Jeannette Jara se alza como la candidata presidencial de la izquierda chilena con un discurso que mezcla viejas banderas comunistas con nuevas promesas de redistribución. Su propuesta estrella: subir el salario mínimo hasta los 750.000 pesos. Un guiño fuerte al electorado popular, aunque los empresarios medianos y pequeños tiemblan ante el posible impacto en el empleo. La fórmula no es nueva: reforzar el consumo interno para mover la rueda de la economía.
Jara quiere un Estado más presente y menos espectador. Habla de crear una Empresa Nacional del Litio, impulsar la industrialización y fortalecer la banca de desarrollo. En teoría, su modelo busca diversificar la matriz productiva y reducir la dependencia chilena de sus minerales. Sin embargo, suena más a un retorno de políticas intervencionistas con las que muchos creían que Chile había roto desde los noventa.
Su plan tributario pretende gravar más a los que más tienen, reforzar el gasto social en salud, educación y cuidados, y reducir la jornada laboral a 40 horas. Medidas que sus bases aplauden, pero que generan recelo en el mundo empresarial y moderado, preocupado por la fuga de capitales o la contracción de la inversión. Jara, sin embargo, asegura que su gobierno mantendría la deuda pública en el 45% del PIB, reafirmando su mantra de “responsabilidad fiscal con justicia social”.
Hay un punto que revela su pragmatismo: su revisión de los acuerdos sobre el litio entre Codelco y SQM. Quiere reordenar las reglas del juego sin espantar a los mercados, aunque en la práctica este equilibrio se antoja difícil. Chile necesita inversión para sostener su estabilidad económica, pero Jara pone sobre la mesa la tesis de que también necesita un cambio de prioridades.
La crítica más fuerte que recibe proviene de analistas que ven en su programa un revival del comunismo tradicional. Para algunos analistas políticos, su enfoque es un “viaje al pasado” con fórmulas agotadas. Jara, sin embargo, insiste en la importancia de proteger la producción nacional y revalorizar los trabajos que sostienen la vida cotidiana.
Hoy, Chile se debate entre una agenda progresista que busca corregir desigualdades y el miedo a un giro radical que afecte su crecimiento. Jeannette Jara ofrece certezas a sus votantes de base, pero deja dudas a los mercados. Su reto será convencer a la clase media de que un salario mínimo más alto y un Estado fuerte no significarán inflación, desempleo o desinversión. Entre promesas y temores, su proyecto económico dibuja un país más justo para unos y menos competitivo para otros.