Algunos intelectuales hablan, siguiendo las grandes transformaciones históricas, del ‘largo siglo XIX’, que comprende 125 años, desde la Revolución Francesa (1789) hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914), y del ‘corto siglo XX’ que abarca unos 77 años, desde la Primera Guerra Mundial (1914) hasta la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética (1991). El siglo XXI, en ese orden de ideas, habría empezado en los años 90. Este fin de semana, el ensayista y escritor Carlos Granés, planteaba, en una entrevista, que podría ser que el siglo XXI “haya empezado de verdad el 3 de enero pasado”.
El intelectual colombiano analizaba a los populistas de las Américas, con observaciones agudas y muy pertinentes. Llama la atención la referencia de Granés a Donald Trump, su orientación, mentalidad, megalomanía y obsesión con el siglo XIX. El escritor recuerda el discurso de posesión de Trump, hace un año, en el que reivindicó a William McKinley, el presidente que se apropió de Puerto Rico, mientras que, en su Estrategia de Seguridad Nacional, presentada en noviembre, ha revitalizado la doctrina Monroe. El presidente Trump ya habla y celebra la doctrina Donroe.
Carlos Granés explica que “para Trump el hemisferio occidental es su zona de influencia y que Estados Unidos es el nuevo jefe que impone su dominio”. Esa mirada choca con el multilateralismo, el orden liberal y la preponderancia de los organismos supranacionales. “Para los países militar y económicamente débiles como los nuestros es una mala noticia. Sin la protección de la ONU, de las cortes internacionales y de las organizaciones mundiales, quedamos muy indefensos a la lógica del poder. Además de esto, Trump no entiende a Occidente como la cuna de los derechos humanos, la democracia y el Estado de derecho, sino de la religión judeocristiana, la raza blanca y las naciones. Es una amenaza al orden liberal de posguerra”, puntualiza.
Palabras como arrogancia, colonialismo e imperialismo estarán de modo indefectible ligadas al mandato Trump. Incluso si hace apenas dos meses la administración americana ridiculizaba a sus críticos por las multitudinarias protestas “No Kings”. Al trumpismo le resultó “melodramático” comparar las acciones y los objetivos de Trump con los de un rey.
Pero, tanto por las acciones de la administración, desconociendo límites, pesos y contrapesos, en ejercicio amenazante de su poderío militar para dominar el hemisferio occidental y envalentonada por sus recientes hazañas, como por el hecho de que “Trump y los altos funcionarios han empezado a hablar en términos bastante monárquicos”, permiten poner en duda que sea exagerado y dramático hablar de las ínfulas monárquicas del presidente y su corte.
Trump incluso ha dicho recientemente en entrevista con The New York Times que nada puede interponerse en su camino, excepto él mismo. Sobre los límites a su poder global, Trump ha dicho que su moral y su mente son lo único que atiende: “Sí, hay una cosa: mi propia moral. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”.
El jefe de la Casa Blanca admite, no obstante, que debe cumplir el derecho internacional, pero que es él quien tiene que decidir qué restricciones del derecho internacional se aplican. Para el diario neoyorkino este “el reconocimiento más directo hasta ahora de su visión del mundo”.
Lo único que importa, entonces, es el poder y la influencia para dominar el hemisferio occidental. El asesor de la Casa Blanca Stephen Miller describió en CNN un “mundo real… que está gobernado por la fuerza, que está gobernado por el poder”. “El futuro del mundo libre (…) depende de que Estados Unidos pueda afirmarse y defender sus intereses sin disculparse”, dijo Miller.
Trump y su entorno, de manera reiterada, han sugerido que su poder no está sujeto, en gran medida o en absoluto, a la ley, precisa CNN. La secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, no ha tenido reparo en decir, sobre Venezuela, que las “decisiones van a seguir siendo dictadas por Estados Unidos de América”. Antes de su ataque a Venezuela, Trump afirmó que no necesitaba la aprobación del Congreso. Miller también dijo a CNN, el pasado octubre, sobre el despliegue interno de la Guardia Nacional por parte de la administración, que Trump tenía “autoridad plena”, es decir, poder absoluto.
La intervención en Venezuela no se ha justificado como una operación militar, sino como un operativo de aplicación de la ley (para llevar ante la justicia a Maduro), con el respaldo de las Fuerzas Armadas, explica el medio americano. En ese sentido, la administración tomó un controvertido dictamen jurídico del Departamento de Justicia de finales de la década de 1980 que, en la práctica, otorga al presidente un poder extraordinario para enviar a las Fuerzas Armadas a un país extranjero, siempre y cuando se persiga a una persona acusada.
El gobierno también cree tener la autoridad para eliminar presuntos narcotraficantes en alta mar sin revisión judicial, incluso fuera del contexto de una guerra declarada. Por lo que expertos americanos ya hablan de las ejecuciones extrajudiciales ordenadas por la administración Trump en relación con las embarcaciones interceptadas presuntamente dedicadas al narcotráfico.
