El ministro francés de Asuntos Europeos, Benjamin Haddad, lo dijo sin rodeos en su entrevista con EFE: el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur es una “oportunidad” para Europa, sobre todo ahora que el bloque está “bajo presión” de Estados Unidos.
La palabra presión define el contexto global actual. Washington impone aranceles, restringe mercados y obliga a sus socios a reposicionarse. Europa necesita diversificar sus relaciones comerciales. El pacto con Mercosur ofrece acceso preferencial a un mercado de más de 260 millones de personas y fortalece la presencia europea en Sudamérica, un espacio que China también disputa.
Sin embargo, París matiza. Haddad insiste en que el acuerdo debe concretarse “de manera equitativa”. Francia no quiere un tratado que beneficie solo a los exportadores de un lado y sacrifique a los productores del otro. Busca cláusulas claras sobre sostenibilidad ambiental, condiciones laborales y protección de sectores estratégicos. El fantasma de las importaciones agrícolas sin controles medioambientales ni sanitarios siempre ronda los pasillos de Bruselas.
El trasfondo geopolítico es claro: mientras Estados Unidos extiende plazos para nuevos aranceles y China afianza su influencia comercial en América Latina, la UE necesita avanzar. Haddad lo sabe. La ventana de oportunidad se cierra rápido.
Este pacto con Mercosur se negocia desde hace más de dos décadas. Cada vez que parece cercano, reaparecen obstáculos: deforestación amazónica, cláusulas laborales, protestas de sectores agrícolas europeos. Hoy la urgencia geopolítica es distinta. Europa ya no puede permitirse el lujo de negociar sin prisa. Francia lo entiende, pero no quiere hacerlo a cualquier precio.
La pregunta no es si el acuerdo es necesario. La pregunta es si Europa y Mercosur están dispuestos a ceder lo suficiente para que sea justo para ambos. El tiempo apremia, los equilibrios globales se desplazan, y la historia no espera a los indecisos.