La caída electoral del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, priva a Vox de su principal referente en la ultraderecha europea. El partido de Santiago Abascal pierde con ese resultado no solo un aliado político e ideológico, sino también el acceso al banco Magyar Bankholding, vinculado al antiguo Gobierno de Budapest y empleado para financiar sus campañas de 2023 y 2024. La derrota reabre el debate interno sobre la decisión de abandonar el grupo de Giorgia Meloni en el Parlamento Europeo.
La derrota de Viktor Orbán en las elecciones del domingo en Hungría llegó a Madrid con efecto inmediato. El secretario general de Vox, Santiago Abascal, reconoció que el resultado «no es una buena noticia», pero se esforzó por minimizar las consecuencias para su partido. El portavoz del grupo en el Congreso, Pepe Garriga, fue más explícito en la estrategia defensiva: las alianzas internacionales de Vox «no dependen de resultados electorales, sino que se basan en convicciones», afirmó, encuadrando la caída del líder húngaro como un episodio ajeno a la solidez del proyecto de la formación.
Orbán era, hasta el domingo, el único jefe de Gobierno en activo dentro del grupo Patriots del Parlamento Europeo, el espacio político donde Vox se encuadra junto a la francesa Marine Le Pen y el italiano Matteo Salvini. La derrota fue contundente —quince puntos de diferencia frente al candidato opositor, Péter Magyar— y la pérdida que experimenta el partido ultraderechista español trasciende lo político: con la caída del primer ministro húngaro, Abascal pierde un referente ideológico de primer orden y también el acceso a una fuente de fondos electorales sin precedentes en la historia reciente del partido.
El vínculo financiero con Budapest
La dependencia orgánica respecto al entorno político húngaro quedó documentada en las dos últimas citas electorales. Para sufragar sus campañas, los responsables de la organización recurrieron al Magyar Bankholding (MBH), entidad bancaria vinculada al anterior Gobierno de Orbán, que aportó 6,7 millones de euros para las elecciones generales de 2023 y siete millones para las europeas de 2024. Era la primera vez que ese banco financiaba una campaña electoral en el extranjero, un hecho que subraya la singularidad del vínculo entre el partido y el círculo político de Budapest.
El precedente europeo más cercano se encontró en 2022, cuando la misma entidad bancaria prestó 10,6 millones de euros a Marine Le Pen para su campaña presidencial en Francia. El patrón queda así documentado: mientras Orbán estuvo al frente del Ejecutivo húngaro, su esfera de influencia económica contribuyó de forma recurrente a financiar a los principales líderes de la ultraderecha europea afines a sus posiciones ideológicas. Con su derrota electoral, ese canal de recursos queda en suspenso, y Vox deberá reorientar sus fuentes de financiación exterior.
La fractura interna y el coste de abandonar a Meloni
Garriga completó la respuesta con un argumento adicional. La victoria del candidato opositor demostraba, a su juicio, «la fortaleza del Estado de Derecho húngaro» ante quienes ponían en duda los resultados, y subrayó que Vox «no ha cuestionado en ningún momento el resultado electoral en Hungría». La retórica, sin embargo, no oculta el trasfondo interno. El exportavoz del partido en el Congreso, Iván Espinosa de los Monteros, planteó públicamente si el abandono del grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) respondía a los intereses reales de la formación.
Ese grupo parlamentario es el espacio donde se encuadra la primera ministra italiana Giorgia Meloni. Abascal lo abandonó al inicio de la actual legislatura para sumarse a Patriots, agrupación donde convergen Le Pen y Salvini junto a secesionistas flamencos y húngaros e italianos próximos a Putin. El secretario general esgrimió que se trataba de «formar un gran ultra en la Eurocámara», pero el proyecto jamás cuajó. El fracaso de esa apuesta resulta ahora más visible con la pérdida del líder que daba sustento político al bloque.
El nuevo mapa y la búsqueda de anclaje
Con Orbán fuera del poder, el grupo Patriots pierde su único jefe de Gobierno, posición que no se ha cubierto desde la llegada al Ejecutivo checo de Andrej Babiš en diciembre. Vox podría ahora reorientar sus posiciones hacia el espacio político de la dirigente italiana, más atlantista que el líder húngaro y más alejada de Moscú, aunque la distancia personal entre Abascal y la mandataria de Roma sigue siendo real. La relación entre ambos nunca ha tenido la densidad del vínculo que el secretario general mantuvo con el líder magiar.
El partido reafirma sus alianzas al margen del resultado húngaro. Entre sus interlocutores internacionales figuran el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, el presidente estadounidense, Donald Trump, y el vicepresidente J. D. Vance, quien visitó Budapest y cuya presencia allí fue interpretada como un respaldo al entorno del Fidesz. Al contrario que el líder del Partido Popular (PP), Alberto Núñez Feijóo, quien salió en defensa del Papa León XIV, Abascal evitó criticar los ataques de Trump al pontífice, lo que ilustra el alineamiento de la formación con Washington en materias que trascienden la política española.
Vox afronta ahora una reconfiguración del espacio europeo de la ultraderecha sin su principal ancla política e institucional. El ecosistema que Orbán construyó durante más de una década —y del que el partido se benefició en términos ideológicos, organizativos y financieros— ha quedado desmantelado en una sola jornada electoral. El secretario general tendrá que resolver si refuerza su posición en Patriots, busca un reacercamiento con el ECR de Meloni o navega el nuevo mapa con las alianzas existentes, cada vez más dependientes de Washington y cada vez menos de sus padrinos europeos.