Nepal: entre la Generación Z y el riesgo de vacío de Estado

10 septembre 2025 - 13:07

El Aeropuerto Internacional de Tribhuvan, en Katmandú, reabrió este miércoles después de casi 24 horas de cierre. La reapertura funciona como símbolo de un país que intenta recuperar un mínimo de normalidad tras una ola de disturbios que dejó al menos 25 muertos, provocó la dimisión del gobierno y situó al Ejército como garante del orden bajo un toque de queda nacional.

El detonante de esta crisis fueron las movilizaciones del movimiento juvenil autodenominado “Generación Z”, que trasladó su capacidad de convocatoria en redes sociales hacia la ocupación física del espacio público. Manifestantes intentaron penetrar en la zona restringida del aeropuerto, lo que precipitó la intervención de las fuerzas armadas y el cierre inmediato de la principal infraestructura aérea del país. Durante un día completo cientos de pasajeros quedaron varados, incluidos muchos nepalíes que regresaban a casa para las festividades de otoño, uno de los periodos de mayor actividad social y económica en la región himalaya.

La inestabilidad política forma parte de la historia reciente de Nepal. Desde la abolición de la monarquía en 2008, los sucesivos gobiernos han mostrado una fragilidad constante frente a presiones sociales y divisiones partidistas. La dimisión del Ejecutivo, sumada a incendios en edificios públicos y episodios de violencia urbana, refleja un escenario donde las instituciones carecen de suficiente solidez para contener las tensiones. La novedad en esta ocasión se encuentra en el protagonismo de una juventud organizada bajo un emblema generacional con resonancia global, capaz de convertir el malestar digital en una fuerza de presión directa sobre el poder político.

La reapertura del aeropuerto introduce una señal de calma parcial, aunque la ausencia de una autoridad gubernamental efectiva mantiene el país en una situación incierta. El Ejército, convertido en árbitro provisional del orden, ejerce un papel que en la memoria de muchas sociedades equivale a una frontera delicada: la estabilidad inmediata se asegura mediante la presencia militar, mientras la gobernanza democrática se debilita por falta de legitimidad civil. El toque de queda en todo el territorio prolonga la sensación de excepcionalidad y alimenta dudas sobre la duración de esta etapa de transición.

Para América Latina, lo ocurrido en Katmandú proyecta un espejo distante pero revelador. La movilización juvenil posee la capacidad de impulsar transformaciones profundas cuando encuentra cauces institucionales, aunque también puede convertirse en un estallido de difícil contención cuando el Estado no ofrece respuestas a la altura de las expectativas sociales. La experiencia nepalí ilustra hasta qué punto la legitimidad democrática depende de la credibilidad de sus instituciones y de la rapidez con que los gobernantes canalicen las demandas ciudadanas antes de que la protesta derive en caos.

La reapertura de vuelos en Katmandú tiene un valor práctico inmediato, pues facilita el retorno de pasajeros y reanuda la circulación aérea, aunque el verdadero desafío consiste en reconstruir un marco político estable. El país necesita algo más que normalidad operativa: requiere un pacto social que devuelva confianza a sus jóvenes, estabilidad a su economía y credibilidad a sus instituciones. El destino de Nepal se jugará en la capacidad de convertir esta crisis en un punto de inflexión que refuerce la gobernanza democrática, en lugar de prolongar un ciclo de interinatos y convulsiones sociales.

Compartir el artículo