La administración estadounidense confirmó la concesión de visados a la selección nacional de Irán para disputar el Mundial de 2026, una decisión que busca preservar los compromisos deportivos internacionales pese al deterioro de las relaciones entre Washington y Teherán. El anuncio coincidió con nuevos enfrentamientos militares en el Golfo Pérsico, reavivando la incertidumbre sobre la estabilidad regional.
El deporte y la geopolítica vuelven a cruzarse de forma inevitable. A pocos días del inicio de la Copa Mundial de la FIFA 2026, Estados Unidos confirmó que los jugadores de la selección iraní y buena parte de su delegación técnica podrán ingresar al país para disputar la competición organizada conjuntamente con México y Canadá.
La decisión llega en un contexto particularmente delicado. Irán fue una de las primeras selecciones en lograr su clasificación para el Mundial, pero la guerra desencadenada tras los ataques israelíes y estadounidenses contra territorio iraní a finales de febrero había generado dudas sobre la viabilidad de su participación.
El embajador estadounidense en Turquía, Tom Barrack, y el Departamento de Estado anunciaron oficialmente la expedición de los visados para los futbolistas y el personal considerado esencial para el desarrollo de la competición.
Sin embargo, medios iraníes informaron de que varios integrantes del cuerpo de apoyo logístico y médico no recibieron autorización para viajar, al igual que Mehdi Taj, presidente de la Federación Iraní de Fútbol y figura cercana a los Guardianes de la Revolución.
El Mundial, entre el deporte y la diplomacia
La autorización de entrada a la selección iraní constituye un gesto significativo por parte de Washington. Estados Unidos, como país anfitrión, está obligado por los acuerdos suscritos con la FIFA a garantizar la participación de las delegaciones clasificadas, independientemente de las tensiones diplomáticas existentes.
La situación recuerda otros episodios en los que grandes competiciones internacionales han servido como espacios excepcionales de contacto entre países enfrentados políticamente.
No obstante, las restricciones impuestas a determinados miembros de la delegación reflejan que la distensión deportiva no implica una relajación de las sanciones ni de las medidas de seguridad adoptadas por las autoridades estadounidenses.
Nuevos ataques en el estrecho de Ormuz
La decisión sobre los visados coincidió con una nueva escalada militar en el Golfo.
El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) informó de la destrucción de cuatro drones que, según Washington, se dirigían hacia el estrecho de Ormuz y representaban una amenaza para la navegación comercial internacional.
Posteriormente, las fuerzas estadounidenses atacaron instalaciones de vigilancia costera en la isla iraní de Qeshm y en la zona de Goruk, argumentando que actuaban en legítima defensa frente a posibles ataques adicionales.
Estos incidentes se producen a pesar del alto el fuego anunciado en abril y evidencian la fragilidad de la tregua alcanzada entre ambas partes.
Una selección obligada a reorganizarse
Las dificultades diplomáticas también han afectado la preparación deportiva de Irán. La selección se vio obligada a modificar sus planes iniciales y trasladar su campamento base desde Arizona a la ciudad mexicana de Tijuana, donde completará la fase final de preparación antes de su debut mundialista.
El equipo iraní afronta así un torneo marcado por circunstancias excepcionales, en el que cada partido tendrá inevitablemente una dimensión que trasciende el ámbito estrictamente deportivo.
Mientras los aficionados esperan el comienzo del campeonato, la situación ilustra hasta qué punto el fútbol internacional continúa reflejando las tensiones y equilibrios del escenario geopolítico global.