La aceleración del declive demográfico obliga a Japón a replantear su modelo urbano. Entre barrios vacíos, viviendas abandonadas y una concentración creciente de población en Tokio y Osaka, el país busca fórmulas para adaptarse a una nueva realidad marcada por el envejecimiento y la baja natalidad.
Japón atraviesa una de las transformaciones demográficas más profundas de su historia contemporánea. Los resultados preliminares del censo de 2025 muestran una caída de 3,1 millones de habitantes en apenas cinco años, el mayor descenso jamás registrado en el archipiélago.
La población japonesa se sitúa actualmente en 123 millones de personas, frente a los 128 millones alcanzados en 2008, cuando el país alcanzó su máximo demográfico. Según las proyecciones del Instituto Nacional de Investigación de Población y Seguridad Social (IPSS), Japón podría descender hasta los 87 millones de habitantes en 2070.
Detrás de estas cifras se encuentra una combinación de factores que preocupa desde hace años a las autoridades: una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, un envejecimiento acelerado de la población y una creciente concentración de habitantes en las grandes áreas metropolitanas.
En 2025 nacieron apenas 705.809 niños, el nivel más bajo desde que existen registros estadísticos, iniciados en 1899. Paralelamente, casi el 30 % de la población japonesa supera ya los 65 años.
Las consecuencias son visibles en numerosos territorios del país. Muchas ciudades medianas y zonas rurales pierden habitantes de forma constante, mientras aumentan las viviendas abandonadas y disminuye la actividad económica local.
La ciudad de Kobe, en el oeste de Japón, ilustra bien este fenómeno. Tras experimentar un fuerte crecimiento durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la ciudad comenzó a perder población después de alcanzar su máximo histórico en 2010.
Actualmente cuenta con más de 118.000 viviendas vacías. Para hacer frente al problema, las autoridades municipales han puesto en marcha ayudas destinadas tanto a la demolición de edificios deteriorados como a la rehabilitación de inmuebles para usos comunitarios.
Algunas antiguas casas tradicionales han sido transformadas en espacios culturales, centros vecinales o lugares destinados a actividades colectivas, una estrategia que busca revitalizar barrios afectados por el envejecimiento y la despoblación.
Al mismo tiempo, Kobe ha optado por limitar la construcción de grandes torres residenciales, ante el temor de que en el futuro puedan convertirse también en complejos abandonados difíciles de gestionar.
Sin embargo, el fenómeno no afecta por igual a todo el país. Mientras numerosas regiones se vacían, Tokio y Osaka continúan atrayendo población. Solo la capital japonesa ganó cerca de 200.000 habitantes en los últimos cinco años.
Esta concentración creciente preocupa al Gobierno, que busca fomentar una mayor descentralización económica y territorial mediante incentivos destinados a empresas y familias.
La crisis demográfica japonesa se ha convertido así en un laboratorio para el resto del mundo desarrollado. Lo que hoy experimenta Japón podría anticipar desafíos similares en numerosos países confrontados al envejecimiento de la población y a la caída de la natalidad.
Más allá de las cifras, la cuestión obliga a replantear una pregunta fundamental: ¿cómo diseñar ciudades pensadas para crecer cuando el futuro estará marcado, precisamente, por la disminución de habitantes?