El último Eurobarómetro del Parlamento Europeo revela una paradoja llamativa: España encabeza el ranking continental de preocupación por los conflictos armados, con el 84% de sus ciudadanos declarándose «muy preocupados», pero al mismo tiempo es el país donde menos apoyo existe a priorizar el gasto en defensa, con solo un 15% respaldando esa opción frente al 34% de media comunitaria. La encuesta, realizada en otoño de 2025, dibuja una Europa ansiosa que aún no ha trasladado su miedo a la agenda presupuestaria.
Cuando las encuestas preguntan a los europeos por lo que les quita el sueño, la respuesta es casi unánime: los conflictos armados activos cerca de las fronteras de la Unión Europea (UE). Así lo recoge el Eurobarómetro publicado esta semana por el Parlamento Europeo, que refleja que un 72% de los casi 27.000 ciudadanos encuestados en los 27 estados miembros se declaró «muy preocupado» por esa cuestión. Pero dentro de ese consenso del miedo, España ocupa una posición singular: es el país donde la alarma por las guerras llega más alto y, al mismo tiempo, donde el apoyo a destinar más recursos a la defensa resulta más bajo. Una contradicción que los datos confirman con precisión.
El 84% de los españoles dijo estar muy preocupado por los conflictos en el entorno europeo, la cifra más elevada de toda la Unión, igualada únicamente por Italia. La preocupación por el terrorismo alcanzó el 80% entre los encuestados españoles, también por encima de la media. Sin embargo, cuando se preguntó a los ciudadanos qué debería priorizar el Parlamento Europeo, los españoles situaron la defensa en el décimo puesto de sus preferencias, con apenas un 14% o 15% de menciones según las versiones del cuestionario. En el conjunto de la UE, la defensa ocupa el segundo o tercer lugar, con entre el 31% y el 34% de respaldo. La distancia entre España y la media europea en este punto supera los veinte puntos porcentuales.
España, primera en el miedo, última en prioridad a la defensa
La brecha entre la ansiedad declarada y las prioridades presupuestarias resulta especialmente pronunciada al comparar a España con los países del norte y el este del continente. En Lituania, Letonia, Polonia o Finlandia —naciones con frontera directa o proximidad geográfica a Rusia—, más del 40% de los ciudadanos considera la defensa como asunto prioritario para la UE. En Lituania, la cifra alcanza el 56%. En Dinamarca llega al 52%. Los países más alejados del frente oriental, especialmente los del sur mediterráneo, muestran en cambio una mayor resistencia a trasladar la preocupación por la guerra a demandas concretas de gasto militar.
En España, esa resistencia tiene raíces culturales e históricas. El movimiento de oposición a la entrada en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en los años ochenta y la movilización masiva contra la participación española en la guerra de Irak en 2003 dejaron una huella duradera en la cultura política del país. Los ciudadanos españoles diferencian entre el miedo a la guerra —que es alto— y la voluntad de invertir en capacidades militares —que es baja—, una distinción que no responde necesariamente a incoherencia sino a una percepción distinta de qué instrumentos sirven para preservar la paz. En lugar de defensa, los encuestados españoles señalan como prioridades para el Parlamento Europeo la lucha contra la inflación (44%), el apoyo a la sanidad pública (40%) y la educación y la investigación.
La brecha entre el ciudadano y la agenda institucional
La paradoja española se produce en un momento de presión institucional inusualmente intensa para aumentar el gasto en defensa. La Comisión Europea impulsa el plan ReArm Europe, dotado con 800.000 millones de euros, que permitiría a los estados miembros invocar la cláusula de escape del Pacto de Estabilidad y Crecimiento para financiar inversión militar sin que compute en los límites de déficit. El comisario europeo de Defensa, Andrius Kubilius, ha cifrado en 6,8 billones de euros el gasto que los países de la UE deberán acometer en armamento hasta 2035, equivalente a una media anual de 700.000 millones. En paralelo, los aliados de la OTAN han asumido el compromiso de dedicar el 5% de su Producto Interior Bruto (PIB) al gasto militar en el horizonte de una década.
España acordó con la OTAN un objetivo de gasto del 2,1% del PIB, muy por debajo de esa referencia. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha intentado enmarcar el aumento del gasto en defensa como una oportunidad de desarrollo industrial y tecnológico, más que como una respuesta estrictamente militar. Pero el Eurobarómetro indica que esa narrativa no ha calado de forma significativa en la ciudadanía: los españoles siguen priorizando el bienestar social sobre la inversión en seguridad, una posición que complica la gestión política del compromiso adquirido con los aliados atlánticos. La portavoz del Parlamento Europeo, Delphine Colard, señaló esta semana que la preocupación por la defensa «ya no es solo de los nórdicos o del este» sino que se ha generalizado en toda la Unión, pero los datos españoles matizarían esa afirmación.
El optimismo español como contrapeso
El Eurobarómetro ofrece, sin embargo, un dato que complica cualquier lectura unidireccional del estado de ánimo español. El 81% de los ciudadanos encuestados en España se declaró optimista sobre su futuro personal y familiar, cinco puntos por encima de la media europea. La combinación de alta preocupación colectiva por los conflictos y alto optimismo individual es estadísticamente infrecuente y sugiere que el miedo a la guerra funciona en España más como una preocupación abstracta o geopolítica que como una amenaza percibida en términos cotidianos. Los ciudadanos temen lo que ocurre en Ucrania o en las fronteras orientales de Europa, pero no sienten que esa amenaza vaya a materializarse en su entorno inmediato.
El 85% de los españoles también expresó una «muy alta preocupación» por la desinformación y los contenidos falsos o engañosos, la cifra más elevada de toda la UE en este indicador. Esa combinación —máxima alarma por la guerra, máxima desconfianza ante la información, alto optimismo personal— perfila una ciudadanía que procesa la incertidumbre global de un modo particular: con alerta cognitiva pero sin que esa alerta se traduzca en demandas de más gasto militar. Para las instituciones europeas, que necesitan apoyo social para justificar el mayor rearme de las últimas décadas, el caso español representa un desafío de comunicación política que todavía no tiene respuesta clara.