Israel golpea a Hizbulá, pero la guerra se ensancha en el Líbano

18 mars 2026 - 13:11

La afirmación del Ejército israelí de haber desmantelado más de 80 infraestructuras de Hizbulá en el sur del Líbano en apenas una semana no es, en sí misma, una victoria estratégica, sino el síntoma de una intensificación que desborda el marco de las operaciones limitadas. La cifra impresiona por su volumen, pero plantea una pregunta incómoda: si el aparato militar de la milicia chií está siendo golpeado con tal intensidad, ¿por qué su capacidad de respuesta —misiles, andanadas, presión sobre el norte de Israel— no solo persiste, sino que se adapta? La guerra, lejos de resolverse, parece mutar hacia una lógica de desgaste.

El frente libanés, que durante años funcionó bajo un equilibrio precario de disuasión mutua desde la guerra de 2006, ha dejado de ser una línea contenida para convertirse en un espacio de confrontación abierta. El hecho de que los bombardeos alcancen Beirut de forma reiterada indica un cambio cualitativo en la doctrina israelí: ya no se trata únicamente de neutralizar posiciones tácticas en el sur, sino de ejercer presión sobre el conjunto del sistema político y militar libanés. Esa ampliación del teatro de operaciones incrementa inevitablemente el riesgo de colapso interno en un país ya estructuralmente frágil.

Sin embargo, la narrativa de eficacia militar choca con una realidad operativa más compleja. A pesar de los ataques masivos contra lanzadores, depósitos y centros de mando, Hizbulá mantiene la capacidad de lanzar proyectiles de forma sostenida, obligando a cientos de miles de israelíes a refugiarse. Este desfase entre destrucción material y continuidad de la amenaza sugiere que la organización no opera como un ejército convencional susceptible de ser “desmantelado” mediante golpes concentrados, sino como una red resiliente, descentralizada y profundamente integrada en el territorio.

En este contexto, la dimensión iraní resulta determinante. La implicación directa de la Guardia Revolucionaria en ataques contra Israel, en paralelo a la actividad de Hizbulá, confirma que no estamos ante conflictos aislados, sino ante una arquitectura regional coordinada. Irán no necesita intervenir de forma frontal para alterar el equilibrio: le basta con activar y sostener sus redes de influencia para multiplicar los frentes y diluir la superioridad militar israelí. La guerra se desplaza así hacia un modelo híbrido, donde la línea entre actor estatal y no estatal se vuelve cada vez más difusa.

El coste humano y político de esta dinámica es igualmente significativo. Con más de 900 muertos en Líbano, entre ellos más de un centenar de niños, y más de un millón de desplazados, el conflicto está erosionando no solo infraestructuras, sino la propia viabilidad del Estado libanés. Cada bombardeo en la capital refuerza la percepción de que el país vuelve a ser, una vez más, un campo de batalla indirecto en el enfrentamiento entre potencias regionales, incapaz de controlar plenamente su propio territorio.

En última instancia, la cuestión no es si Israel está logrando éxitos tácticos —que probablemente los está logrando—, sino si esos éxitos pueden traducirse en una ventaja estratégica sostenible. La historia reciente de Oriente Próximo sugiere lo contrario: la superioridad militar no garantiza el control político, y la destrucción de infraestructuras no implica la neutralización de actores que operan bajo lógicas asimétricas. En ese sentido, los “80 objetivos” pueden acabar siendo menos un indicador de victoria que el preludio de un conflicto más largo, más difuso y más difícil de contener.

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