En su mensaje de fin de año, el secretario general de la ONU dibuja un panorama marcado por conflictos, fractura política y emergencia climática. Más que una llamada retórica, su discurso apunta a una contradicción central: el desajuste entre los recursos destinados a la guerra y los dedicados a proteger a las personas y al planeta.
El cierre de 2025 encuentra al sistema internacional en un estado de tensión acumulada. Conflictos abiertos, debilitamiento del derecho internacional, crisis climática persistente y una creciente fragmentación política configuran un escenario que el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, describió como una auténtica encrucijada histórica.
En su mensaje de Año Nuevo, Guterres evitó el tono ceremonial para insistir en una advertencia directa: el mundo se ha acostumbrado al desorden. La violencia prolongada, la división entre Estados y la incapacidad colectiva para responder a los grandes desafíos globales han dejado de ser excepciones para convertirse en una rutina peligrosa.
Las cifras refuerzan ese diagnóstico. En 2025, la ONU solicitó más de 45.000 millones de dólares para financiar programas humanitarios y de desarrollo, pero apenas logró reunir 12.000 millones, el nivel más bajo en una década. Como consecuencia, la ayuda alcanzó a menos personas que el año anterior, en un contexto donde las necesidades humanitarias siguen aumentando.
El contraste más llamativo aparece al observar el gasto militar mundial, que se incrementó cerca de un 10% hasta situarse en torno a los 2,7 billones de dólares. Para Guterres, esta desproporción revela una jerarquía de prioridades difícil de justificar: se invierte mucho más en sostener conflictos que en prevenirlos o en aliviar sus consecuencias humanas.
El mensaje apunta también a una responsabilidad política concreta. Con guerras activas como la de Ucrania y múltiples focos de inestabilidad, los líderes internacionales tienen margen de acción para reducir el sufrimiento, reforzar la cooperación y afrontar el cambio climático con mayor determinación. La falta de recursos no parece ser el problema central; lo es, más bien, su asignación.
A las puertas de 2026, y en el tramo final de su mandato, Guterres plantea una pregunta incómoda para la comunidad internacional: qué se considera verdaderamente prioritario. Su llamamiento no propone soluciones milagro, pero sí una reordenación básica de las decisiones colectivas. Elegir a las personas y al planeta implica aceptar que la seguridad duradera empieza fuera del campo de batalla.