En Sevilla, durante la cena de gala previa a la Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo, el Rey Felipe VI defendió el multilateralismo como “el mejor y más duradero camino hacia la paz y el progreso”. Ante 35 jefes de Estado y representantes de organismos internacionales, su mensaje sonó oportuno en un mundo atravesado por guerras, hambre y crisis climática. Sin embargo, como suele ocurrir en estos encuentros, los discursos públicos muestran solo una parte de la realidad.
La conferencia reúne a líderes de países que han reducido drásticamente su ayuda al desarrollo. Alemania, Bélgica, Francia, Países Bajos, Reino Unido y Suiza recortaron sus aportes, mientras Estados Unidos, ausente en Sevilla, mantiene su retiro de programas clave desde la era Trump. El multilateralismo que se defiende en los foros internacionales se ve debilitado por las mismas potencias que lo enarbolan como principio retórico.
América Latina observa estas cumbres con escepticismo. La región sabe que las promesas de cooperación y desarrollo terminan filtradas por intereses estratégicos. La agenda global de ayuda se ajusta más a prioridades de seguridad, migración y contención geopolítica que a un verdadero compromiso por reducir desigualdades estructurales.
Felipe VI pidió que Sevilla se convierta en un punto de inflexión: “Hagámoslo aquí y ahora: en Sevilla, en España, en 2025. Los ojos de muchos millones de personas están puestos en esta Conferencia. Sus esperanzas y necesidades merecen resultados, y desde luego no merecen fracasos ni decepciones.” Sus palabras recogen un anhelo real. La cuestión es si los acuerdos alcanzados reflejarán ese deseo de justicia global o se quedarán, como tantas veces, en comunicados diplomáticos cuidadosamente redactados.
Mientras tanto, España aprovecha la cumbre para proyectar liderazgo en Europa y América Latina. Pedro Sánchez la compara con la cumbre de la OTAN de 2022. Su gobierno busca consolidar una imagen internacional de pragmatismo y valores, aunque en su interior lidie con tensiones políticas y desafíos económicos que también afectan su política exterior.
El multilateralismo es, sin duda, un camino hacia la paz. Pero requiere algo más que cenas de gala y frases solemnes. Exige coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre la solidaridad que se promete y la que se financia. En Sevilla se hablará de futuro. La pregunta es si se construirá con recursos y compromisos reales o con el lenguaje diplomático de siempre.