Felipe González dispara contra Pedro Sánchez y la dirección socialista

10 février 2026 - 19:03

El expresidente del Gobierno intervino este martes en un desayuno informativo celebrado en el Ateneo de Madrid para trazar un diagnóstico sobre la situación del socialismo español. Anunció que votará en blanco en las próximas elecciones generales, rechazó los pactos del PSOE con Bildu como una incoherencia equiparable a los acuerdos con Vox, y advirtió de que el actual rumbo político conducirá a la victoria de la derecha.

Felipe González, presidente del Gobierno de España entre 1982 y 1996, y figura histórica del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), protagonizó este martes una de sus intervenciones más críticas contra la actual dirección del partido. En un desayuno informativo celebrado en el Ateneo de Madrid, el exlíder socialista acumuló reproches contra Pedro Sánchez, advirtió del avance de Vox, cuestionó los pactos con Bildu y anunció que votará en blanco en las próximas elecciones generales. El Gobierno respondió minimizando sus palabras.

El detonante inmediato de la intervención fueron los resultados de las elecciones autonómicas del pasado 8 de febrero en Aragón y Extremadura, donde el PSOE registró unos de los peores resultados de su historia reciente. González no ocultó su lectura: el partido lleva semanas sin afrontar ningún ejercicio de reflexión interna tras esas derrotas. «Esto es lo que va a pasar en España, por el camino que vamos no se evita», afirmó, trasladando esa ausencia de análisis al horizonte de las próximas elecciones generales.

En su diagnóstico, el expresidente vinculó el ascenso de Vox —el partido de extrema derecha liderado por Santiago Abascal— a fallos concretos en la gestión pública, especialmente en los servicios sanitarios y en la política de vivienda. Más aún: aseguró que miembros del propio Ejecutivo le han reconocido haber impulsado el crecimiento de Vox con el objetivo de perjudicar al Partido Popular (PP), aunque admiten que el experimento «se les fue de las manos». Esa afirmación no recibió réplica oficial durante la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros.

El diagnóstico tras el 8-F: derrota sin examen

Las elecciones del 8 de febrero supusieron un revés para el PSOE en las dos comunidades autónomas. En Aragón, el partido igualó su peor registro histórico, mientras el PP de Jorge Azcón consolidó su posición y Vox obtuvo resultados que, según las encuestas postelectorales, anticipan su potencial en un escenario nacional. Extremadura siguió una pauta similar. Para González, esos resultados no son accidentes aislados sino el reflejo de una tendencia estructural que el partido se niega a examinar. La falta de Presupuestos Generales del Estado —bloqueados desde hace años— agrava, a su juicio, ese deterioro.

Ante ese panorama, González anunció que en las próximas elecciones generales votará «en blanco» porque los candidatos actuales «no le representan». Fue preciso: no abandonará el PSOE ni apoyará a ningún otro partido. Cuando se le preguntó por qué no se da de baja, respondió: «¿Por qué voy a querer dejar el PSOE? Si alguien tiene que dejarlo, que lo deje el que lo destroza». En su opinión, el partido enfrenta una encrucijada entre la inercia del liderazgo actual y la posibilidad de una renovación interna que, por ahora, no percibe en el horizonte.

Los límites del pacto: ni Vox, ni Bildu

González trazó límites claros respecto a los pactos posibles. Aseguró que él no habría llegado a ningún acuerdo con Vox, la formación de extrema derecha que ha entrado en los gobiernos autonómicos de Aragón y Extremadura con el respaldo del PP. Pero añadió un reproche directo al PSOE: tampoco habría pactado «ni de broma» con Bildu, el partido abertzale —término que en el contexto político vasco designa al nacionalismo radical de izquierda con vínculos históricos con el entorno de ETA— con cuyos apoyos el Gobierno de Sánchez ha negociado en repetidas ocasiones en el Congreso.

La cuestión de Bildu adquirió en el desayuno una dimensión personal. González recordó que en los últimos días había estado con la familia de Fernando Múgica, dirigente del Partido Socialista de Euskadi (PSE) asesinado por ETA en 1996. En ese contexto, se mostró contrario a la excarcelación en régimen de semilibertad de José Antonio Urrutikoetxea, conocido como Txeroki, exjefe de la banda terrorista, una decisión adoptada por la consejera de Justicia del Gobierno Vasco —cartera en manos del PSE—. «¿Qué razón tengo para perdonar?», preguntó el expresidente, aludiendo a ese pasado de violencia.

El Ejecutivo esquiva el golpe

La respuesta del Gobierno llegó en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. La ministra Elma Saiz, portavoz del Ejecutivo, descartó entrar al fondo de las declaraciones de González y optó por relativizar su peso político. «El PSOE es un partido democrático donde hay muchísimas voces y la de González es una más», afirmó. Saiz también trasladó a Pilar Alegría, exministra y candidata derrotada en Aragón, la responsabilidad de liderar la reflexión interna tras los resultados del 8-F, sin que el Ejecutivo asumiera directamente ningún análisis autocrítico.

La portavoz evitó también responder a las acusaciones de González sobre el presunto impulso gubernamental a Vox para perjudicar al PP. En cambio, centró sus críticas en el PP, al que calificó de «quitanieves» que allana el camino a Vox hacia las instituciones. Sin embargo, esa narrativa entra en tensión directa con las palabras del expresidente, que responsabilizó a los socialistas —y no a los populares— de haber alimentado el ascenso de la formación de Abascal. El cruce de acusaciones dejó sin resolver la pregunta central: qué partido es más responsable del auge de la extrema derecha.

Mientras el Gobierno y González intercambiaban reproches, desde las federaciones territoriales del PSOE también llegaron voces exigiendo autocrítica a Sánchez. La imagen resultante del 10 de febrero fue la de un partido con fisuras visibles: un expresidente que anuncia el voto en blanco, federaciones que piden reflexión, un Ejecutivo que resta importancia a todas esas señales y una oposición a la que el propio González acusa de carecer de proyecto. El expresidente resumió esa paradoja en una frase sin concesiones: «Un proyecto político no es para salvarse uno, sino para servir a España».

 

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