Un documento filtrado y publicado por The Guardian revela un proyecto bautizado como “Gaza Riviera”, que prevé el desplazamiento forzoso de más de dos millones de palestinos para transformar el enclave en un polo turístico y tecnológico. El plan, calificado de “insensato” por expertos y ONG, desnuda hasta qué punto la geopolítica intenta maquillar la limpieza étnica con la retórica del desarrollo.
La política internacional suele alimentar paradojas, pero pocas tan flagrantes como la que encierra el plan conocido por su acrónimo GREAT (Gaza Reconstitution, Economic Acceleration & Transformation Trust). El prospecto, filtrado en Washington, plantea nada menos que la expulsión total de la población gazatí y la conversión del enclave en un rosario de megaciudades futuristas, puertos ultramodernos y parques industriales inspirados en la ciudad saudí Neom.
El documento llega a proponer la “relocalización temporal” de más de dos millones de personas, lo que en la práctica equivaldría a un desplazamiento masivo. Como recuerda The Guardian, el plan sugiere que “los palestinos serían animados a una salida ‘voluntaria’ hacia otro país o confinados en zonas seguras y restringidas durante la reconstrucción”. Bajo este lenguaje técnico se esconde una operación de desposesión a gran escala.
Las críticas no se hicieron esperar. Philip Grant, director de la ONG Trial International, lo resumió con crudeza: “Esto es un plan de deportación masiva, comercializado como desarrollo. El resultado: un caso de manual de crímenes internacionales a una escala inimaginable” (The Guardian).El señalamiento sitúa la propuesta en dos planos complementarios: el de la ética, por la gravedad del proyecto, y el de la justicia, por la posibilidad de sanciones legales contra quienes participen en su ejecución.
Incluso en Israel el proyecto ha generado incredulidad. El diario progresista Haaretz lo calificó como “un esquema trumpiano de enriquecimiento rápido basado en crímenes de guerra, inteligencia artificial y turismo”. La frase puede sonar hiperbólica, pero describe bien el carácter fantasioso de un plan que ignora la historia del lugar, sus realidades políticas y, sobre todo, el derecho de su población a existir.
Más allá de las imágenes virtuales de rascacielos frente al Mediterráneo, lo más inquietante es el trasfondo político: el prospecto diluye cualquier noción de soberanía palestina. Gaza, Israel y Egipto aparecen en el mismo plano jurídico, con Israel manteniendo “derechos globales de seguridad” sobre el territorio. No se habla de un Estado palestino, sino de un vago “polity”, una entidad administrativa subordinada a los Acuerdos de Abraham.
En esencia, el plan no es más que una prolongación de la lógica que desde hace décadas busca fragmentar el territorio palestino y convertir cada reconstrucción en una oportunidad de control externo. Lo novedoso aquí es el envoltorio: se pretende vender la expulsión como modernización, el exilio como token digital y la demolición como turismo de lujo.
Gaza no necesita un parque temático para millonarios con delirios de grandeza. Necesita garantías de vida digna, soberanía reconocida y respeto a sus habitantes. La llamada ‘Riviera’ encarna un espejo de cinismo disfrazado de plan de futuro. Que un texto de tal naturaleza recorra oficinas de poder equivale a un síntoma preocupante.