La presidencia irlandesa del Consejo de la UE propone rebajar un 8% el marco financiero 2028-2034 planteado por Bruselas. Concentra la tijera en competitividad, defensa y acción exterior, incluida la ayuda al África subsahariana. La fórmula preserva la Política Agrícola Común y los fondos de cohesión que reclaman España y el sur, pero Alemania, Países Bajos y Suecia la rechazan por insuficiente.
La presidencia irlandesa del Consejo de la Unión Europea (UE) presentó el sábado su propuesta para el marco financiero plurianual (MFP) de 2028 a 2034, el presupuesto a largo plazo del bloque. El documento rebaja un 8% las cuentas iniciales de la Comisión Europea y las sitúa en 1,82 billones de euros, frente a los 1,98 billones que planteó Bruselas. El recorte, de casi 160.000 millones, busca atraer a la mesa a los países frugales, partidarios de la austeridad. Dublín ha decidido, eso sí, que el ajuste no recaiga sobre la agricultura ni sobre las regiones menos desarrolladas.
La apuesta responde a una lógica política clara. Proteger la Política Agrícola Común (PAC) y la Política de Cohesión atiende la demanda de los llamados amigos de la cohesión, un bloque de 17 países entre los que figuran España, Portugal y Grecia. A cambio, la tijera cae sobre las partidas nuevas, que encarnan las prioridades de la Comisión que preside Ursula von der Leyen. Son la competitividad frente a Estados Unidos y China y la seguridad y la defensa. El resultado no satisface por completo a ninguno de los bandos.
Thomas Byrne, secretario de Estado irlandés para Asuntos Europeos, admitió que ninguna propuesta en esta fase «satisfará las exigencias de todas las partes». Defendió, sin embargo, que el texto está pensado como catalizador para acelerar una negociación que Irlanda quiere cerrar antes de fin de año. La propuesta llega después de la que presentó la anterior presidencia chipriota. Aquella solo rebajó un 2% la cifra de Bruselas y provocó la indignación de los frugales. Dublín ha optado por un recorte cuatro veces mayor.
Dónde cae la tijera
El grueso del ajuste recae sobre el nuevo Fondo Europeo de Competitividad, que pierde un 11%, sobre todo en innovación e investigación y en transición limpia. La Comisión concibió ese instrumento para reducir la brecha tecnológica e industrial con Washington y Pekín, y lo convirtió en uno de los ejes de su programa. La presidencia irlandesa resta además 15.000 millones a seguridad y defensa. En ese ámbito, la idea inicial de Bruselas era multiplicar por cinco la inversión.
El capítulo de Acción Exterior sufre otro recorte significativo. Solo las ayudas destinadas al África subsahariana pierden 15.000 millones, una rebaja que recae sobre una de las regiones más vulnerables del planeta. La PAC y la cohesión, en cambio, se mantienen prácticamente intactas respecto a la propuesta de la Comisión. Conviene recordar que ese punto de partida ya suponía para ambas políticas un recorte de alrededor del 10% en comparación con el presupuesto actual. La protección que ofrece Dublín consiste, por tanto, en no agravar un ajuste previo.
El portazo frugal
Las primeras reacciones del bloque frugal han sido muy negativas. El canciller alemán, Friedrich Merz, sostiene que la propuesta «no es una base para el acuerdo». A su juicio, todavía implica un gasto demasiado elevado para los principales contribuyentes. Alemania, Suecia y los Países Bajos ya habían advertido que nunca darían su visto bueno a un nuevo presupuesto si no se recortaba la propuesta de la Comisión en «varios cientos de miles de millones de euros». La rebaja irlandesa se queda lejos de esa exigencia.
La Haya se ha mostrado igual de tajante. «Los Países Bajos no pueden aceptar esta propuesta», afirmó el ministro neerlandés de Finanzas, Eelco Heinen, que pronosticó que a este ritmo no habrá acuerdo antes de que termine el año. La presión frugal produce así un efecto paradójico. Las partidas que más sufren son precisamente las que encarnan las nuevas prioridades estratégicas europeas. Las grandes políticas tradicionales, por su parte, resisten gracias al peso del sur en la negociación.
Tampoco los países de la cohesión salen satisfechos. Reclaman unas cuentas más ambiciosas para afrontar las crecientes necesidades europeas, y cualquier reducción del volumen total choca con esa aspiración. Para España, preservar la PAC y los fondos regionales supone una victoria defensiva. Esa victoria no despeja, sin embargo, la discusión de fondo sobre el tamaño del presupuesto comunitario ni sobre la manera de financiarlo en un contexto de exigencias crecientes.
Una cumbre contrarreloj
La presidencia irlandesa escuchará esta semana primero a los ministros de Asuntos Europeos y después a los jefes de Gobierno. Estos se reunirán en una cumbre en Bruselas decisiva para el calendario. Dublín se ha marcado el objetivo de cerrar un acuerdo antes de que concluya 2026. Byrne ya advirtió en septiembre que, si no se pacta al menos el marco general este año, la UE no llegará a tiempo para activar el nuevo presupuesto el 1 de enero de 2028.
Ese plazo no es una formalidad, porque ciudadanos, regiones y empresas esperan los fondos del próximo ciclo desde el primer día. La distancia entre los bloques sigue siendo considerable. La propuesta irlandesa, concebida como punto de encuentro, ha recibido críticas desde ambos extremos de la negociación. El riesgo es que la cumbre confirme lo que ya anticipan las capitales del norte, un bloqueo prolongado en el que la presión para recortar más termine alcanzando también a la cohesión.