El líder del Partido Popular vive su momento político más tenso desde que llegó a Madrid: presionado por el ala dura de su partido para presentar una moción de censura contra Pedro Sánchez, Feijóo ha respondido que está dispuesto a «todo», pero condiciona ese paso a un apoyo de Junts y el PNV que ninguno de los dos está dispuesto a ofrecer. El debate divide al partido entre la audacia y la prudencia.
Alberto Núñez Feijóo lleva semanas respondiendo a la presión interna con una frase que ha generado tanto expectativa como ambigüedad: «Todo es todo». El líder del Partido Popular (PP) la pronunció con plena consciencia de su resonancia, en un momento en que una parte relevante de su partido le exige un gesto de audacia ante lo que describe como la crisis más grave del Gobierno de Pedro Sánchez. En el entorno más directo de Feijóo, la aclaración llega deprisa: ese «todo» se refiere a la moción de censura, el único instrumento formal de derribo del Ejecutivo que está al alcance de la oposición. Pero la moción, añaden, solo se presentaría si los socios del Gobierno —el Partido Nacionalista Vasco (PNV) y Junts per Catalunya— quisieran respaldarla. Y ambas formaciones han reafirmado esta semana que no lo harán.
El debate que recorre el PP en estos días es, en apariencia, sencillo de formular: ¿debe Feijóo atreverse a registrar una moción aunque los números no den? ¿O debe limitarse a esperar que el desgaste de Sánchez produzca por sí solo un resultado electoral favorable en los comicios previstos para 2027? La respuesta divide al partido en dos bloques con argumentos igualmente sólidos y riesgos asimismo reales.
La presión del ala dura y el precedente Aznar
Los partidarios de la acción tienen nombres propios. José María Aznar ha pedido públicamente que quien pueda hacer, que haga, en una formulación que en el PP se interpreta como una presión directa sobre Feijóo. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, ha ido un paso más allá que la dirección nacional al reclamar a Sánchez que se someta a una cuestión de confianza, sin llegar a instar explícitamente a Feijóo a presentar la moción. La encuesta de la empresa demoscópica GESOP sitúa en el 76% el porcentaje del electorado popular que apoya que su líder impulse esa iniciativa.
Un dirigente veterano del partido, hoy partidario de presentar la moción, resume la lógica de este sector: «Feijóo llegó a Madrid para arreglar una crisis democrática que han provocado los sucesivos casos de corrupción». El precedente histórico que los partidarios de la acción invocan es el de Felipe González en 1980, que presentó una moción contra Adolfo Suárez a sabiendas de que no prosperaría y salió reforzado del debate. El objetivo no sería derribar al Gobierno, sino presentar una alternativa al país y visibilizar la debilidad de Sánchez ante la cámara.
El problema aritmético: PNV, Junts y el riesgo del fracaso
Los partidarios de la prudencia tienen un argumento que los números respaldan. El PNV ha descartado apoyar a Feijóo porque cogobierna con el Partido Socialista de Euskadi (PSE) en el País Vasco y no tiene incentivo para romper esa alianza autonómica. Junts, por su parte, ha dejado claro que Carles Puigdemont sigue sin poder regresar a España y que no tiene disposición a investir a un candidato del PP en estas condiciones. «Junts no se va a meter en esto porque Puigdemont todavía no ha podido volver a España», sintetiza un dirigente popular que advierte de que la operación tiene riesgos elevados incluso en el hipotético caso de que prosperara.
El historial de mociones de censura en la democracia española ofrece más ejemplos de fracaso que de éxito. De las seis presentadas desde 1978, solo una prosperó: la de Sánchez contra Mariano Rajoy en 2018. Las fallidas de Antonio Hernández Mancha contra González en 1987 y las dos registradas por Vox contra el actual presidente —la última en 2023, con el economista Ramón Tamames como candidato— reforzaron en todos los casos al Gobierno atacado. Si Feijóo presenta la moción y pierde, Sánchez podrá reivindicar que conserva la mayoría de la Cámara y ganar oxígeno político en el peor momento de su legislatura.
Esperar o actuar: el dilema que divide al partido
El peligro de no hacer nada es, sin embargo, igualmente real para el PP. La sensación de impotencia instalada en su propio electorado puede beneficiar a Vox, que en el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha recuperado un punto y medio después de dos oleadas de caídas. Un dirigente de la formación de Santiago Abascal lo expresa con crudeza: «Creo que hay algo de inseguridad sobre la tesis de que Feijóo no puede salir victorioso en un debate parlamentario ante Sánchez. En muchas sesiones de control, el Gobierno les pinta la cara».
La dirección nacional del PP no ha cerrado ninguna puerta, pero tampoco ha dado ningún paso. En el núcleo duro de Feijóo esperan nuevos acontecimientos antes de decidir: entre ellos, la posibilidad de que Sánchez sea citado como testigo en el caso Leire. El argumento de la paciencia tiene un precedente interno que los más cercanos al líder repiten con insistencia: hace un año, cuando el exsecretario de Organización del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) Santos Cerdán fue encarcelado, Feijóo decidió esperar ante las mismas voces que le exigían un paso al frente. El tiempo, dicen, le dio la razón. La pregunta que el partido no ha respondido aún es si la situación actual admite la misma cadencia o si, esta vez, la espera tiene un coste que el PP no puede permitirse.