El proyecto ‘DemocraZia con Z’, presentado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, combina investigación cualitativa, eventos territoriales y materiales formativos para reintegrar a la población joven en la vida democrática. Sus impulsores advierten de que el problema no es de actitud, sino de condiciones: vivienda, precariedad y exclusión sistemática de los espacios de decisión.
El Consejo de la Juventud de España (CJE) presentó este jueves en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el proyecto ‘DemocraZia con Z’, una iniciativa orientada a analizar las causas de la desafección política juvenil y a generar mecanismos concretos de participación democrática para la población joven. El acto contó con la presencia del ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, y se enmarca en la conmemoración de los 50 años de España en libertad, la iniciativa gubernamental que celebra el aniversario de la transición a la democracia. El proyecto, cofinanciado con 1.908.710 euros entre la Comisión de los 50 años y el propio CJE, se propone ir más allá del diagnóstico habitual sobre los jóvenes y la política para abordar las causas estructurales de un distanciamiento que sus promotores consideran mal interpretado.
La presidenta del CJE, Andrea González Henry, subrayó en la presentación que debatir hoy sobre juventud y democracia implica «asumir la complejidad del momento histórico, reconocer señales de tensión sin sobredimensionarlas y analizar causas estructurales sin caer en determinismos generacionales». Para Henry, «la juventud no es solo el relevo generacional, es un actor político del presente. Lo que piensa, siente y hace hoy tiene efectos directos en la vida democrática actual». La comisionada de España en Libertad, Carmina Gustrán, acompañó ese diagnóstico con una advertencia: «La debilitación de la juventud debilita el tejido democrático».
Qué es DemocraZia con Z y cómo funcionará
El proyecto se estructura en tres fases sucesivas. La primera consiste en una investigación de carácter principalmente cualitativo sobre la relación entre juventud y democracia en España, cuyos resultados se esperan para el próximo verano. La investigación no pretende limitarse a cuantificar el descontento, sino identificar qué hay detrás de lo que sus promotores denominan la «aparente desafección»: qué barreras estructurales impiden a los jóvenes participar, qué canales faltan y por qué un 17% de la población joven española manifiesta preferencia por modelos de gobierno no democráticos, una cifra que el CJE califica de «preocupante» y que ha motivado en parte el lanzamiento de la iniciativa.
La segunda fase, prevista para el verano, consiste en 14 eventos de reflexión y ocio descentralizados, uno por comunidad autónoma, que el CJE describe como una forma de «sembrar semillitas» fuera de los grandes núcleos urbanos. A partir del inicio del curso escolar, el proyecto desplegará su tercera fase: la difusión de materiales formativos sobre democracia y participación dirigidos a cuatro ámbitos distintos: la educación formal, las entidades juveniles, la administración pública y los creadores de contenido digital. Entre las propuestas más concretas figura la inclusión de un «módulo de democracia» en la formación del profesorado y de los entrenadores deportivos, dos figuras con alta influencia sobre la juventud que habitualmente quedan fuera del debate sobre participación cívica.
Las causas: adultocentrismo, precariedad y el espacio digital
Para el CJE, la desafección juvenil no es un problema de actitud sino de condiciones. La vicepresidenta del Consejo, Pilar Blasco, sintetizó el diagnóstico en un concepto: «adultocentrismo». Se trata, explicó, de un sistema en el que «no te conviertes en ciudadana de pleno derecho hasta que no te conviertes en persona adulta», lo que desvía la atención institucional de los problemas que afectan a los jóvenes y los excluye de los espacios donde se toman las decisiones que les afectan. A esa exclusión simbólica se añade una exclusión material: la crisis de vivienda, la precariedad laboral y el aumento de la desigualdad colocan a buena parte de la juventud en una situación en la que, como señaló González Henry, «no tenemos condiciones para vivir un presente lo suficientemente digno como para proponer un futuro». Participar en democracia, recordó la presidenta del CJE, requiere «estructura, tiempo, recursos y conocimientos», bienes que el sistema no garantiza por igual.
El proyecto pone también el foco en el espacio digital como factor de riesgo. Sus promotores advierten de que los jóvenes «se han visto obligados a ir al espacio digital porque se les ha quitado el espacio físico», y que en ese entorno los discursos se radicalizan con mayor facilidad. La propuesta pasa por recuperar los espacios de convivencia presencial como antídoto frente a esa radicalización, bajo la hipótesis de que «si se generan esos espacios, esa radicalización se corta». En esa línea, el proyecto reclama también una mayor regulación de las redes sociales y denuncia que la ultraderecha ha sabido capitalizar el malestar juvenil mediante lo que denominan una «politización del descontento»: ante la ausencia de canales eficaces para atender las demandas de los jóvenes, esos discursos llenan el vacío.
El contexto: el giro a la derecha y el 17% antidemócrata
‘DemocraZia con Z’ nace en un momento en que los datos sobre la relación de la juventud española con la política dibujan un escenario inquietante. Varios estudios publicados entre finales de 2025 y principios de 2026 apuntan a que, por primera vez en la era democrática, el grupo de edad de entre 18 y 30 años se sitúa, en promedio, más a la derecha ideológica que la media de la población general. Los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) correspondientes al periodo 2023-2025 confirman ese cruce de curvas: los jóvenes de 18 a 24 años superan en autoubicación en la escala ideológica al grupo de 45 a 55 años por primera vez desde que existen registros comparables.
El análisis dominante entre quienes estudian el fenómeno apunta a causas materiales antes que ideológicas: una generación que asume que vivirá peor que la anterior, que destina una proporción inasumible de su salario al alquiler y que percibe que las instituciones no responden a sus problemas concretos, resulta más receptiva a discursos que canalizan el resentimiento fuera de los cauces convencionales. Blasco lo formuló con precisión: «Centrar el debate público en las minorías antidemocráticas no solo es injusto, sino que impide abordar las causas estructurales que están en el origen de estas reacciones». El proyecto, en ese sentido, apuesta por trasladar el foco desde el síntoma —la desafección— hacia las condiciones que la producen, con la convicción de que solo interviniendo sobre esas condiciones es posible revertir una tendencia que, a la vista de los datos, no parece coyuntural.