¿Una guerra sin declarar? Moscú eleva el pulso con la OTAN

15 septembre 2025 - 15:51

El Kremlin afirma que la Alianza Atlántica ya se encuentra en guerra “de facto” con Rusia, mientras la OTAN refuerza su flanco oriental y denuncia incursiones aéreas en Polonia. La confrontación verbal adquiere un carácter estructural que desplaza los límites de la diplomacia y empuja a Europa hacia una espiral de incertidumbre.

Cuando Dmitri Peskov, portavoz del Kremlin, aseguró que la OTAN ‘está en guerra con Rusia’, no buscaba provocar un titular efímero. La frase, presentada como una obviedad, instala un nuevo nivel de confrontación en un relato bélico que desde hace más de tres años condiciona los equilibrios del tablero internacional. El énfasis en que el apoyo militar, financiero y logístico de Occidente a Kiev equivale a un acto de guerra busca instalar la idea de que la confrontación no es local ni circunscrita a Ucrania, sino que enfrenta a dos bloques con visiones irreconciliables sobre el orden global.

La afirmación de Peskov se produjo en un momento cargado de señales inquietantes. Polonia denunció recientemente la incursión de drones rusos en su espacio aéreo, un episodio que Varsovia describió como la mayor violación de sus fronteras desde el inicio de la guerra. Moscú se mostró dispuesto a investigar el incidente, aunque evitó confirmarlo o negarlo de manera categórica, recurriendo a una ambigüedad calculada que le permite probar los límites de la paciencia occidental sin comprometerse abiertamente con la escalada. La OTAN, lejos de interpretar el episodio como un hecho aislado, lo consideró un desafío directo y respondió anunciando la operación “Centinela Oriental”, destinada a reforzar la defensa del flanco oriental con el despliegue de efectivos de países como Dinamarca, Francia, Alemania o el Reino Unido.

La dinámica que se observa es la de una guerra que, sin declaración formal, se amplía en su alcance y en su intensidad. Al presentar el conflicto como una confrontación global, el Kremlin prepara a su propia opinión pública para una resistencia prolongada y trata de fracturar la cohesión de las sociedades europeas, desgastadas por el coste económico de la guerra. La Alianza, por su parte, insiste en su narrativa defensiva y busca mostrar unidad a través de maniobras conjuntas y de la ampliación de su presencia militar en territorios considerados vulnerables.

El papel de Polonia, frontera entre Ucrania y la Unión Europea, adquiere un valor simbólico y estratégico que trasciende la coyuntura. Cada dron que penetra en su espacio aéreo alimenta la pregunta sobre la eficacia de las defensas colectivas y sobre la posibilidad de que se active el artículo 5 del tratado fundacional de la OTAN, que obliga a responder de manera conjunta a un ataque contra cualquiera de sus miembros. La delgada línea entre provocación y agresión formal convierte a la frontera polaca en un laboratorio de tensiones donde se mide hasta qué punto puede estirarse la cuerda sin que llegue a romperse.

El eco de estas dinámicas alcanza con nitidez a América Latina, aunque pueda parecer lejano. La guerra en Ucrania ha alterado los precios de los cereales y los fertilizantes, ha encarecido la energía y ha desplazado flujos de inversión hacia sectores considerados estratégicos en Europa y en Asia. La narrativa rusa, que responsabiliza a la OTAN de haber transformado un conflicto limitado en una confrontación generalizada, encuentra receptividad en sectores políticos latinoamericanos críticos de Washington, al tiempo que gobiernos y economías de la región deben adaptarse a un escenario global cada vez más fragmentado.

El gran interrogante es si el sistema internacional se encamina hacia una normalización de la guerra como telón de fondo inevitable. Moscú afirma que la OTAN ya está implicada, la Alianza multiplica despliegues militares y la diplomacia apenas logra abrir resquicios para el diálogo. Entre acusaciones, operaciones aéreas y nuevas iniciativas militares, Europa se adentra en una fase que recuerda las lógicas más rígidas de la Guerra Fría, pero con la diferencia de que ahora la interdependencia económica multiplica los efectos de cada decisión.

En ese marco, la declaración del Kremlin no debe entenderse como un simple exceso verbal. Es un síntoma de la consolidación de un estado de confrontación permanente, en el que las partes actúan como si la guerra ya estuviera en curso más allá del campo de batalla ucraniano.

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