El líder del PP celebra el adelanto electoral al 29 de noviembre convencido de que esta vez no habrá remontada socialista. Su optimismo no descansa en el crecimiento de su partido, estancado por debajo de 2023, sino en la pujanza de Vox. Ya da por hecho que tendrá que gobernar con ella y, mientras tanto, guarda silencio ante el bulo del fraude en el voto por correo.
Alberto Núñez Feijóo afronta la campaña con una seguridad que no había exhibido hasta ahora. El presidente del Partido Popular lo expresó ayer ante el congreso de la empresa familiar, pocas horas después de que Pedro Sánchez anunciara el adelanto de las elecciones generales al 29 de noviembre. «Estoy en el momento más importante de mi vida política», afirmó. En la sede de Génova, el comité de dirección había recibido antes con aplausos a su líder, que bajó después a la sala de prensa para valorar una convocatoria que los populares llevaban mucho tiempo reclamando.
En el entorno de Feijóo se descarta cualquier paralelismo con 2023, cuando Sánchez desbarató todos los pronósticos y logró seguir en La Moncloa. Nadie en la dirección popular da la victoria por segura, pero domina la convicción de que el escenario, por fin, les favorece. El propio líder lo dejó claro en su primera comparecencia tras el anuncio. «Esta etapa aún no es pasado, pero está a punto de serlo si no nos confiamos», advirtió. Añadió que el cambio ya no depende de lo que haga el Gobierno, sino del trabajo de su partido.
Un PP estancado
Las encuestas dibujan un panorama menos triunfal para las siglas de Génova. El último sondeo de 40dB para El País y la Cadena SER sitúa al PP en el 31,6% de los votos, un punto y medio por debajo de su resultado en las últimas generales. El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) se mantiene a cuatro puntos, con el 27,4%. Después de tres años de oposición frontal y de investigaciones judiciales que afectan al entorno socialista, los populares no han conseguido ampliar su base electoral.
Lo que sostiene el optimismo de Feijóo no es su propio avance, sino la suma del bloque conservador. Según el mismo sondeo, la derecha aventaja a la izquierda en 16 puntos. En la sala de máquinas del PP subrayan además que, desde hace varios años, ningún barómetro concede a las fuerzas progresistas una mayoría para gobernar. La aritmética que celebra Génova no refleja un proyecto popular más sólido. Refleja un electorado conservador que se escora hacia la ultraderecha.
La muleta de Vox
En el PP admiten que la clave de su fortaleza respecto a 2023 está en la pujanza de Vox. Hace tres años, el partido de Santiago Abascal concurrió en muchas circunscripciones en las que no obtuvo escaño, hasta 27, y esa dispersión de votos terminó beneficiando al PSOE. Ahora los sondeos colocan a la ultraderecha en torno al 18%, seis puntos más que en las últimas generales, como tercera fuerza por delante de Sumar. Con el sistema D’Hondt, ese crecimiento mejora la capacidad del bloque para convertir votos en escaños en numerosas provincias.
El PP asume sin disimulo la consecuencia política. Da por hecho que, si llega al poder, gobernará con Vox, una posibilidad a la que Feijóo ya abrió la puerta. Los populares sostienen incluso que el miedo a la ultraderecha ha dejado de movilizar a la izquierda. Lo apoyan en el último ciclo autonómico, en el que ganaron todas las elecciones y firmaron coaliciones con Vox en Andalucía, Castilla y León, Aragón y Extremadura. Trasladar esos acuerdos a escala estatal es ahora el paso que Génova considera inevitable.
Feijóo tendrá que concretar en las próximas semanas sus condiciones para ese pacto. Abascal ya ha fijado las suyas en tres conceptos: «Prioridad nacional, desregulación y remigración». El último término procede del vocabulario de la ultraderecha identitaria europea y se asocia a planes de expulsión masiva de personas de origen inmigrante. Su principal socio potencial lo plantea como requisito para entrar en un Gobierno. Eso obliga al candidato popular a aclarar si está dispuesto a asumir esa agenda o dónde traza los límites.
Silencio ante el bulo
La precampaña dejó ayer otra señal de esa cercanía. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, agitó desde primera hora la idea de un supuesto pucherazo electoral y pidió a los ciudadanos que no voten por correo. Abascal repitió después el mismo mensaje. Feijóo evitó pronunciarse sobre una sospecha que siembra dudas sobre la limpieza de una modalidad de voto ampliamente utilizada y amparada por la ley electoral.
Ese silencio contrasta con la dureza de su diagnóstico sobre el adelanto. Feijóo atribuyó la decisión de Sánchez al «miedo» a que se conozca «hasta el último detalle» de los casos de corrupción abiertos, que calificó como los más graves de la democracia. El líder popular exige así transparencia al Gobierno mientras deja sin respuesta a dos dirigentes que erosionan la confianza en el propio proceso electoral.
La maquinaria del PP ya funciona a pleno rendimiento. El jueves se reunirá la Junta Directiva Nacional con todos los barones territoriales. Un día antes, Feijóo viajará por quinta vez a Ceuta, un destino que ha convertido en símbolo, para dar el pistoletazo de salida a la caravana electoral. Llega con la convicción de que La Moncloa está a su alcance. Lo que todavía no ha explicado es en qué términos piensa compartirla con Vox.