Sergio Ramírez: «Volver a una Nicaragua libre sigue siendo una quimera»

10 juin 2026 - 08:11

El escritor nicaragüense Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2017 y exiliado en España desde 2021, vuelve a situar a Nicaragua en el centro de su obra con La maldición de Ramfis. Desde Madrid, el novelista reflexiona sobre la censura, el exilio de cientos de periodistas y religiosos, y el futuro de un país que, a su juicio, vive bajo una dictadura cuyo final llegará, aunque nadie pueda prever cuándo.

Sergio Ramírez lleva años escribiendo sobre Nicaragua desde la distancia. No por elección, sino por necesidad. Desde que el régimen de Daniel Ortega intensificó la persecución contra intelectuales, periodistas y opositores, el escritor vive en Madrid convertido en una de las voces más reconocibles del exilio nicaragüense. A sus 84 años, el Premio Cervantes mantiene intacta una convicción: las dictaduras pueden parecer eternas, pero ninguna lo es.

La publicación de La maldición de Ramfis coincide con uno de los momentos de mayor aislamiento internacional del régimen nicaragüense. Aunque la novela se presenta como una obra de ficción policial, Ramírez reconoce que la realidad latinoamericana termina imponiéndose sobre cualquier intento de evasión literaria. En una región donde la corrupción, el abuso de poder y la impunidad forman parte del paisaje político, la frontera entre ficción y actualidad resulta cada vez más difusa.

El autor sostiene que Nicaragua atraviesa una situación sin precedentes. Según explica, cientos de periodistas han abandonado el país y buena parte de la información sobre lo que ocurre dentro de sus fronteras se produce desde el exterior. A ello se suma el cierre de medios independientes, la persecución de opositores y las restricciones impuestas a la Iglesia católica, convertida en uno de los pocos espacios de crítica que permanecían activos.

La trayectoria de Ramírez otorga un peso singular a sus palabras. Formó parte de la revolución sandinista que derrocó a Anastasio Somoza en 1979 y llegó a ocupar la vicepresidencia del país durante el primer mandato de Daniel Ortega. Décadas después, se convirtió en uno de los críticos más duros del dirigente con quien compartió proyecto político. Esa evolución, lejos de ocultarla, forma parte central de su identidad intelectual.

El escritor rechaza revisar su pasado con arrepentimiento. Considera que las decisiones tomadas en cada momento respondieron a circunstancias concretas y que forman parte de una experiencia que hoy alimenta su literatura. Haber conocido el poder desde dentro le permite comprender mejor sus mecanismos, sus tentaciones y sus excesos.

La figura del inspector Dolores Morales, protagonista de varias de sus novelas, refleja precisamente esa mirada desencantada. Se trata de un personaje marcado por el exilio y por la pérdida de las ilusiones revolucionarias, un retrato que muchos lectores interpretan como una proyección literaria de las propias experiencias del autor.

Ramírez también observa con preocupación el deterioro de las libertades religiosas en Nicaragua. Recuerda que centenares de sacerdotes han abandonado el país y que numerosas actividades pastorales se encuentran sometidas a restricciones. A su juicio, la presión sobre la Iglesia constituye otro síntoma del endurecimiento político que vive el país centroamericano.

Pese a ello, evita cualquier tono derrotista. Aunque reconoce que regresar a una Nicaragua democrática parece hoy una posibilidad remota, insiste en que la historia suele avanzar por caminos inesperados. La permanencia de un régimen durante décadas no garantiza su supervivencia indefinida. «Todas las dictaduras están condenadas a muerte», repite, aunque admite que nadie puede prever el momento exacto de su caída.

Mientras tanto, continúa escribiendo. Su próximo proyecto estará dedicado a los recuerdos de infancia en Masatepe, la localidad donde nació en 1942. Un regreso literario a los paisajes de la memoria, dominados por la presencia constante de los volcanes, que contrasta con la imposibilidad de regresar físicamente a la Nicaragua que añora.

Entre la novela y el testimonio político, Sergio Ramírez sigue ejerciendo el papel que considera inseparable de la literatura en tiempos difíciles: preservar la memoria y recordar aquello que los regímenes autoritarios intentan borrar.

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