Las posturas divergentes entre populares y ultraderecha sobre el presidente estadounidense y la situación venezolana evidencian una fractura en el bloque conservador español. Mientras Alberto Núñez Feijóo mantiene el silencio sobre las declaraciones del presidente estadounidense y la marginación de la opositora María Corina Machado, dirigentes del PP exigen diferenciarse de Vox. Pedro Sánchez intenta aprovechar la división para cuestionar la coherencia internacional del principal partido de la oposición, en pleno contexto electoral.
Pocos asuntos han evidenciado con tanta claridad la escisión interna dentro del Partido Popular como la postura ante Donald Trump y Venezuela. El presidente de los populares, Alberto Núñez Feijóo, mantiene un llamativo silencio sobre los movimientos del mandatario estadounidense, especialmente tras su operación para desalojar a Nicolás Maduro del poder. Este mutismo contrasta con la efusividad mostrada por Vox, cuyo líder Santiago Abascal celebró públicamente la iniciativa calificándola como “triunfo del internacionalismo conservador”. A nivel internacional, por tanto, destaca la divergencia de criterios entre ambas formaciones, que comparten gobiernos en varias comunidades autónomas.
El politólogo Pablo Simón señala en su análisis para El País que esta situación resulta «enormemente incómoda para el PP por su conexión directa con Vox». La formación liderada por Feijóo se encuentra atrapada entre dos dinámicas contradictorias: por un lado, necesita mantener la alianza con la extrema derecha para sostener ejecutivos autonómicos y aspirar a gobernar España; por otro, busca consolidar un perfil internacional europeísta que le permita diferenciarse de los posicionamientos más radicales de su socio. Esta tensión se manifiesta con especial intensidad en cuestiones de política exterior, donde el PP ha intentado tradicionalmente proyectar una imagen de partido de Estado comprometido con el consenso transatlántico y las instituciones democráticas internacionales.

El silencio de Feijóo y la incomodidad del PP con Vox
Alberto Núñez Feijóo optó por no pronunciarse públicamente sobre las polémicas declaraciones de Donald Trump ni sobre la operación que culminó con detención de Maduro en Venezuela. Esta estrategia del silencio responde, según fuentes consultadas, al temor de quedar atrapado en una polémica que no ofrece salidas cómodas para los populares. Condenar a Trump implicaría enfrentarse directamente con Vox, mientras respaldarlo situaría al PP en una posición incompatible con el respecto al derecho internacional, su pretendida vocación europeísta y estrategia de moderación electoral. La ausencia de posicionamiento oficial contrasta con el activismo mostrado por Santiago Abascal, quien utilizó la seguridad nacional estadounidense y la defensa de la democracia venezolana como argumentos para legitimar las acciones del presidente estadounidense.
El portavoz del Grupo Popular en el Congreso, Miguel Tellado, rompió parcialmente este silencio al afirmar que «a Sánchez le interesa que el foco esté en lo internacional y a nosotros que vuelva cuanto antes a la política nacional: la corrupción, la vivienda, la financiación autonómica». Esta declaración revela la incomodidad del partido con un debate que desplaza el foco de sus prioridades electorales tradicionales. Para el PP, centrado en desgastar al Gobierno de Pedro Sánchez en cuestiones de gestión doméstica, las controversias internacionales representan un terreno resbaladizo donde las diferencias con Vox resultan más evidentes y difíciles de gestionar. La estrategia popular pasa por minimizar la relevancia de estos temas y reconducir el debate hacia asuntos donde la coalición conservadora mantiene posiciones más cohesionadas.
Batalla por el perfil internacional del partido
La indefinición del PP en política internacional contrasta con los intentos previos de construir una identidad propia en este terreno. El partido ha buscado posicionarse como defensor de causas democráticas en Venezuela, ha mantenido contactos con líderes conservadores europeos y ha intentado capitalizar políticamente las tensiones del Gobierno de Sánchez con Israel y en cuestiones de política mediterránea, sobre todo con respecto a Marruecos y el Sáhara. Sin embargo, estas iniciativas no han cristalizado en una doctrina coherente que permita al PP navegar controversias como la actual sin generar contradicciones internas. El apoyo histórico del PP a Estados Unidos como socio estratégico de España colisiona ahora con las políticas erráticas de la administración Trump, creando un dilema que Feijóo ha preferido eludir.
La doctrina internacional del PP, tradicionalmente anclada en el atlantismo y el europeísmo, se encuentra bajo presión ante el giro nacionalista de corrientes conservadoras en Occidente. Vox, por su parte, ha apostado claramente por alinearse con esta corriente internacional reaccionaria, estableciendo vínculos con movimientos similares en otros países europeos y mostrando sintonía con las políticas trumpistas. Esta divergencia de estrategias genera roces constantes entre ambas formaciones, especialmente visibles en el caso de las relaciones con Marruecos —donde Vox mantiene una línea de confrontación mientras el PP busca pragmatismo— y en la postura ante conflictos como la guerra en Ucrania o la situación en Oriente Medio, donde las diferencias resultan evidentes aunque ambos partidos eviten la confrontación directa.
Sánchez aprovecha la división conservadora
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha identificado esta fractura como una oportunidad política para debilitar al bloque conservador. La estrategia del Gobierno socialista pasa por explotar sistemáticamente las incoherencias de la oposición en materia internacional, presentando al PP como un partido sin principios claros que sacrifica sus convicciones por mantener acuerdos gubernamentales con la extrema derecha. Sánchez ha intensificado esta narrativa en las últimas semanas, especialmente en el contexto de las campañas electorales autonómicas en Aragón, Castilla y León y Andalucía, donde el PSOE intenta movilizar al electorado progresista. Los titubeos evidenciados por el caso Trump-Venezuela ofrece al presidente una munición política valiosa para cuestionar la capacidad del principal partido de la oposición para ejercer responsabilidades de gobierno en un contexto internacional complejo.