostenido en entornos urbanos con alta concentración de población latinoamericana.
Cuando la fe se convierte en voto
Las conexiones entre estas iglesias y la política española empiezan a hacerse visibles con nitidez. En 2023, el Partido Popular (PP) intensificó sus contactos con líderes evangélicos en busca del voto latinoamericano, siguiendo el modelo desarrollado en Estados Unidos por la derecha republicana. En un vídeo difundido por la cadena catarí Al Jazeera, puede verse a Graham rezando hace unas semanas en la Casa Blanca junto al presidente estadounidense Donald Trump. Durante el acto, Graham aseguró que Trump había sido «elegido por Dios» para liderar la guerra contra Irán, una afirmación que ilustra el grado de imbricación entre determinadas corrientes del evangelismo y la agenda de la derecha radical en el mundo anglosajón.
En España, fuentes municipales afirman que la Empresa Municipal de Transportes ha cedido espacio publicitario, mediante licitación pública, para la campaña del Festival de la Esperanza. Los carteles de Graham recorren Madrid en 12 autobuses de 12 líneas en formato trasera integral hasta el 31 de mayo. La visibilidad de esa publicidad en el espacio público no ha generado reacción institucional apreciable, aunque sí debate entre organizaciones laicas y asociaciones de vecinos de los barrios afectados. La presencia evangélica en la ciudad ya no es un fenómeno de nicho: ha llegado al transporte público, a los estadios y, con discreción creciente, a los despachos donde se negocia el voto.