El portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso compartió escenario en Barcelona con la eurodiputada de Podemos Irene Montero y el excoordinador de Catalunya en Comú Xavier Domènech para defender una confluencia de las fuerzas a la izquierda del PSOE de cara a las elecciones generales. La dirección de ERC rechaza la iniciativa, que no cuenta con apoyo orgánico del partido, y varios dirigentes republicanos vaticinan que el pulso acabará «mal o muy mal».
Trescientas personas llenaron el auditorio de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona para escuchar a Gabriel Rufián defender algo que su propio partido no quiere. El portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) en el Congreso compartió escenario con la eurodiputada de Podemos Irene Montero y el excoordinador general de Catalunya en Comú Xavier Domènech en un acto titulado Que s’ha de fer —Qué hay que hacer, en catalán— moderado por este último. El objetivo declarado de Rufián era trasladar a las izquierdas la «responsabilidad histórica» de construir una confluencia amplia que capte al electorado progresista «huérfano» que, a su juicio, no encuentra acomodo en las formaciones existentes. «Yo le pido a mi partido que lidere esto. Y si me va el cargo, me voy a mi casa», advirtió el diputado republicano.
La convocatoria reunió a estudiantes y activistas, pero la dirección de ERC brilló por su ausencia. Ningún representante orgánico del partido acudió al acto. Fuentes internas señalan que la propuesta de Rufián genera incomodidad creciente entre los dirigentes republicanos en la Cámara Baja, ha erosionado su relación con el entorno de Oriol Junqueras y ha tensado las costuras del grupo parlamentario. Desde el fracaso electoral en las elecciones aragonesas y el pacto de los partidos de extrema derecha que amenaza con proyectarse sobre Andalucía, Rufián ha ido abriendo el debate sobre el futuro de la izquierda alternativa con una insistencia que choca frontalmente con la hoja de ruta pública del partido.
La dirección de ERC mira de reojo
El clima en el seno del grupo republicano en el Congreso lleva meses deteriorándose. Varias personas que conocen la situación interna señalan que Rufián no comparte sus intervenciones ni con la dirección ni con sus compañeros de grupo, y que se ha alejado progresivamente del papel de jefe de la sala de máquinas republicana. «No lleva la camiseta de ERC, lleva la del rufianismo», afirma una voz del partido. Dos hechos han agudizado la desconfianza: la crisis de Rodalies, en la que el grupo parlamentario en el Parlament y en el Senado pidió la dimisión del ministro Óscar Puente, mientras Rufián nunca la exigió en el Congreso, y la ausencia de aviso a la dirección antes del acto del 18 de febrero con Emilio Delgado, de Más Madrid, en la capital.
La dirección pública mantiene que es «natural» que el portavoz difunda la idea en actos públicos, pero internamente la considera una directriz no consensuada. El presidente de ERC, Oriol Junqueras, llegó a desautorizar la iniciativa desde su perfil de X: «Fui a la cárcel por Catalunya, no para que Ada Colau sea diputada de ERC», escribió. En su entorno se resta importancia a cualquier asomo de ruptura: recuerdan que el partido «jamás ha pedido a ningún partido que renuncie a nada, ni a sus siglas», y que la decisión sobre una candidatura como la que propugna Rufián «depende de los partidos y sus militancias». El mensaje es claro: ERC no contempla ceder en este punto.
El cálculo estratégico de Rufián
Pese al rechazo interno, Rufián sostiene su apuesta con argumentos que van más allá de la aritmética electoral. En el acto de la Pompeu Fabra centró su intervención en recuperar «el centro del proyecto de sociedad» para la izquierda y en reivindicar el orgullo de sus principios frente a lo que describió como la deriva «acomodada y corrompida» de parte del espacio progresista. Su diagnóstico sobre la extrema derecha apunta a la batalla cultural antes que a la confrontación electoral directa: «Es un error decirle al votante de Vox y Aliança Catalana que son fascistas. Son gente que está enfadada», afirmó. La trinchera que propone es otra: «Prefiero llenar TikTok que bibliotecas».
El CIS sitúa a Rufián como el cuarto líder preferido para presidente del Gobierno entre la población española y le otorga una valoración destacada en el CEO catalán, lo que le proporciona un capital de popularidad que la dirección de ERC no ignora. Ese respaldo, sin embargo, no se ha traducido en apoyo orgánico para su propuesta. En el acto de Barcelona, Montero esbozó una candidatura conjunta entre Podemos en España y ERC en Catalunya sin concretar detalles, y Rufián respondió con una fórmula de equipo que evitó comprometerse con siglas: «Lo que diremos en este acto es que estamos dispuestos a hacer equipo», señaló.
Podemos y el espacio en disputa
La reacción de Podemos al proyecto de Rufián no ha sido uniforme. La secretaria general, Ione Belarra, ocupó la primera fila del auditorio de la Pompeu Fabra en el acto convocado por Montero, en un gesto que contrasta con el escaso margen que el partido concedió al acto de Madrid de febrero: el portavoz Pablo Fernández lo calificó de «una charla más» entre las muchas que se celebran sobre política. Menos de un mes después, Podemos busca su propia reinvención sin Yolanda Díaz al frente. «Que todos los aparatos de los partidos me van a dar? Llevo diez años en esto, sé cómo funciona», lamentó Rufián en el acto madrileño, en una frase que resume su distancia tanto con la maquinaria de Sumar como con los tiempos de la dirección morada.
El horizonte de las generales de 2027 convierte esta disputa en algo más que una discusión interna de la izquierda alternativa. ERC pretende ocupar el espacio que va desde la izquierda hasta el centro del debate nacional sin perder el discurso soberanista, y ve la propuesta de Rufián como una operación que desplazaría al partido hacia posiciones que comprometen esa estrategia. «No somos el hermano pequeño del PSC», insisten en la dirección. Si la confluencia que defiende Rufián no cuaja, la pregunta que quedará abierta es quién capitaliza el electorado progresista que no se reconoce en el PSOE ni en las formaciones que aspiran a representarlo.