La vivienda se ha convertido en el principal problema de los españoles y en el detonante de un enfado que va más allá del caso de Maricarmen Abascal. Las encuestas del CIS, 40dB y Metroscopia muestran una brecha entre el crecimiento económico y la percepción de los hogares. Los expertos alertan del riesgo de que el descontento derive en desafección.
Inés Caballero tiene 28 años, trabaja como técnico de teatro en Madrid con contrato fijo y cobra unos 1.500 euros al mes. Aun así, vive con sus padres y no puede plantearse comprar una casa, ni siquiera alquilar sola. «Me encuentro en un callejón sin salida», explica. Por eso plantó su tienda en la acampada de la Puerta del Sol, nacida el 26 de septiembre tras una manifestación contra el desahucio de Maricarmen Abascal. Un fondo inmobiliario expulsó a la anciana, de 87 años, de la vivienda en la que vivía de alquiler desde 1956.
El caso de Maricarmen, que murió días después del desalojo, fue el detonante, pero el malestar que se respira en Sol va mucho más allá. Según una encuesta de Metroscopia para El País, el enfado es la emoción dominante cuando se pregunta a los españoles por la política (45%), por delante del cansancio (26%) y del miedo (19%). Los votantes del Partido Popular (PP) y de Vox en 2023 son los más enojados, pero todos los electorados comparten ese sentimiento. La convocatoria del 29 de noviembre lo convierte en una variable electoral de primer orden.
Un problema que atraviesa a todo el electorado
El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sitúa la vivienda como el problema más citado del país. El 37,5% de los encuestados la menciona entre sus tres principales preocupaciones, cuando en diciembre de 2019 apenas inquietaba a un 2%. Es además un asunto transversal. Entre quienes la consideran uno de los grandes problemas, el 28% vota al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) o a Sumar y el 27% al PP o a Vox. La preocupación se dispara entre los jóvenes, y más de la mitad de los menores de 24 años la ve como un problema nacional.
Los datos de 40dB dibujan un temor muy concreto. Casi la mitad de la población teme verse obligada a dejar su vivienda en los próximos dos años por motivos económicos, una proporción que supera el 56% entre los 18 y los 45 años y roza el 75% entre los inquilinos. El 57,4% de quienes pagan hipoteca destina a ella más del 30% de sus ingresos. Al 83% de quienes no tienen casa propia le interesa comprar, pero casi el 35% cree que nunca podrá hacerlo. Según el CIS, solo el 11,9% considera garantizado el acceso a una vivienda digna, frente al 60% que lo cree de la educación y la sanidad.
Crecimiento sin bienestar percibido
La paradoja es que los grandes indicadores no reflejan un panorama sombrío. Las previsiones sitúan el crecimiento del producto interior bruto (PIB) en el 2,6%, más del doble que la media europea, el país supera los 22 millones de cotizantes y la desigualdad medida por el índice de Gini se reduce. Esas cifras no llegan, sin embargo, a personas como David de Frutos, educador infantil de 36 años. Cobra unos 1.800 euros, prácticamente lo mismo que cuando empezó, y con una inflación acumulada cercana al 33% calcula que ha perdido un tercio de su poder adquisitivo.
El economista Daniel Fuentes, de la Universidad de Alcalá, distingue entre elementos coyunturales y una tendencia de largo plazo. El acceso a la vivienda golpea sobre todo a quienes están en edad de emanciparse, y muchos hogares no se han recuperado del impacto de los precios energéticos. La renta media de los hogares no volvió a su nivel anterior a la crisis de 2008 hasta 2024. Fuentes define el resultado como «la gran insatisfacción», la de un amplio grupo social que mira al futuro y ve grandes dificultades para cumplir sus planes vitales básicos.
Del descontento a la desafección
La politóloga Cristina Monge propone separar dos conceptos. El malestar tiene causas materiales, como la vivienda, la inflación o la precariedad. El descontento remite a una falta de confianza en las instituciones y en los partidos, los medios o los sindicatos. Ambos se entrelazan, y las encuestas lo confirman. Según el CIS, el porcentaje de españoles muy o bastante satisfechos con el funcionamiento de la democracia ha caído del 38,6% en 2007 al 20,5% en junio de 2026, aunque no por ello se declaran antidemocráticos.
Mariano Torcal, catedrático de Ciencia Política de la Universitat Pompeu Fabra, advierte del riesgo de que ese descontento, dirigido contra el Gobierno, se convierta en desafección hacia el sistema. A su juicio, un discurso que atribuye al sanchismo el fracaso no solo del Ejecutivo sino del propio Estado puede acelerar ese tránsito. «La desafección no cambia porque gane las elecciones otro», alerta. El peligro último, según Torcal, es una «deslegitimación de las instituciones y de la propia democracia liberal», cuyo respaldo sigue siendo mayoritario.
Esa tensión marcará la campaña. La directora de 40dB, Belén Barreiro, recuerda que nunca se había llegado a unas elecciones con las calles llenas de protestas y con una huelga general convocada, la del 11 de noviembre, que en principio favorece a la izquierda. La incógnita es hacia dónde se canalizará el enfado. Inés Caballero lo tiene claro. Entiende que mucha gente esté frustrada con la política, pero insiste en que «hay que votar».