El Partido Comunista de Cuba (PCC) convocó este sábado su IX Congreso para abril de 2026. Será un evento clave en medio de lo que la cúpula define como una de las etapas «más complejas de su historia». Con él, se abre la posibilidad de cambios en el Comité Central y el Buró Político, las estructuras que concentran el poder en la isla.
El último Congreso, en 2021, marcó un hito: Raúl Castro entregó la dirección del partido a Miguel Díaz-Canel, dejando por primera vez el mando fuera de los hermanos Castro. Fue un traspaso simbólico y real que consolidó la figura de Díaz-Canel como el nuevo líder, aunque sin el capital histórico de Fidel y Raúl.
Hoy, el contexto es mucho más adverso. Cuba atraviesa su peor crisis económica desde los años noventa. El salario medio ronda los 6.500 pesos, equivalentes a unos 17 dólares en el mercado informal. La escasez de alimentos, medicinas y los apagones diarios forman parte del paisaje cotidiano. Mientras, la brecha entre quienes tienen acceso a dólares y quienes no se profundiza, alimentada por la dolarización parcial de la economía y la proliferación de tiendas en moneda extranjera.
La inflación oficial fue de 28% en 2024, pero el acumulado entre 2018 y 2023 alcanzó un 190%, con una moneda que se depreció más de 1.000% frente al dólar. En ese marco, el primer ministro Manuel Marrero ratifica la voluntad de continuar con la «estabilización macroeconómica», que en la práctica ha significado ajustes dolorosos para la población.
El Congreso, según el PCC, será un espacio para «actualizar la estrategia de resistencia y desarrollo». Roberto Morales Ojeda, secretario de Organización, describió el momento como uno de los más retadores, con el bloqueo estadounidense recrudecido desde la era Trump.
Para América Latina, este Congreso refleja la continuidad de un modelo político y económico que mantiene su centralidad en el partido único, sin señales de apertura política. El reto será responder a las demandas de una población agobiada por la crisis y la desigualdad creciente. La legitimidad revolucionaria ya no alcanza como motor de cohesión social cuando el refrigerador está vacío y la luz se corta cada día.
Queda por ver si este Congreso impulsará cambios que alivien la crisis o si se limitará a reafirmar la ruta ideológica de siempre, en un país donde la esperanza de mejoras concretas convive con la resignación silenciosa de sus habitantes.