En la última semana, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, presentó una iniciativa internacional denominada “Consejo de Paz” para la Franja de Gaza, concebida como un órgano transitorio con el objetivo de coordinar la administración del territorio, apoyar la reconstrucción y acompañar cualquier proceso de transición política tras años de conflicto.
La composición anunciada del consejo combina figuras estrechamente vinculadas al gobierno estadounidense con dirigentes y líderes internacionales invitados a sumarse al proyecto. En el núcleo de la estructura ejecutiva figuran nombres como Marco Rubio, actual secretario de Estado de Estados Unidos, y Tony Blair, ex primer ministro del Reino Unido, junto a otros designados por la Casa Blanca, como Jared Kushner —asesor cercano de Trump—, Steve Witkoff —enviado especial para Oriente Medio—, Ajay Banga —presidente del Banco Mundial—, Marc Rowan —empresario— y Robert Gabriel.
El anuncio también incluyó invitaciones formales a varios jefes de Estado: Recep Tayyip Erdoğan (Turquía), Abdel Fattah al-Sisi (Egipto), Javier Milei (Argentina), Santiago Peña (Paraguay) y autoridades de Canadá, entre otros. Según diversas fuentes, más de cincuenta países habrían sido contactados para participar, ya sea directamente o a través de redes de asesoría y coordinación.
El planteamiento detrás de esta iniciativa consiste en concentrar capacidad de decisión, agilizar procesos y reducir los tiempos propios de la diplomacia multilateral tradicional, que suele operar con procedimientos más lentos y estructuras más rígidas. Trump ha defendido esta fórmula como una vía pragmática para avanzar en un escenario que, durante años, ha permanecido estancado en negociaciones interminables y equilibrios precarios.
Sin embargo, la arquitectura del Consejo ha abierto debates importantes. Uno de los aspectos más señalados es la participación limitada de actores palestinos en los espacios de decisión. La ausencia de representación institucional significativa de la sociedad y la política palestina plantea dudas sobre la legitimidad del proceso y sobre la capacidad de este órgano para incorporar las necesidades y prioridades de quienes viven en Gaza.
También se ha generado un debate sobre cómo se articula este mecanismo con los marcos internacionales ya existentes. La creación de instancias paralelas a las organizaciones multilaterales tradicionales puede dispersar responsabilidades, generar solapamientos y dificultar la rendición de cuentas, especialmente cuando participan tantos actores con diferentes mandatos y prioridades.
Algunos gobiernos de la región han expresado reservas sobre la forma en que se han cursado las invitaciones y sobre la falta de consultas previas. Estas reacciones reflejan la complejidad de construir acuerdos sostenibles en un entorno en el que la estabilidad política depende tanto del apoyo regional como de la confianza de las partes directamente implicadas.
Más allá del caso específico de Gaza, este proyecto pone en evidencia una tendencia en la diplomacia contemporánea: la preferencia por formatos flexibles y altamente personalizados, liderados por grandes potencias y apoyados en redes mixtas de actores públicos y privados. Si bien esta aproximación puede ofrecer una mayor capacidad de maniobra, también plantea desafíos en términos de transparencia, legitimidad y control democrático sobre decisiones que tienen un impacto profundo en poblaciones vulnerables.
La pregunta central sigue siendo si una estructura diseñada y promovida desde el exterior puede generar condiciones duraderas de estabilidad política y reconstrucción social. ¿Es posible avanzar sin una participación sólida de los actores locales? ¿Puede esta iniciativa articularse de manera efectiva con los mecanismos internacionales existentes sin crear fricciones adicionales?
El “Consejo de Paz” propuesto por Trump marca el inicio de una nueva fase de experimentación diplomática y política, cuyo desenlace aún es incierto. Su evolución en los próximos meses permitirá evaluar si este tipo de iniciativas aporta soluciones concretas o si simplemente traslada tensiones y responsabilidades hacia nuevas formas de gestión.