La reacción del Gobierno israelí a la llegada de Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York dice tanto de Mamdani como del clima político internacional que rodea hoy al conflicto de Gaza. Calificar su investidura como “gasolina antisemita sobre un fuego abierto” no es una crítica administrativa ni una discrepancia diplomática: es una acusación política de máxima gravedad, lanzada desde Jerusalén contra un alcalde electo de la principal ciudad de Estados Unidos.
Mamdani, socialista demócrata de 34 años, ha sido una figura incómoda para el Ejecutivo de Benjamín Netanyahu desde antes de ganar las elecciones municipales. Su apoyo explícito a la causa palestina, su cuestionamiento de la política israelí en Gaza y su decisión de retirar la definición de antisemitismo de la IHRA del marco institucional municipal lo han convertido en blanco de una ofensiva discursiva que mezcla política exterior, identidad y memoria histórica.
El fondo del asunto va más allá de Mamdani. Lo que está en juego es la extensión del conflicto israelí-palestino al espacio político occidental, en este caso al ámbito local estadounidense. Israel interpreta determinadas posiciones críticas como amenazas existenciales, mientras que sectores progresistas en EE. UU. reivindican el derecho a cuestionar a un Estado sin que ello implique antisemitismo.
Que el nuevo alcalde sea musulmán, de origen surasiático y que haya jurado el cargo con el Corán añade una capa simbólica que explica la dureza del lenguaje empleado por Israel. Nueva York se convierte así en un escenario indirecto de una guerra narrativa global, donde cada gesto local adquiere resonancia internacional.
Más que un episodio anecdótico, la polémica revela una fractura creciente: la dificultad de separar la crítica política al Estado de Israel del debate sobre el antisemitismo, en un momento en que Gaza sigue siendo una herida abierta y profundamente polarizadora.