Los datos del CIS revelan que la intención de voto de los católicos se inclina hacia la derecha a mayor velocidad que la del conjunto de la población. PP y Vox llevan semanas compitiendo por ese electorado, sobre todo durante la Semana Santa, con estrategias que van desde el catolicismo identitario de Santiago Abascal hasta la apelación a los cristianos extranjeros de Alberto Núñez Feijóo, mientras expertos universitarios advierten de los riesgos de convertir la fe en instrumento electoral.
Cuatro episodios ocurridos en marzo ilustran la intensidad de una pugna que no es nueva pero sí ha ganado urgencia. El Partido Popular (PP) y Vox presentaron una iniciativa conjunta en defensa de los cristianos perseguidos en países como Nigeria. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, proclamó su fe pública en el Día de la Encarnación. El diputado del PP Miguel Ángel Quintanilla acusó a Vox de ser un partido «anticatólico». Y la portavoz de Vox, Pepa Millán, lanzó la primera bomba abortista de la campaña el mismo día. La coincidencia no es casual: ambas formaciones llevan semanas compitiendo por un electorado que los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) confirman que se desplaza hacia la derecha a un ritmo superior al del conjunto de la sociedad española.
El diagnóstico que ofrece el CIS es inequívoco. Desde 2020, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) ha perdido más de un tercio de sus votantes que se declaran católicos; la izquierda alternativa, más de una cuarta parte. En la derecha, la pérdida ronda apenas una décima parte. El último barómetro disponible sitúa la intención de voto de los católicos en el 26,8% para el PP —haciendo la media de practicantes y no practicantes—, frente al 16,8% para el PSOE, el 16% para Vox, el 2,1% para Sumar y el 0,4% para Podemos. En una década, la brecha entre la autoubicación ideológica de los católicos y la de la población general se ha duplicado, según el mismo organismo.
El catolicismo identitario de Vox
La estrategia de Vox ante este electorado responde a lo que el historiador Carlos Rodríguez-Brea, autor de Los papeles perdidos del catolicismo español, denomina uso del catolicismo como «identidad»: no como tradición de liderazgo ni como doctrina social, sino como señal de pertenencia cultural frente al islam y la izquierda. El principal campo de batalla, en ese marco, es la inmigración. Abascal ha llegado a vincular la libertad sobre inmigración al estar «maniatado por los casos de pedrastia» clerical; su formación impulsó el verano pasado iniciativas para prohibir el burka y una oleada de propuestas contra el rezo en instalaciones municipales. Vox va en cabeza entre los católicos de entre 18 y 34 años, y más del 42% de los practicantes le respaldan, según datos del CIS.
Para Rodríguez-Brea, la respuesta del PP a esta presión es una «evolución interna»: la formación conservadora se presenta como heredera de la «democracia cristiana» histórica, pieza del consenso europeísta, pero al mismo tiempo replica la estrategia de Vox con la misma lógica «populista» que emplea en otros terrenos. Un ejemplo es el rechazo al rezo musulmán en instalaciones municipales, donde el PP no llega a los extremos de la formación ultraderechista pero tampoco se distancia con claridad de su alerta sobre la «islamización» como amenaza identitaria. Cuando ambas formaciones votan lo mismo, señala el historiador, las diferencias de discurso pierden peso ante el elector.
El PP ante el espejo religioso
El comportamiento del PP presenta una tensión interna que sus propios dirigentes gestionan de manera desigual. Feijóo ha establecido como preferencia para los extranjeros cristianos llegar a España, llegando a afirmar públicamente que es mejor que vengan latinoamericanos que «recemos la misma religión». Ayuso ha ido más lejos en el plano simbólico: en 2024 reconoció ante el digital OKDiario que había «perdido la fe a los nueve años», para aparecer meses después citando pasajes bíblicos y celebrando la Navidad en términos que subrayan el nacimiento de Cristo antes que la festividad cultural. Para José Francisco Serrano, catedrático de Periodismo de la Universidad CEU San Pablo y autor de Iglesia y poder en España, este es el pulso que revelan los «sectores cristianos» del partido, con Salvador Illa como excepción en el mapa socialista.
La acusación de «anticatolicismo» que el diputado Quintanilla lanzó contra Vox en El Debate merece, según Rodríguez-Brea, una lectura matizada. Vox no carece de tradición en los estatutos, pero su respuesta institucional es débil: no lidera, no es referencia entre los creyentes más vinculados a las estructuras parroquiales, y eso le dificulta sostener la imagen de partido de la fe ante un electorado que sí distingue entre el catolicismo cultural y el practicante. Las «convicciones democristianas» del PP, que el historiador califica de «frágiles», operan precisamente en ese hueco.
La izquierda y el Papa
El papel de la izquierda en esta pugna parte de una posición estructuralmente distinta. Mar Griera, catedrática de Sociología de la Religión de la Universitat Autònoma de Barcelona, sostiene que la salida del nacionalcatolicismo generó en España durante décadas una «prevención generalizada» contra el uso de recursos religiosos en política. Ese statu quo se alteró con la acción conjunta del PP y los obispos contra el matrimonio igualitario en 2005, obligando a la izquierda a reposicionarse. La llegada del papa Francisco en 2013 facilitó un argumento nuevo: líderes progresistas, entre ellos Pedro Sánchez, han utilizado las posiciones del pontífice sobre economía, migración y medio ambiente para interpelar al PP y a Vox desde dentro del marco católico.
Desde el año pasado, la elección del papa León XIV ha añadido un nuevo surtidor de argumentos a ese repertorio. El sociólogo Albert-Blanco advierte, no obstante, de que en la izquierda no hay «una búsqueda explícita del voto católico». Según este, la referencia a los papas opera más como herramienta de contraste que como estrategia de captación. El porcentaje de católicos entre los votantes de Sumar y Podemos ha caído al 2,1% y al 0,4% respectivamente, cifras que ilustran la magnitud de la brecha confesional en el espacio político. La pugna por el electorado creyente se libra, en la práctica, casi en exclusiva entre las dos formaciones de la derecha.