España se ha convertido en el principal contrapunto político del Gobierno de Giorgia Meloni, desplazando a Francia en el debate en Italia sobre inmigración. Los controles aéreos a pasajeros procedentes de España generan colas y protestas sin interceptar a ningún migrante procedente de Ceuta, lo que abre una reflexión interna en Roma sobre levantar la medida antes de plazo. Los analistas señalan que España se ha convertido en el referente perfecto para que la derecha italiana construya su identidad política.
Los controles a los vuelos procedentes de España reintroducidos en los aeropuertos italianos tras la suspensión del Acuerdo Schengen, a raíz de la crisis de Ceuta, comenzaron de forma discreta pero han empezado a provocar colas y protestas en pleno agosto, el mes de mayor tráfico aéreo del año. La versión oficial del Ministerio del Interior italiano —que solo se controlaría a los ciudadanos extracomunitarios— no ha resistido la prueba de los hechos. Distinguirlos entre una multitud de pasajeros sin pedir antes la documentación a todos resulta, en la práctica, imposible.
El comunicador Manuel Campo Vidal, periodista español que esperaba el martes por la noche en el aeropuerto milanés de Linate tras llegar desde Madrid, fue interrogado sobre sus actividades en España al igual que si viajara a Estados Unidos. «La gente estaba muy molesta», describió. La sensación de los pasajeros coincidió con la del propio ministro de Exteriores italiano, Antonio Tajani, que terminó reconociendo el martes que «no hemos encontrado a nadie que viniera de Ceuta», aunque defendió mantener los controles con el mismo criterio que se aplica, en sus palabras, con Eslovenia.
Colas, protestas y una confesión incómoda
La confesión de Tajani ha abierto una reflexión dentro del propio Gobierno de Meloni sobre la posibilidad de levantar los controles antes de la fecha prevista, el 31 de agosto. Un miembro del Ejecutivo italiano que pidió el anonimato admitió la razón de fondo: «Lo decidimos cuando todavía no sabíamos que prácticamente todos serían repatriados». La medida fue adoptada el 31 de julio, apenas cinco días después del cruce masivo de migrantes por el espigón de El Tarajal en Ceuta, en plena Fiesta del Trono marroquí y con las redes sociales aún amplificando las imágenes.
La dificultad para sostener la medida con argumentos racionales ha dividido a la clase política italiana. El primer parlamentario en pedir a Meloni que compareciera para explicar la ruptura con Madrid fue Nicola Fratoianni, líder de Alianza Verdes e Izquierda, que calificó la suspensión de Schengen de «un gesto miserable y cínico» y apuntó que el objetivo real podría ser golpear a una de las economías europeas que más crecen con políticas progresistas. Desde la coalición gobernante, Carlo Fidanza, jefe de Hermanos de Italia en el Parlamento Europeo, la defendió como «una señal política».
Sánchez releva a Macron como némesis de Meloni
La razón por la que España se convirtió en el foco del debate italiano va mucho más allá de los sucesos de Ceuta. Desde hace unos años, el principal referente político que la coalición conservadora de Meloni utiliza como contrapunto es Pedro Sánchez, no Emmanuel Macron. El presidente español se ha convertido en el símbolo de un modelo migratorio y político que la derecha italiana señala como ejemplo de lo que no debe hacerse. En ese relato, Ceuta no es la causa sino la consecuencia: la confirmación de lo que la coalición venía advirtiendo sobre la política de puertas abiertas.
Fidanza resumió la narrativa de la coalición gobernante en una frase: «Sánchez es el hombre de las puertas abiertas». El eurodiputado de Hermanos de Italia estableció un paralelismo entre la política energética española y la migratoria para ilustrar lo que percibe como hipocresía: España habría repetido en la inmigración el mismo esquema que con el gas ruso, buscando alternativas a última hora cuando ya no hay otra opción. Suspender Schengen fue, en su lectura, una señal dirigida al debate europeo antes que una respuesta proporcional a los hechos de Ceuta.
La lectura de fondo: envidia y necesidad electoral
El politólogo Lorenzo Pregliasco, director de la demoscópica YouTrend, apunta a una razón más inmediata que el antagonismo ideológico. «La inmigración y la seguridad son el nervio más sensible de este Gobierno», señala. Sus encuestas registran que siete de cada diez italianos afirman no sentirse seguros. A ese malestar se suma la presión de Roberto Vannacci, cuya nueva formación Futuro Nazionale le disputa a Meloni el electorado más radical y la obliga a mantener posiciones visibles en estos frentes. «Había que agitar una bandera, y se eligió suspender Schengen», concluye el analista.
Pregliasco describe el papel de España en el imaginario político italiano con precisión. «Es un país que despierta cercanía y simpatía, pero también una cierta envidia», señala, y añade que crece en Italia la sensación de estar siendo superados por una economía más dinámica. El poder blando español, visible en el deporte, la cultura y la economía, refuerza ese sentimiento. Para el politólogo, España está gobernada por el único líder progresista de Europa y resulta, por eso, «la némesis perfecta para Meloni». El diplomático Pietro Benassi ofrece otra lectura: Italia cometió un error al no mostrar solidaridad con las víctimas.
Pietro Benassi considera que la ausencia de condolencias y solidaridad italianas con España dificulta una respuesta verdaderamente europea al fenómeno migratorio. A su juicio, «la inmigración consiste precisamente en gestionar la complejidad, pero hoy se prefiere simplificar». Benassi prevé que la crisis dejará escasa huella en el debate italiano en cuanto decaiga la atención mediática, lo que revela, en su análisis, la superficialidad con la que se construye hoy la agenda política. La frontera entre Italia y España ha dejado de estar solo en los aeropuertos.