El viejo continente superó antagonismos políticos, pero sigue dividido por recetas

28 décembre 2025 - 16:40

“Atacada por Rusia, económicamente sumergida por China y abandonada por Estados Unidos, todavía se puede confiar en que Europa se centre en las cosas que importan. Como, por ejemplo, la forma correcta de cocinar espaguetis a la carbonara”. “El nacionalismo europeo ha muerto. Viva el gastronacionalismo europeo. Un continente unido por tratados sigue dividido por recetas”. Título, subtítulo y esas primeras líneas destacadas que hacen sonreír con ironía junto a una ilustración elocuente, impiden seguir de largo, por la más reciente edición de The Economist, sin detenerse unos minutos en el artículo que aborda cuestiones tan relevantes de política, relaciones internacionales, gastronomía y poder.

The Economist se hace eco del episodio acaecido, semanas atrás, con el hallazgo en una tienda del Parlamento Europeo en Bruselas que vendía frascos de salsa carbonara ‘fake’, preparada aparentemente con los ingredientes equivocados, según ha dicho Francesco Lollobrigida, ministro de agricultura italiano quien reaccionó “con la solemne intensidad que cabría esperar en asuntos de guerra y paz. ¿Cómo podría una carbonara con crema —¡crema! ¡Madonna mia!— y el corte de cerdo incorrecto merecer ese nombre? ¿Qué será lo siguiente, piña en la pizza?”, ironiza la publicación británica, ignorando que la peyorativa alusión a la piña en la pizza podría desencadenar una crisis con Colombia.

La carbonara fake resultó inaceptable para el ministro populista de Italia, quien es cuñado de Giorgia Meloni, dice The Economist. “Se exigió encarecidamente una investigación. Ante amenazas existenciales, el continente ha demostrado una vez más su talento para priorizar lo innegociable. La indignación vesubiana del Sr. Lollobrigida fue sintomática: la comida puede despertar emociones más fuertes en Europa que casi cualquier otro tema”.

The Economist destaca que los hábitos culinarios siguen dividiendo a los países, aunque estos se hayan unido de muchas maneras. Felizmente se puede decir que, durante décadas, la Unión Europea ha logrado dominar su “patrioterismo residual”. Ha armonizado 27 conjuntos de leyes nacionales, ha erradicado los controles fronterizos y ha fusionado las monedas en una sola. Pero, aunque suena gracioso, un continente unido por tratados sigue desgarrado por las recetas.

“De Dublín a Lublin y de Malmö a Palermo, los paladares europeos han permanecido impasibles ante 70 años de integración europea”. Una realidad comparativamente contrastante con la de los americanos. “Los estadounidenses comen prácticamente lo mismo, independientemente de su origen. Sin embargo, si le sirves queso holandés a un griego o un estofado irlandés a un español, lo mejor que puedes esperar es un silencio cortés”, señala con mordacidad el semanario británico.

“Hoy en día, se considera de mala educación que un europeo denigre a un vecino, seguramente un aliado en alguna negociación crucial de la UE. Pero criticar su gastronomía sigue siendo una señal de virilidad patriótica. El nacionalismo europeo ha muerto. ¡Viva el gastronacionalismo europeo! Las peculiaridades dietéticas se han utilizado durante mucho tiempo para burlarse de quienes viven al otro lado de la frontera”, agrega la publicación.

El magazín británico enuncia las formas burlescas y hasta grotescas que se han utilizado para ridiculizar por ejemplo a alemanes, franceses o británicos por sus preferencias gastronómicas y las formas de preparar sus alimentos. De hecho, esto ha sido instrumentalizado por políticos, populistas y hombres de Estado conscientes de que es una táctica que siempre rinde réditos y es convocante, pero, en ocasiones, también generan venganzas gastronómicas cual bofetada con guantes de seda. Las graciosas anécdotas con Jacques Chirac o Silvio Berlusconi, así como las reacciones, lo confirman.

