El gobierno de Israel ha aprobado un plan para ocupar Ciudad de Gaza y desplazar a un millón de personas. La operación, que ignora las advertencias internas del ejército y las críticas de aliados como el Reino Unido, marca un punto de no retorno en la ofensiva israelí. ¿Qué se pretende realmente con esta ocupación?
Ciudad de Gaza, corazón urbano y simbólico de la Franja, está de nuevo en la mira. El gabinete de seguridad israelí aprobó esta semana un plan presentado por el primer ministro Benjamín Netanyahu para “derrotar a Hamás” y asumir el control de esta localidad densamente poblada. Lo que no se dijo en los comunicados oficiales, pero deslizan medios afines al gobierno, es que la operación incluiría el desplazamiento masivo de más de un millón de civiles hacia el sur del enclave antes del 7 de octubre. ¿Una fecha con carga simbólica o una cuenta regresiva impuesta desde la lógica bélica?
Netanyahu insiste en que no busca “gobernar Gaza”, sino mantener un “perímetro de seguridad”. Pero los cinco principios aprobados para el final de la guerra —entre ellos, el desarme total de Hamás, la desmilitarización de la Franja y el control absoluto de su seguridad por parte de Israel— configuran un escenario que dista poco de una ocupación prolongada. Más aún cuando se rechaza explícitamente el regreso de la Autoridad Nacional Palestina al poder local y se baraja la creación de una administración “alternativa”, vagamente definida como “árabe” pero subordinada a los intereses de seguridad israelíes.
El proyecto no convence ni siquiera dentro del aparato militar. El jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, presentó un plan alternativo que evitaba la ocupación terrestre y proponía rodear centros urbanos clave. Argumentó que esa vía minimizaría el riesgo para los rehenes y evitaría una escalada de consecuencias imprevisibles. Fue desoído. La “mayoría” del gabinete (sin unanimidad) desestimó su propuesta por considerarla insuficiente para alcanzar los objetivos fijados por el gobierno.
La reacción internacional no se ha hecho esperar. El primer ministro británico, Keir Starmer, calificó de “errónea” la decisión israelí y pidió reconsiderarla de inmediato. “Esta acción no contribuirá a poner fin al conflicto ni a garantizar la liberación de los rehenes. Solo provocará más derramamiento de sangre”, declaró desde Downing Street. Es una postura inusual, aunque tibia, si se considera el histórico respaldo que Londres ha ofrecido a Tel Aviv.
La operación sobre Ciudad de Gaza, si se concreta, consolidará la idea de que el conflicto ha entrado en una fase de radicalización irreversible, donde los objetivos militares se imponen a cualquier cálculo diplomático o humanitario. Pero lo más inquietante no es solo lo que se planea hacer, sino lo que se pretende después: una Gaza sin Hamás, sin la ANP, sin milicias… y posiblemente sin buena parte de sus habitantes. ¿Una tierra administrada desde fuera, pacificada por saturación, sin capacidad política real?
Quienes aún creen en una solución de dos Estados, o al menos en un horizonte de desmilitarización con reconstrucción justa, deberían observar con atención este viraje. No se trata únicamente de derrotar a un grupo armado. Se está redefiniendo el futuro geográfico, demográfico y político de Gaza a puerta cerrada. ¿Es esto lo que llaman victoria?