El ensayo Emigrantes. La historia olvidada de la emigración a Europa (1960-1975), de Joaquín Riera Ginestar y editado por Arzalia, recupera los testimonios de los 3,5 millones de españoles que marcharon a Alemania, Francia y Suiza durante el franquismo. La mitad lo hizo de forma irregular, eludiendo los controles del régimen. Sus dificultades —documentación, explotación laboral, separación familiar y discriminación— son casi idénticas a las que afrontan quienes llegan hoy a España.
En 1971, Casilda Hervés Gómez, gallega de A Estrada, marchó a Francia con 25 años y sin saber hablar francés. Viajó sola, sin teléfono, sin conocidos. En el tren que la llevaba al exilio laboral, otros pasajeros le preguntaron a quiénes dejaba. «Fue muy negro, muy negro dejar a mis hijas», recuerda hoy, con 80 años, la voz tomada al teléfono. Su historia es una de las que vertebra el ensayo Emigrantes. La historia olvidada de la emigración a Europa (1960-1975), del catedrático valenciano Joaquín Riera Ginestar, un trabajo que rescata décadas de memoria silenciada sobre el mayor éxodo laboral de la España contemporánea.
El libro reconstruye el itinerario de los 3,5 millones de españoles que partieron a Alemania, Francia y Suiza entre 1960 y 1975 huyendo de la pobreza y de la España franquista. El autor sostiene que las dificultades de aquella emigración y las que afrontan hoy los inmigrantes que llegan a España son casi idénticas: irregularidad documental, explotación laboral, discriminación y desestructuración familiar. El escritor suizo Max Frisch resumió el fenómeno con una frase que el ensayo recupera como lema: «Pedimos trabajadores y vinieron personas».
La mitad partió sin documentos y eludiendo al franquismo
La mitad de los 3,5 millones de españoles que marcharon a los tres principales destinos lo hicieron de forma irregular. El Instituto Español de Emigración (IEE), organismo franquista que en teoría debía facilitar el proceso, acumulaba retrasos en la tramitación, sometía a los solicitantes a exámenes médicos y aplicaba discriminaciones políticas, laborales y de género. El régimen no quería perder mano de obra cualificada ni tampoco permitir que salieran las mujeres. Quienes lograban los papeles por la vía oficial pagaban un precio en tiempo y humillación que muchos no estaban dispuestos a asumir.
Los que llegaban al margen de los cauces oficiales encontraban barracones con apenas nueve duchas para 900 personas, hambre y vigilancia policial constante. Suiza era, según el ensayo, uno de los países con condiciones laborales más restrictivas: prohibición de cambiar de cantón, contratos sin libertad de movimiento real y amenazas de expulsión que rara vez se materializaban porque los empleadores dependían de esa mano de obra. Emilio, emigrante gallego, trabajó un año en situación irregular; cuando se regularizó pagaba menos que sus compañeros con documentación y no lo lamentó: «Pero no me importaba, no estoy en contra de pagar impuestos».
El frío, la soledad y la carta que nunca llegaba
La separación familiar fue uno de los capítulos más duros de aquel éxodo. Casilda dejó en Galicia a una hija de tres años y otra que no había cumplido los dos cuando embarcó hacia Francia. Años después, su hija mayor le trasladaría que «no te perdonaré nunca que nos dejaras». El franquismo envió capellanes a los países de destino para preservar la moral y el folklore español, pero acabaron colaborando con los emigrantes para paliar sus condiciones. En 15 años, los trabajadores enviaron hasta 9.000 millones de dólares en remesas a sus familias en España.
Las mujeres que emigraron solas protagonizan uno de los capítulos más reveladores del ensayo. En la madrugada del 19 de marzo de 1960, 43 mujeres de la provincia de Salamanca emprendieron un viaje de 2.000 kilómetros en autobús hasta Remscheid-Lennep para trabajar en la industria textil alemana. Algunas habían huido de maridos maltratadores de quienes no podían divorciarse en España, sometidas a la presión familiar y a las normas de la moralidad nacionalcatólica. La profesora de Literatura Mercedes Riba Hernández escribió un libro sobre estas pioneras cuya memoria recupera ahora el trabajo de Riera Ginestar.
El regreso que no siempre curó las heridas
El retorno tampoco fue sencillo. Normalmente eran los maridos quienes querían volver; para muchas mujeres, el otro lado de la frontera había significado libertad del trabajo y, paradójicamente, más trabajo. Casilda tardó una década en regresar. En ese tiempo limpió apartamentos de turistas, cuidó niños ajenos y ahorró con disciplina. Cuando por fin cruzó los Pirineos en sentido contrario, llevaba consigo años de vida construida en otro idioma y en otra cultura. «Yo aquí no me quedé», recuerda, «pero Francia le abrió un mundo nuevo».
El ensayo coincide en el tiempo con una exposición que se inaugurará el 3 de junio de forma simultánea en el Museo de la Industria Textil de Béjar y en la Bergische Universität Wuppertal, en Alemania, para recuperar aquella memoria colectiva. Riera Ginestar concluye su trabajo con una frase que interpela directamente al presente: «no es una invasión, es un drama, una oportunidad y una necesidad» es su veredicto sobre la inmigración que llega hoy a España. Si algo diferencia aquella emigración de la que se vive ahora, reflexiona el autor, son los niños que llegan solos.