“En materia gastronómica, al igual que en la economía y el clima, una línea horizontal divide el continente. Quienes están por encima, los ricos y azotados por la lluvia, cocinan principalmente con mantequilla y son los parientes pobres gastronómicos del continente. Su ‘cocina’, alegan sus vecinos del sur, es un medio eficiente de suministrar calorías acorde con su innata falta de sentido del humor; ¿quién ha buscado alguna vez voluntariamente un restaurante alemán, holandés o polaco? Los sureños, en cambio, son de aceite de oliva. Los italianos, griegos y franceses (que hábilmente se sitúan en la línea divisoria entre el aceite y la mantequilla) consideran la comida como una ocasión sagrada, que nutre tanto el alma como el cuerpo”, abunda The Economist.

El norte de Europa comercia libremente, “con su comida aburrida”, y se ha beneficiado de la globalización. Los británicos dieron entrada al pollo tikka masala y los alemanes a los döner kebabs. La Europa del sur ama y defiende lo que tiene. “En parte, les molestan las malas imitaciones de las recetas de sus abuelas”. Pero hay lugares en los que ocurren cosas peores: “Los escandinavos sirven con gusto la pasta con kétchup, mientras que los polacos sirven un plato de macarrones con fresas (mejor no se lo digan al Sr. Lollobrigida). Los sureños han luchado contra esta apropiación culinaria con entusiasmo”.

No hay que olvidar a los belgas. Ellos tampoco están felices con el hecho de que las papas fritas o papas a la francesa lleven el nombre de sus vecinos porque, se supone, las hacen mejor. Otro tanto ocurre con los griegos que se atribuyen el «café turco».

“Todos los países del sur de Europa destilan fruta en aguardiente anisado, ideal para disfrutar al sol; ¿quién distingue entre el ouzo griego, la mastika búlgara y el raki balcánico? Y, sin embargo, cada país trata su propia bebida como néctar de los dioses, mientras denigra la de su vecino como una variante de decapante [dicho de un producto que se usa para decapar, esto es, quitar por métodos fisicoquímicos la capa de óxido, pintura, etc., que cubre un objeto]. Ucrania y Rusia llevan mucho tiempo discutiendo sobre el origen de la sopa borscht, utilizando cada una la afirmación de la otra como prueba de intransigencia”, añade el artículo.

La revisa británica destaca que hasta cierto punto es ‘sensato’ un poco de ‘chovinismo culinario’, si se tiene en consideración la tendencia de esta era globalizada a la comida fusión viralizada en Instagram y en otras redes sociales. Pero, la pretensión de ordenar una forma «correcta» de preparar un plato o limitarlo a un lugar, también ignora la evolución de la cocina.

“Los cocineros toman prestado, adaptan y mejoran lo que encuentran. De todos modos, gran parte de la tradición culinaria se inventa. La carbonara, tan enérgicamente defendida por los italianos, no es un plato ancestral: la primera receta conocida se imprimió en 1952, en Chicago. No fue hasta la década de 1990 que la versión «canónica» actual echó raíces. Puedes ponerla en tu plato y disfrutarla”, sugiere The Economist.

Desde hace más de tres décadas, la UE ha regulado y aplicado normas que estipulan que algunos alimentos solo pueden proceder de ciertas zonas, ello garantiza, por ejemplo, que solo los griegos puedan elaborar queso feta y que el parmesano proceda del norte de Italia. “De los más de 1500 alimentos protegidos actualmente, más del 70 % provienen de cinco países del sur. El 10 de diciembre, la UNESCO amplió su lista de patrimonio cultural inmaterial de la humanidad para incluir la gastronomía italiana, convirtiéndola en el primer país en recibir tal reconocimiento. Se supone que no hay planes para reconocer la gastronomía holandesa. Las disputas gastronacionalistas europeas son deliciosas porque pueden ser cómicamente triviales. Es el narcisismo de las pequeñas diferencias”, puntualiza el semanario británico.

 

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