La Organización Mundial de la Salud ha decidido permanecer en Ciudad de Gaza, a pesar de las órdenes de evacuación del ejército israelí. La medida subraya la resistencia de las instituciones humanitarias frente a la lógica bélica y plantea preguntas de fondo sobre el derecho internacional y la dignidad de los civiles atrapados en el conflicto.
La guerra no siempre se libra en trincheras ni con armas de fuego. También se disputa en hospitales, escuelas y calles donde la vida civil resiste al colapso. La decisión de la OMS de permanecer en Ciudad de Gaza, pese a las bombas y las órdenes de evacuación, es un acto de fidelidad a los civiles atrapados y un recordatorio de que la humanidad no se evacúa.
Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la organización, fue claro al calificar de inviable la exigencia israelí de desplazar a un millón de personas hacia una supuesta «zona humanitaria» en el sur de la Franja. La OMS se aferra a una lógica simple: la mitad de los hospitales que aún resisten están en la ciudad, y un sistema de salud quebrado no sobreviviría a su desaparición.
El contraste es brutal, porque Israel, tras casi dos años de ofensiva ininterrumpida, persigue la caída de Hamás con una estrategia que erosiona la propia base de supervivencia de Gaza, arrasando hospitales, redes de agua, escuelas y cualquier estructura que pueda sostener a los civiles en un territorio ya devastado. Las cifras estremecen: más de 64.000 palestinos muertos y casi dos millones de desplazados, mientras Naciones Unidas ha declarado hambruna en algunas zonas del enclave. La negación israelí no cambia la realidad de los cuerpos ni el hambre que asfixia a los civiles.
La permanencia de la OMS no detendrá la artillería ni salvará por sí sola el sistema sanitario, pero funciona como un faro. Envía un mensaje a los gobiernos y a las instituciones internacionales: retirarse sería validar la lógica del desplazamiento forzoso. Permanecer es recordar que los derechos humanos existen incluso bajo las bombas.
Este gesto interpela también a las potencias occidentales. ¿Cuánto tiempo más se seguirá apelando a la neutralidad mientras se destruyen hospitales, se asesina a civiles y se amenaza a periodistas? La neutralidad, en contextos de genocidio o de crímenes de guerra, se convierte en complicidad.
La guerra en Gaza no ha terminado, y probablemente lo más difícil esté aún por venir. Pero cada gesto cuenta. El de la OMS no resuelve el conflicto, pero marca un límite ético. Nos recuerda que, incluso en medio de la devastación, hay instituciones dispuestas a resistir a la lógica de exterminio con la lógica de la dignidad.