Líbano e Israel celebran este martes en Washington unas conversaciones directas sin precedentes en décadas, bajo mediación estadounidense y en medio de una guerra que sigue devastando territorio libanés. La cita abre una vía diplomática inédita, pero nace limitada por la negativa de Hezbolá y por la negativa israelí a hablar de alto el fuego.
Washington acoge este 14 de abril un encuentro que rompe una larga sequía diplomática entre Líbano e Israel. La reunión, presentada como la primera conversación directa de este nivel desde 1993, reúne a los embajadores de ambos países en Estados Unidos con mediación del secretario de Estado Marco Rubio.
La novedad política es evidente, pero también lo es su fragilidad. El Gobierno libanés pretende utilizar la cita para explorar una salida negociada a la guerra y ganar margen frente a una escalada que ha dejado más de 2.000 muertos y más de un millón de desplazados en Líbano, según cifras oficiales libanesas recogidas por medios internacionales.
Del lado israelí, el mensaje es más rígido. Israel ha dejado claro que no piensa discutir un alto el fuego con Hezbolá y que mantiene como exigencia central el desarme del movimiento chií. Esa posición convierte el encuentro en una toma de contacto de alto voltaje más que en una verdadera negociación de paz.
La oposición de Hezbolá pesa desde antes de que se abra la sesión. Su líder, Naim Qasem, pidió cancelar las conversaciones y las describió como inútiles, mientras otros responsables del grupo advirtieron que no se considerarán vinculados por ningún acuerdo que salga de Washington. Esa ruptura entre el Estado libanés y el actor armado más influyente del país resume, en buena medida, el principal límite de la iniciativa.
Más allá del frente libanés, la diplomacia estadounidense busca evitar que esta guerra paralela siga contaminando el intento de reconducir su crisis con Irán. En ese sentido, Washington intenta abrir una rendija política en un momento en que el conflicto regional sigue siendo extremadamente volátil.
Para Beirut, el interés inmediato no pasa por una normalización histórica, sino por frenar el deterioro interno y recuperar capacidad de decisión soberana. Para Israel, la prioridad sigue siendo militar. Entre ambos enfoques se instala una negociación que puede tener valor simbólico, pero que por ahora llega sin consenso sobre lo esencial: ni tregua, ni calendario, ni garantías de cumplimiento.