Putin, Zelenski y el tablero movedizo de la paz imposible

05 septembre 2025 - 07:45

En Vladivostok, Vladimir Putin advirtió que cualquier tropa occidental en Ucrania sería un blanco legítimo y, casi en paralelo, abrió la puerta a Volodímir Zelenski para visitar Moscú con “plena seguridad garantizada”. La contradicción refleja un momento en el que las promesas de paz se mezclan con amenazas de guerra y donde los equilibrios globales se juegan entre el Pacífico ruso y el corazón de Europa.

Desde Vladivostok, Putin habló con la frialdad de quien sabe que cada palabra pesa más que un misil en la ecuación de la guerra. Cuando dijo que cualquier tropa extranjera en Ucrania sería un “objetivo legítimo”, no hablaba en abstracto. Lo hacía después de que 26 países, convocados en París por Emmanuel Macron, anunciaran una “Coalición de Voluntarios” dispuesta a brindar garantías de seguridad a Kiev, incluso con presencia militar en tierra, mar y aire. Para Moscú, la iniciativa equivale a la expansión indirecta de la OTAN y refuerza la idea de que la guerra en Ucrania es también una guerra contra Occidente.

El movimiento ruso va acompañado de un gesto llamativo: Putin invitó a Zelenski a Moscú, asegurando que le daría protección total. El Kremlin aclaró que la invitación no tiene como propósito forzar una rendición, sino abrir un canal directo de diálogo. Sin embargo, es difícil separar esa oferta de la presión militar y diplomática que la acompaña. A ojos de muchos analistas, la invitación funciona más como un recurso para mostrar voluntad de paz ante terceros —China, India, países del Sur global— que como una verdadera apertura hacia Kiev.

En paralelo, Serguéi Lavrov recordó que Rusia debe formar parte de cualquier mecanismo de seguridad postconflicto, junto con las potencias permanentes de la ONU. La fórmula pretende garantizar a Moscú un derecho de veto sobre el futuro de Ucrania. Se trata, en esencia, de evitar que Kiev alcance compromisos estratégicos con Occidente sin la participación rusa. Es un planteamiento coherente con la lógica del Kremlin, aunque reduce al mínimo el margen de autonomía ucraniano.

Del lado europeo y norteamericano, la búsqueda de garantías para Ucrania toma como referencia precedentes históricos: el armisticio en la península coreana en 1953 o los acuerdos que Finlandia firmó con la URSS en 1944. Pero Ucrania no es Corea ni Finlandia. La guerra ya lleva más de tres años, con fronteras cambiantes y con un costo humano y material que supera a cualquier comparación fácil. Además, la amenaza nuclear rusa otorga a Moscú un poder de disuasión que ningún otro actor regional ha tenido en la posguerra.

Para América Latina, la escena ofrece lecciones incómodas. La región conoce de sobra los dilemas de las garantías internacionales: intervenciones bajo el discurso de la seguridad colectiva, pactos que terminan congelando conflictos sin resolverlos, equilibrios dictados por las potencias en nombre de la estabilidad. La voz de Putin resuena en Vladivostok, pero sus ecos alcanzan Caracas, Brasilia y Ciudad de México. Porque en última instancia, lo que está en juego es la definición misma de soberanía en un mundo donde los acuerdos de seguridad se negocian entre grandes jugadores, mientras los países medianos y pequeños se ven reducidos a aceptar reglas impuestas.

En este tablero movedizo, la contradicción salta a la vista: Putin se ofrece como garante de seguridad mientras declara que las tropas occidentales serán blancos legítimos. Occidente promete garantías de paz que implican nuevos despliegues militares. Zelenski, atrapado entre ambos discursos, debe aceptar o rechazar propuestas que podrían significar tanto un salvavidas como una trampa.

El futuro inmediato dependerá de la capacidad de las partes para transformar amenazas en compromisos. Lo contrario, insistir en una lógica de seguridad que se construye con más armas y más soldados, solo garantiza prolongar un conflicto que ya ha dejado cicatrices profundas en la sociedad ucraniana y tensiones duraderas en la arquitectura global.

En Vladivostok, Putin habló al mundo; en Kiev, Zelenski respondió con silencio. Entre esa palabra y esa ausencia se juega el destino de una guerra que todavía no encuentra nombre en la historia, pero que marca ya el rumbo de este siglo.

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