Pero esta forma de razonar no es nueva. Durante la campaña presidencial de 2016, Trump defendió la tortura y la muerte de las familias de los terroristas y, cuando se le cuestionó la ilegalidad de tales órdenes, aseguró que los soldados las cumplirían (antes de dar marcha atrás), contextualiza CNN. La cadena precisa que, en 2020, incluso planteó bombardear lugares culturales iraníes, un hecho que constituiría un crimen de guerra. “Sus asesores han afirmado que con frecuencia plantea cosas ilegales en privado”, cita el medio.
La administración parece pretender que es impensable que el líder político plantee órdenes ilegales, bajo la lógica surrealista de que las órdenes presidenciales “simplemente no pueden ser ilegales, porque provienen de Trump”. “Todas las órdenes, las órdenes legales, se presumen legales para nuestros miembros del servicio”, dijo Leavitt en noviembre.
La lógica bajo la que opera el mandatario parece decir ‘el Estado soy yo, la ley soy yo’, pero si puede instrumentalizar algo de lo que se dijo o hizo antes para obtener sus fines, lo hará. Cuando inició su mandato, el presidente firmó una acción ejecutiva que, en la práctica, hacía a un lado la Oficina de Asesoría Jurídica del Departamento de Justicia. “La opinión del presidente y de la secretaria de Justicia sobre cuestiones legales es vinculante para todos los empleados en el desempeño de sus funciones oficiales”, indicaba la acción ejecutiva de Trump.
Pero, para su incursión en Venezuela, ha tomado el memorando de fines de la década de 1980, emitido por esa misma entidad que ha decidido ignorar y que evalúa la legalidad de las acciones de la administración.
El presidente no cree que realmente exista una ley que lo obligue y, por tanto, reclama poderes extraordinarios e incluso la facultad de actuar sin restricciones. Durante su primer mandato llegó a afirmar que el artículo II de la Constitución le daba “el derecho a hacer lo que quiera como presidente”.
En este mandato, cuando no solo parece haber llegado recargado sino desbocado, el presidente Trump presiona los límites, procede y actúa desafiando las leyes, los tribunales, los límites y los controles a nivel interno y más recientemente en el escenario internacional. Ese es un tipo de liderazgo que reclama y admira cierto tipo de público y electores, pero no deja de sorprender que gente ilustrada e incluso políticos, todos muy críticos de los abusos de los populistas de izquierda, hoy hagan malabares para legitimar ese proceder.
“La primera semana completa de 2026 fue potencialmente definitoria para la segunda presidencia de Trump (…) Trump nunca iba a quedarse de brazos cruzados viendo cómo su aura de hombre fuerte se erosionaba”, subraya CNN, al explicar que Trump ha ido por Nicolás Maduro y seguidamente anunció que planea administrar personalmente las reservas petroleras del país “en su afán por dominar el hemisferio occidental”. Pero no solo esto, también ha exigido la propiedad de Groenlandia, a las buenas o a las malas, “en una posible nueva apropiación imperialista de tierras”.
Este domingo, la administración ha reconfirmado y prometido no dar marcha atrás en su persecución de la inmigración irregular. La semana pasada y durante el fin de semana se registraron manifestaciones multitudinarias, movilizaciones y reclamos de ciudadanos y políticos estadounidenses. En diferentes lugares del país, los ciudadanos han salido a las calles a protestar tras la muerte de Renee Good, una mujer de Minneapolis asesinada la semana pasada por un agente del ICE. La acción del agente ha sido defendida por la administración Trump como un acto en defensa propia, por parte del agente, mientras que la mujer muerta ha sido señalada de “terrorismo doméstico”, a pesar de que múltiples videos del lugar de los hechos ponen en duda esa hipótesis.
Esos no han sido los únicos eventos, también el domingo el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, reveló que la fiscalía federal ha abierto una investigación sobre la renovación de la sede de la Reserva Federal. Powell acusó a la administración de perseguirlo por no ceder ante la presión de Trump para que se reduzcan drásticamente las tasas de interés. “La investigación de Powell enviará un mensaje inequívoco a su reemplazo, a quien se espera que Trump nomine este año: no ignore las demandas del presidente incluso si destruyen la independencia del banco central, que ha sido un pilar de la poderosa economía estadounidense”, analiza CNN.
En los días transcurridos del nuevo año, Trump permite inferir que su segundo año de gestión “acelerará una tendencia del primero”. Es decir, ante “una restricción constitucional, una ley internacional o un statu quo” buscará la manera de pasar por encima, “su instinto es destruirlo”. Las acciones del presidente ya no solo afectarán las vidas de los estadounidenses o personas dentro del país que gobierna: “millones de personas en todo el mundo ahora encuentran sus vidas íntimamente ligadas a los caprichos del presidente más indómito e impredecible en generaciones”, precisa el medio americano.
Aunque la presidencia de Trump está teniendo éxito en algunos aspectos, también implica enormes riesgos dentro y fuera de Estados Unidos. Los índices de aprobación del presidente hoy podrían estar por debajo del 40 %, mientras que un creciente número de estadounidenses sienten el fracaso de la administración en los asuntos más acuciantes: la asequibilidad en vivienda, salud y alimentos.
El poder interno se ejerce de modo implacable mientras Trump busca la dominación global y en particular la del hemisferio occidental ya sea a través de las amenazas, la fuerza o la persuasión. Las aventuras, injerencias e intervenciones en el extranjero apenas comienzan.