El presidente estadounidense Donald Trump afirmó haber mantenido una conversación “muy buena y productiva” con su homólogo ruso Vladímir Putin, pocas horas antes de recibir en Florida al mandatario ucraniano Volodímir Zelenski. El anuncio, difundido por el propio Trump en su red Truth Social, introduce un tono de optimismo diplomático que contrasta con la crudeza del escenario militar sobre el terreno.
La secuencia es reveladora. Mientras Trump hablaba de una llamada “productiva”, Rusia lanzaba uno de los mayores bombardeos con drones y misiles contra Kiev desde el inicio de la guerra. Zelenski, que viajaba hacia Estados Unidos, interpretó ese ataque como una señal inequívoca de la posición rusa: presión máxima antes de cualquier negociación seria. La diplomacia se activaba en paralelo a la guerra, sin que una lograra moderar a la otra.
El encuentro entre Trump y Zelenski en Mar-a-Lago marca el primer cara a cara entre ambos desde octubre, cuando Washington rechazó la solicitud ucraniana de misiles de largo alcance Tomahawk. Esta vez, la agenda gira en torno a un plan de paz de veinte puntos elaborado tras semanas de conversaciones entre Kiev y Washington. El documento contempla un alto el fuego a lo largo de las actuales líneas del frente y la creación de zonas desmilitarizadas, lo que supone el reconocimiento más explícito hasta ahora de posibles concesiones territoriales por parte de Ucrania.
Ese punto concentra la mayor fragilidad política del plan. Kiev admite la necesidad de compromisos, aunque mantiene una línea roja: conservar el control del territorio que aún administra en el este, especialmente en la región de Donetsk. Moscú, por su parte, insiste en una retirada ucraniana más amplia, condición que sigue bloqueando cualquier aval ruso a la propuesta.
Trump se sitúa deliberadamente en el centro del tablero. “Zelenski no tiene nada hasta que yo lo apruebe”, declaró días antes, reforzando la idea de que su papel es el de árbitro último del proceso. Esa postura refuerza su narrativa de “presidente de la paz”, uno de los ejes discursivos de su segundo mandato. Sin embargo, el conflicto ucraniano se ha revelado más resistente a los gestos y a las fórmulas rápidas que otros escenarios.
En Europa, el escepticismo domina. Dirigentes europeos reiteraron a Zelenski su respaldo político y militar, y acordaron mantener la presión sobre Moscú. Desde Rusia, las respuestas fueron previsibles: Putin acusó a Kiev de dilatar una solución política, mientras el canciller Serguéi Lavrov señaló a la Unión Europea como el principal obstáculo para la paz. Se trata de un cruce de reproches ya conocido, aunque ahora enmarcado en un intento estadounidense de reordenar la negociación.
El elemento decisivo sigue siendo el de las garantías de seguridad. Zelenski insiste en que cualquier alto el fuego debe ir acompañado de compromisos firmes que impidan una nueva agresión rusa. Para Ucrania, la experiencia de acuerdos anteriores sin respaldo efectivo pesa más que cualquier declaración optimista. La demanda de apoyo financiero, armamentístico y tecnológico, especialmente en drones y defensa aérea, continúa sobre la mesa.
La escena final deja una impresión ambigua. Trump habla de conversaciones productivas; Putin avanza posiciones en el este; Ucrania reconstruye infraestructuras tras ataques masivos en plena ola de frío. La diplomacia se mueve, aunque la guerra sigue marcando el ritmo. El desafío consiste en convertir llamadas telefónicas y reuniones de alto nivel en hechos verificables sobre el terreno. Hasta entonces, la paz permanece como promesa, más que como resultado.