El seísmo de magnitud 7,4 que sacudió Colombia el pasado lunes ha desatado una respuesta masiva entre el millón largo de colombianos residentes en España. Desde Madrid hasta Canarias, la comunidad se organiza en red para enviar alimentos, medicamentos y dinero a las zonas afectadas, mientras crece la preocupación por los territorios más alejados del foco mediático: el Chocó, Risaralda, los municipios indígenas del Medio Atrato.
Valery Valverde tenía 21 años cuando emigró a España para costear sus estudios de Derecho y ayudar económicamente a su familia en Palmira, Valle del Cauca. El lunes pasado encendió la pantalla de su teléfono y vio a su madre gritando. Pensó que algo le había pasado a su abuela hospitalizada. La llamada se cortó. Minutos después, su hermana apareció por videollamada desde el patio de casa. «Es un terremoto», le dijo. El seísmo de magnitud 7,4 se ha cobrado la vida de al menos 281 personas y ha dejado 3.900 heridas, 496 desaparecidas y 53.816 afectadas, según los datos disponibles mientras continúan las labores de búsqueda.
Valery no se quedó paralizada. Como ella, decenas de miles de colombianos en España —cerca de un millón, según los últimos datos actualizados del Instituto Nacional de Estadística (INE) de 2025— se lanzaron a las redes sociales en las primeras horas para organizar recogidas, coordinar envíos y habilitar puntos de acopio. «Me angustia que vuelva a pasar y no poder hacer nada desde acá», dice mientras clasifica cajas de donaciones en Madrid bajo un sol de 37 grados.
La red que se activa sola
En la plaza frente a la Fundación Madrina, en Madrid, las voluntarias —en su mayoría mujeres— llevan horas clasificando alimentos, insumos médicos, artículos de aseo y comida para mascotas. Las cajas deben cumplir un tamaño preciso y no superar los 25 kilos. El director de la fundación, Conrado Giménez, asegura que están «preparados para enviar todo lo que se está recogiendo», aunque reconoce que dependen «de la disponibilidad de las compañías aéreas y de los espacios que puedan habilitar para carga humanitaria». Una mujer cruza la carpa y comienza a llorar. Otra llega con pizzas y botellas de agua para quienes llevan horas trabajando.
La movilización ha desbordado los circuitos habituales de la solidaridad organizada. Restaurantes como Maíz Sabor donan lechonas para su venta benéfica. Locales como Nube Madrid, La Abuela Gomela y El Sabor de mi Tierra organizan menús solidarios y recogidas de alimentos. En el distrito madrileño de Usera, el Ayuntamiento ha habilitado puntos de acopio para alimentos, higiene y material de primeros auxilios. Perfiles comunitarios como Soy Colombiano en Europa articulan los canales de distribución para garantizar que las ayudas lleguen a su destino. En Barcelona, el Ayuntamiento se ha reunido con entidades colombianas para explorar formas de apoyo, aunque allí aparece ya un obstáculo concreto: el consulado está sin cónsul y no se han activado vuelos humanitarios.
El peso de la distancia
Entre quienes acuden a los puntos de recogida aparece Rachel Fajardo, colombo-venezolana, que llega con varias bolsas. Su familia colombiana no se ha visto directamente afectada, pero la tragedia le ha traído a la memoria Venezuela. «Lo mínimo que uno puede hacer es esto. Entre nosotros mismos nos ayudamos, porque del gobierno… ya sabemos», dice. Espacios culturales como La Parcería y Espacio Afro también se han sumado para movilizar a comunidades que no siempre están en el foco de la atención mediática. Su director, Johan Posada, lo resume sin rodeos: «No es un proyecto, es una urgencia social».
Estefania Alvarado llegó a España hace apenas una semana para estudiar un máster. Por videollamada vio cómo los edificios en Pereira empezaban a caer. Al día siguiente supo que uno de sus amigos había muerto bajo los escombros. Su padre perdió su empresa de muebles. «No puedo quedarme sin ayudar. Es muy duro saber que cuando vuelva ya no va a estar ni la gente ni el lugar en el que crecí», cuenta.
El miedo al olvido de los territorios remotos
La preocupación más extendida entre la diáspora no es la falta de voluntad solidaria, sino la distribución de lo recaudado. Camila Arroyabe lo expresa con claridad: «Tengo mucha impotencia de estar al otro lado del mundo y ver lo que está pasando. Doné aquí y a una fundación en el Chocó. Es un departamento olvidado, sin vías, sin hospitales. Está lejos de todo». Municipios como Quimbaya, San José del Palmar, El Cairo y Yuto, cabecera del municipio de Medio Atrato, concentran poblaciones negras e indígenas especialmente vulnerables que históricamente quedan al final de la cadena en las emergencias.
Posada advierte de que el verdadero problema llegará con las semanas: cuando la crisis deje de ocupar titulares y miles de familias sigan sin un lugar donde vivir. Desde Canarias, Alicante y Valencia, otras comunidades colombianas intentan también canalizar su ayuda hacia el epicentro en San José del Palmar y las zonas afectadas de Risaralda, Valle del Cauca, Caldas y Quindío. La diáspora sabe que el Estado llega tarde o no llega, y actúa en consecuencia.