La ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán ha desencadenado dentro de la Unión Europea un debate sobre sus valores fundacionales que va mucho más allá de la coyuntura bélica. En 48 horas, la presidenta de la Comisión Europea se vio obligada a corregir sus propias palabras ante el Parlamento, el presidente del Consejo Europeo desafió abiertamente a Washington y España lideró el bloque de países que defiende el multilateralismo.
La guerra en Oriente Próximo ha actuado como revelador de una tensión que venía acumulándose en las instituciones europeas desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca: ¿debe la Unión Europea (UE) adaptarse a un mundo en el que las grandes potencias actúan al margen del derecho internacional, o debe defender ese marco normativo aunque ello le cueste fricciones con sus aliados? La respuesta no es unánime, y las diferencias ya no se disimulan.
Lo que comenzó el lunes como un discurso de la presidenta Ursula von der Leyen ante el cuerpo diplomático europeo se ha convertido, en apenas dos días, en la mayor controversia sobre la identidad política de la UE desde el inicio de la guerra en Ucrania. Socialistas europeos, estados miembros del sur y el propio presidente del Consejo Europeo han plantado cara a la deriva que algunos ven en las palabras de Von der Leyen. El resultado es un mapa de fracturas que afecta a las instituciones, a los grupos parlamentarios y a la cohesión del propio ejecutivo comunitario.
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El discurso que encendió la mecha: qué dijo Von der Leyen
El lunes 9 de marzo, Von der Leyen afirmó ante embajadores europeos que el bloque comunitario no podía ya «confiar únicamente» en un orden mundial basado en normas «como única forma de defender sus intereses». Añadió que «Europa ya no puede ser la guardiana del antiguo orden mundial, de un mundo que ya ha pasado y no volverá». Las declaraciones, que no iban acompañadas de ninguna condena explícita a la ofensiva militar de Washington y Tel Aviv, fueron interpretadas por amplios sectores como un gesto de alineación con la postura de la administración Trump.
La presidenta de la Comisión sí incluyó en ese discurso la afirmación de que Europa no debería «derramar una lágrima» por el régimen iraní. Sin embargo, la ausencia de cualquier referencia al derecho internacional humanitario o a las víctimas civiles generó una reacción inmediata. En Bruselas, diplomáticos y eurodiputados de varios grupos señalaron que Von der Leyen había cruzado una línea que la UE no había traspasado durante la guerra en Ucrania, cuando los países miembros sí mantuvieron un discurso uniforme en defensa del orden internacional frente a la invasión rusa.
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La respuesta de Costa: cuando el Consejo Europeo desafía a la Comisión
António Costa, presidente del Consejo Europeo y expresidente del Gobierno de Portugal, respondió el martes con una contundencia inusual para un cargo que suele moverse en la discreción diplomática. «Debemos defender el orden internacional basado en normas. Las violaciones del derecho internacional no deben aceptarse», señaló. Fue además el primer dirigente de una institución europea en señalar explícitamente a Estados Unidos, recordando que las reglas deben respetarse tanto en Irán como en Groenlandia, América Latina y Gaza.
La intervención de Costa es significativa por varias razones. Por un lado, supone que dos de las tres grandes instituciones europeas —la Comisión y el Consejo— mantienen posiciones divergentes sobre una cuestión de política exterior en plena crisis internacional, algo que erosiona la imagen de unidad que Bruselas necesita para tener peso negociador. Por otro, su mención de Groenlandia y Venezuela amplía el marco de la crítica más allá de Irán y apunta directamente a la política exterior agresiva de Trump como problema estructural para el orden internacional.
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Sánchez y el bloque del sur: la voz disidente que ganó peso
España fue uno de los primeros países en alzar la voz contra la ofensiva sobre Irán. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no solo rechazó participar militarmente en la coalición liderada por Washington, sino que adoptó desde el primer momento el lema «No a la guerra» como marco político. En una entrevista esta semana, declaró sentirse «más cómodo» con el discurso de Costa que con el de Von der Leyen y defendió que los «valores de Europa no deberían cambiar» aunque cambie el mundo.
A medida que han pasado los días, la posición española ha ido ganando compañía. Francia, Reino Unido e Italia, tres países que en los primeros compases del conflicto se mostraron más ambiguos, han ido adoptando posicionamientos más cercanos a Madrid en defensa del derecho internacional. La formación de este bloque informal, que incluye a estados miembros del sur y a algunas economías del norte, refuerza la postura de Sánchez y reduce el aislamiento diplomático que España tuvo en los primeros días de la guerra.
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La fractura dentro de la Comisión: Ribera y Kallas se desmarcan
La línea divisoria no solo cruza entre instituciones y entre estados, sino que también atraviesa el propio colegio de comisarios. Teresa Ribera, vicepresidenta ejecutiva y comisaria de Competitividad y exministra socialista del Gobierno Sánchez, fue la primera en distanciarse públicamente de las palabras de Von der Leyen, al señalar que quizás no se había «expresado de la manera más adecuada» y reivindicar la defensa del derecho internacional como «elemento nuclear» del proyecto europeo.
Kaja Kallas, alta representante para Asuntos Exteriores, adoptó un tono intermedio. Reafirmó el compromiso con el orden internacional pero evitó culpar directamente a la administración Trump, manteniendo una posición a medio camino entre Costa y Von der Leyen. La cautela de Kallas refleja la dificultad de ejercer la diplomacia europea en un momento en que la cohesión institucional está bajo tensión. El resto del colegio de comisarios optó por el silencio, una actitud que en Bruselas se interpreta habitualmente como respaldo táctico a la jefa del Ejecutivo comunitario.
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El precio del desacuerdo: energía, moción de censura y el futuro de Von der Leyen
La rectificación de Von der Leyen el miércoles ante el Parlamento Europeo no cerró la herida. Aunque afirmó que el compromiso con «la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional es hoy central», eurodiputados socialistas comenzaron a hablar, en tono cauto, de la posibilidad de una moción de censura. Ningún grupo ha formalizado aún nada, pero la sola mención del instrumento señala el grado de deterioro de la «mayoría Von der Leyen» que la sustentó en su reelección de julio de 2024 con el voto socialdemócrata y liberal.
El contexto energético añade urgencia a la crisis política. La propia Von der Leyen reconoció que diez días después del inicio de la guerra los contribuyentes europeos ya han tenido que soportar 3.000 millones de euros adicionales en importaciones de combustibles fósiles. La presidenta advirtió que, mientras Europa siga importando energía de «regiones inestables», será «vulnerable y dependiente», y señaló que existe «margen para actuar» en los impuestos nacionales sobre la electricidad. La próxima semana, los jefes de gobierno se reunirán en Bruselas con la competitividad europea en el centro del orden del día, un escenario en el que la fractura sobre los valores europeos coexistirá con la urgencia de responder al encarecimiento de la energía.