El porno ilustra a los adolescentes donde la escuela no llega

10 avril 2026 - 09:49

Un estudio del grupo de investigación en victimización infantil y adolescente de la Universitat de Barcelona, realizado con más de 4.000 chicos y chicas de 14 a 17 años escolarizados en centros de toda España, certifica que uno de cada diez adolescentes consume pornografía a diario y que más de la mitad ha visto algún vídeo en el último año. Las investigadoras concluyen que el contenido pornográfico convencional ha ocupado el espacio que la educación afectivo-sexual no cubre en las aulas ni en los hogares.

La pornografía está «ampliamente extendida» entre los adolescentes españoles de 14 a 17 años. Esa es la conclusión principal de un nuevo estudio del grupo de investigación en Victimización Infantil y Adolescente (GreVIA) de la Universitat de Barcelona (UB), firmado por las investigadoras Noemí Pereda y Alba Águila-Otero a partir de una muestra de 4.024 chicos y chicas escolarizados en centros de toda España. Más de la mitad de los encuestados había visto vídeos pornográficos en el último año, y uno de cada diez declaró consumirlos a diario. La prevalencia es significativamente mayor entre los chicos que entre las chicas, con una diferencia que se acentúa a partir de los 16 años.

Las investigadoras de la UB documentan una asociación entre el consumo habitual de pornografía convencional y una menor presencia de emociones morales, como la culpa, la vergüenza o el arrepentimiento. Estas emociones son las que aparecen al sentir que se han transgredido normas o que se ha causado daño a otra persona. Ver con frecuencia escenas de alto contenido sexual implica también, según el estudio, una mayor probabilidad de desarrollar conductas de riesgo como el consumo de alcohol. Los datos se hacen eco de una investigación estadounidense previa que documentó que el 90% del porno convencional actual incluye violencia, especialmente hacia la mujer, en forma de agresiones verbales y físicas, como bofetadas y asfixia.

Los datos del estudio

El estudio GreVIA sitúa la adolescencia como un periodo crítico en la formación de la conducta sexual. Según la teoría del aprendizaje social, las experiencias que los jóvenes observan en su entorno —incluidas las de sus parejas e iguales, y los contenidos que consumen— moldean sus comportamientos posteriores. En ese marco, la pornografía ocupa un lugar que ninguna otra fuente de referencia ha desplazado: ni la familia, donde las conversaciones sobre sexualidad suelen limitarse a la negación, la evitación y la prevención, ni la escuela, donde los contenidos afectivo-sexuales dependen de la voluntad del centro y de cada docente, sin un currículo reglado que los garantice.

La investigadora Noemí Pereda subraya que «el porno está guiando los roles sexuales de los jóvenes» y que la consecuencia más preocupante es la asimetría de género que transmite: «Ellos son machos potentes y ellas, hembras sufrientes». Una investigación paralela del sociólogo Lluís Ballester en la Universitat de les Illes Balears refuerza esa lectura al concluir que la denigración femenina en muchos de estos vídeos tiene efectos documentados sobre la vida sexual real de los adolescentes. El vínculo entre consumo intensivo y mayor probabilidad de no usar preservativo añade una dimensión de salud pública al debate.

El porno como educador de facto

La sexóloga y terapeuta Laura Morán lleva años trabajando con jóvenes y familias sobre estas dinámicas, y su diagnóstico es directo: «Tenemos que hablar a los adolescentes del placer porque recalcar los aspectos negativos no está funcionando». Morán señala que la reducción histórica de la educación sexual a la prevención de embarazos no deseados e infecciones ha dejado sin herramientas a generaciones enteras para entender la sexualidad como algo más amplio. «Hemos asociado la sexualidad al sexo, y el sexo lo hemos reducido a la genitalidad», sostiene, reclamando que el sistema educativo incorpore en sus contenidos el consentimiento, la identidad, el placer y la diversidad de prácticas.

La sexóloga Sonia Encinas, autora de Sexo afectivo y El sexo de las madres, coincide en el diagnóstico y añade que el problema no es solo de contenidos sino de enfoque. Las familias, señala Encinas, «muchas veces piensan que si conversan sobre el placer están desprotegiendo a sus hijos», cuando combinar la información sobre precauciones y sobre el placer «no debería ser incompatible, pero en la práctica lo es». El resultado es que los adolescentes buscan en la pornografía respuestas que ni el hogar ni el aula les ofrecen, con la particularidad de que ese material no ha sido diseñado para educar sino para excitar, y que su acceso está condicionado por algoritmos que amplifican los contenidos más extremos.

La educación que no existe

El estudio de la UB reclama al Ministerio de Educación que la formación afectivo-sexual forme parte del currículo escolar sin depender, como ocurre en la actualidad, de la voluntad del centro. «Necesitamos que todos los centros educativos incluyan estos contenidos en el currículo y que haya manuales y libros de texto específicos», argumenta Pereda. Una charla puntual, insiste la investigadora, «no es el lenguaje de los chavales y, además, algunas familias lo rechazan porque creen que es ideología y no educación».

Laura Morán va más allá en la concreción de lo que esa educación debería incluir. Pone como ejemplo la desaparición del clítoris de los mapas de anatomía en los libros de texto de ciencias naturales: «Como no forma parte de la reproducción humana, ¿para qué lo van a enseñar?». La ausencia de ese órgano en los materiales educativos condensa, para Morán, el problema estructural: una educación sexual que habla de reproducción y prevención, pero que silencia el placer, la orientación, la intimidad y el deseo. Mientras ese vacío persista, concluye el estudio de la UB, la pornografía seguirá siendo el principal educador sexual de las nuevas generaciones.

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