El artista puertorriqueño Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido como Bad Bunny, inauguró el viernes su gira española ante 59.000 personas en el Estadio Olímpico de la ciudad. El concierto arrancó con una orquesta de salsa y cerró con fuegos artificiales y reguetón a todo volumen, combinando nostalgia caribeña y música urbana en un espectáculo que reunió en tribuna a cuatro consellers de la Generalitat, el alcalde Jaume Collboni y el ministro de Cultura, Ernest Urtasun.
Hacía siete años que Bad Bunny no actuaba en Barcelona. La última vez fue en el festival Sónar, en 2019, cuando el artista boricua era todavía un nombre en ascenso. El viernes por la noche, el Estadio Olímpico de Montjuïc acogió su regreso con 59.000 personas rendidas antes de que sonara la primera nota. La espera había sido larga: decenas de seguidores llevaban paraguas abiertos desde primera hora de la mañana para hacer cola bajo el sol, organizados a través de chats de TikTok creados específicamente para el evento. Cuando la pantalla gigante mostró a dos jóvenes recitando en catalán la letra de La mudanza, el estadio comprendió que la noche iba a ser algo más que un concierto de música urbana.
Bad Bunny salió al escenario con traje blanco y corbata, acompañado por una orquesta de salsa con vientos, conga, claves y contrabajo. La imagen era la de un galán de los años cincuenta en una fiesta de otro tiempo, y el contraste con el género que lo hizo famoso era tan deliberado como efectivo. El artista arrancó con una versión en clave de salsa de Callaíta y siguió con Pitorro de coco, interpretada con un guitarrista tocando el cuatro puertorriqueño, el instrumento tradicional de la isla. Turista sonó convertida en bolero; Baile inolvidable y Nuevayol pusieron a bailar a todo el estadio con sus metales desbocados. La primera parte fue una declaración de orígenes que el público, mayoritariamente joven, recibió con la misma intensidad que cualquier éxito de reguetón.
De la orquesta al chándal: un concierto en tres actos
El primer cambio llegó con el traslado físico del artista a La Casita, una construcción rosa instalada en el extremo opuesto de la pista. Allí, Bad Bunny apareció en chándal y rodeado de varios jugadores del primer equipo del Fútbol Club Barcelona (FC Barcelona): Lamine Yamal, Robert Lewandowski, Gavi, Alejandro Balde y Ferran Torres se sumaron a la fiesta en lo que parecía, más que un concierto multitudinario, una reunión en casa. El reguetón de Veldá y el dembow dominicano de Tití me preguntó marcaron el ritmo de este tramo, mientras las pulseras luminosas del público teñían las gradas de colores cambiantes.
Una rana virtual que hablaba de comer calçots y pa amb tomàquet y gritaba «visca el Barça i visca Catalunya» sintetizó la operación de apropiación simbólica que Bad Bunny llevó a cabo durante toda la noche: hacer sentir al público barcelonés que el universo sonoro del Caribe también es suyo. El crítico musical Luis Hidalgo, que cubrió el concierto para El País, describió esa conexión como el «as» que el artista tiene en la mano cuando actúa en España, capaz de lograr «que todo el estadio se sintiese un poco boricua».
Bad Gyal, el Barça y la fiesta de La Casita
El momento de mayor tensión emocional de la noche llegó con la aparición de la artista barcelonesa Bad Gyal sobre el tejado de La Casita. Juntos interpretaron Yo perreo sola, con el estadio convertido en una masa de brazos en alto, antes de que ella se quedara sola en el escenario para cantar Dame, de su propio repertorio. La colaboración entre los dos artistas —que comparten una estética de reguetón con consciencia de clase y orgullo de barrio— fue uno de los instantes más celebrados de la noche y rubricó el vínculo entre la escena urbana latina y la catalana que el concierto llevaba horas construyendo.
El arranque de Voy a llevarte pa PR desencadenó los primeros fuegos artificiales de la velada y el primer colapso colectivo de un estadio que llevaba más de dos horas sin sentarse. El crítico Sergio Lozano, enviado por La Vanguardia, apuntó que el espectáculo confirmó «la música urbana latina como algo más que una moda: un competidor de los géneros clásicos sin pedir perdón ni permiso». La presencia en tribuna de un elenco político encabezado por el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, subrayó esa legitimación institucional que el reguetón habría parecido inalcanzable hace apenas una década.
El apagón y la reivindicación boricua
El tramo final del concierto recuperó el escenario principal y cambió el registro. El apagón, uno de los temas más explícitamente políticos del repertorio de Bad Bunny, fue recibida con el estadio en penumbra, en referencia a los problemas crónicos del suministro eléctrico en Puerto Rico. La canción, que denuncia el abandono institucional de la isla y la presión de los fondos de inversión sobre su economía, conectó con el público barcelonés más allá de la letra: la oscuridad del estadio era también una imagen. «Todos somos puertorriqueños», proclamó el artista antes del cierre, y el estadio bramó su aprobación.
Debí tirar más fotos, el tema que da título a su último álbum y que articula una mirada melancólica sobre los orígenes y la identidad, cerró la parte central antes de la traca final con Ee O y la palabra «perreo» proyectada en la gran pantalla. El concierto duró más de dos horas y media, combinó tres géneros, dos escenarios, una colaboración estelar y una defensa implícita de la cultura caribeña ante 59.000 personas que, por una noche, eligieron sentirse un poco de la isla. Bad Bunny regresa al mismo escenario este sábado para repetir la función.