El anuncio del grupo británico de retirar su música de todas las plataformas con presencia en Israel marca un nuevo capítulo en la relación entre cultura, política y ética digital. Lo que está en juego no es solo la distribución de canciones, sino el sentido mismo del compromiso artístico en tiempos de guerra.
Massive Attack siempre ha cultivado un perfil distinto dentro de la industria musical. Desde su irrupción en los noventa con Blue Lines y Mezzanine, el grupo de Bristol convirtió el trip-hop en un lenguaje global que combinaba modernidad sonora con conciencia social. Ahora, en un gesto que los sitúa otra vez en el centro del debate cultural, han anunciado que retirarán su catálogo de todas las plataformas de streaming con presencia en Israel, en apoyo a la campaña No Music For Genocide, respaldada por más de 400 artistas internacionales.
El comunicado difundido por la banda hace explícita la analogía con el boicot cultural al apartheid sudafricano. La música, recuerdan, tuvo entonces un papel simbólico y estratégico en el aislamiento de un régimen cuestionado por la comunidad internacional. Esa memoria histórica se convierte en argumento: si el arte contribuyó a presionar por la igualdad en Sudáfrica, también puede hacerlo frente a los crímenes que hoy se denuncian en Gaza. El gesto de Massive Attack, lejos de ser aislado, se suma a una ola de posicionamientos que incluyen a bandas como Primal Scream o artistas de la nueva escena indie y electrónica.
La decisión, sin embargo, no se limita al terreno geopolítico. El grupo lanzó también un dardo contra Spotify, acusando a su director ejecutivo, Daniel Ek, de haber invertido cientos de millones de dólares en la empresa Helsing, dedicada a la inteligencia artificial aplicada a drones y aviones de combate. Para Massive Attack, el problema no es únicamente el modelo de negocio que precariza a los músicos en la era digital, sino la paradoja de que los ingresos de los usuarios acaben financiando tecnologías de guerra. En su declaración hablan de una “carga moral y ética” que se añade a la ya conocida “carga económica” de las plataformas.
El debate trasciende las fronteras británicas. La iniciativa No Music For Genocide plantea un dilema global: ¿hasta dónde deben llegar los artistas en su responsabilidad frente a conflictos internacionales? La cultura no puede detener bombas ni negociar tratados, pero sí puede cuestionar legitimidades, generar presión simbólica y, sobre todo, crear conciencia en públicos que de otro modo permanecerían ajenos. En un tiempo donde la diplomacia está bloqueada y la violencia multiplica víctimas, el silencio de una canción en el catálogo puede convertirse en un grito.
El caso ilustra también la creciente tensión entre creatividad y mercado. Las plataformas de streaming surgieron como espacios de democratización, pero han terminado concentrando poder en manos de pocos ejecutivos y fondos de inversión. El episodio de Massive Attack recuerda que el arte no es un producto neutral y que los circuitos de distribución están atravesados por decisiones económicas que tienen efectos sociales y políticos. La pregunta es qué ocurrirá si más músicos siguen este camino y deciden condicionar su presencia en función de criterios éticos.
En América Latina, donde la música ha sido históricamente un espacio de resistencia y de construcción de identidades, la resonancia de este tipo de gestos es evidente. Desde la Nueva Canción hasta el rap contestatario, la región conoce bien la fuerza del arte como trinchera política. Lo que hoy encabezan grupos europeos como Massive Attack conecta con una tradición que recuerda que el escenario cultural nunca ha estado desligado del escenario político.
La retirada de un catálogo musical puede parecer un acto menor frente a la magnitud de una guerra. Sin embargo, la cultura opera en otra dimensión: la de los símbolos, la memoria y las conciencias. Y en esa dimensión, los gestos importan. Massive Attack lo ha entendido así. No se trata de medir la eficacia inmediata de la protesta, sino de dejar claro que hay momentos en los que el silencio de una canción es más elocuente que su reproducción infinita en una lista de reproducción digital.