La inauguración de la Gran Presa del Renacimiento Etíope, el mayor proyecto hidroeléctrico de África, muestra cómo las infraestructuras se convierten en símbolos de identidad nacional y, al mismo tiempo, en escenarios de disputas regionales con resonancias que trascienden fronteras.
En la madrugada del domingo, miles de personas se congregaron en la plaza Meskel de Adís Abeba para celebrar lo que muchos etíopes llaman un “sueño cumplido”: la finalización de la Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD), una obra colosal que ha movilizado recursos financieros, sacrificios ciudadanos y un nacionalismo energético sin precedentes. Valorada en más de cinco mil millones de dólares y sostenida con bonos estatales y contribuciones directas de la ciudadanía, la presa ha pasado de ser un proyecto de ingeniería a convertirse en un símbolo nacional que combina orgullo colectivo, aspiraciones de desarrollo y la voluntad de proyectar a Etiopía como un actor con peso propio en la región.
Las celebraciones en Adís Abeba, que incluyeron desfiles militares y danzas tradicionales, transmiten la carga simbólica del proyecto. En un país donde cerca del 60 % de los hogares carece aún de electricidad, la promesa de duplicar la capacidad energética nacional y de exportar energía a vecinos como Kenia, Sudán o Yibuti refuerza la sensación de un salto histórico. La GERD se ha consolidado como un relato de modernidad que trasciende la ingeniería y se instala en la memoria colectiva como emblema de progreso, instrumento de cohesión social y afirmación de soberanía.
Sin embargo, como toda obra de esta magnitud, la presa también desata tensiones. Egipto y Sudán han denunciado que la gestión unilateral del caudal del Nilo Azul amenaza su seguridad hídrica, apoyándose en acuerdos históricos que les otorgaban prioridad en el uso del río. El Gobierno egipcio llevó sus quejas hasta el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y advierte que no tolerará una disminución de sus recursos vitales. La voz de Abiy Ahmed, primer ministro etíope, buscó calmar las aguas: “no pretendemos hacer daño, sino encontrar una prosperidad común”. La frase resume la contradicción central: la misma presa que genera orgullo en Etiopía suscita temor y resistencia en sus vecinos.
Este conflicto recuerda dinámicas familiares en América Latina. Itaipú, la gran hidroeléctrica compartida entre Brasil y Paraguay, simbolizó durante décadas tanto cooperación como asimetrías. Belo Monte, en la Amazonía brasileña, se erigió como un hito de soberanía energética, pero dejó a su paso controversias ambientales y sociales. Yacyretá, entre Argentina y Paraguay, se convirtió en sinónimo de promesa incumplida y de negociaciones interminables. Como en el caso etíope, los megaproyectos de agua en América Latina han sido presentados como banderas de modernidad, aunque a menudo conllevan disputas sobre recursos, soberanía y justicia social.
El paralelismo resulta elocuente porque muestra cómo el agua se transforma en un recurso estratégico que sostiene la economía y al mismo tiempo actúa como detonante de tensiones políticas que atraviesan fronteras y se proyectan sobre la estabilidad regional. La GERD condensa esta doble naturaleza: herramienta de electrificación para millones de hogares etíopes y, al mismo tiempo, detonante de fricciones diplomáticas con Egipto y Sudán. Lo mismo puede decirse de los embalses latinoamericanos, celebrados como promesas de progreso y cuestionados como símbolos de desigualdad.
Más allá de los aspectos técnicos —una capacidad de 5.150 megavatios, un lago artificial mayor que la ciudad de Londres—, lo que realmente queda es el uso político de la obra. Para Etiopía, la presa se ha convertido en una bandera que busca reunir a una sociedad diversa y en un mensaje dirigido al exterior, pues demuestra la capacidad de financiar y concluir un proyecto de envergadura continental con recursos propios, un gesto de autonomía que se percibe como núcleo del orgullo nacional.
La experiencia etíope enseña que ninguna infraestructura de esta magnitud puede considerarse neutral, porque cada presa construida en el presente se convierte en relato de poder y de soberanía además de fuente de energía, y la GERD refleja esa condición al electrificar hogares mientras expone con nitidez las fracturas de un orden internacional donde el agua adquiere un valor estratégico comparable al del petróleo o el gas.
La jornada de júbilo en Adís Abeba encarna el impulso de una nación que busca en la ingeniería monumental una señal de avance, y al hacerlo confirma que las comunidades requieren hitos materiales que funcionen como testimonios de modernidad y que alimenten la esperanza de un porvenir distinto. La política del agua está destinada a ocupar un lugar cada vez más visible en las agendas globales, y lo que ocurre en el Nilo Azul resuena también en el Amazonas, en el Paraná o en el Orinoco.