Groenlandia o la seguridad como pretexto: Trump y el retorno del imperialismo explícito

23 décembre 2025 - 10:58

El presidente estadounidense vuelve a invocar la “seguridad nacional” para justificar el control de un territorio ajeno. Groenlandia se convierte así en el símbolo de una doctrina que cuestiona el derecho internacional y reabre viejas lógicas de poder.

La afirmación de Donald Trump de que Estados Unidos “necesita controlar Groenlandia por motivos de seguridad nacional” no es una provocación aislada ni una excentricidad retórica. Es, más bien, la confirmación de una visión del mundo en la que la fuerza, la posición estratégica y la conveniencia geopolítica prevalecen sobre la soberanía, el derecho internacional y la voluntad de los pueblos.

Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía de Dinamarca, ha pasado en pocos días de ser una periferia ártica a ocupar el centro del debate internacional. La designación de un enviado especial estadounidense y la negativa explícita de Trump a descartar el uso de la fuerza han provocado una reacción inmediata de Copenhague, del gobierno groenlandés y de la Unión Europea, que recordó que la integridad territorial es un principio irrenunciable.

Sin embargo, el trasfondo del asunto va más allá del caso groenlandés. La doctrina que Trump vuelve a poner sobre la mesa es conocida: cuando un territorio es considerado vital para la seguridad o los intereses estratégicos de una potencia, su estatus jurídico pasa a segundo plano. Esta lógica, que América Latina conoce bien por su propia historia, reaparece ahora sin el barniz diplomático que caracterizó a etapas anteriores.

El Ártico se ha convertido en un espacio clave de competencia global. El deshielo abre nuevas rutas marítimas, las tierras raras adquieren valor estratégico y la proximidad entre América del Norte, Europa y Rusia convierte a Groenlandia en una pieza central del tablero. Trump no oculta esa realidad, pero al hacerlo normaliza una idea inquietante: que la seguridad de unos puede justificar la apropiación de lo que pertenece a otros.

La reacción conjunta de Dinamarca y Groenlandia —“no se puede anexionar otro país, ni siquiera invocando la seguridad internacional”— marca una línea roja clara. No se trata solo de defender un territorio, sino de preservar un principio que, de romperse, tendría consecuencias globales. Si Groenlandia puede ser “necesaria” para Estados Unidos, ¿qué otros territorios podrían serlo mañana para otras potencias?

 El retorno de Trump a la Casa Blanca implica también el regreso de una política exterior sin complejos, donde el multilateralismo se percibe como un obstáculo y no como un marco de estabilidad. En ese contexto, el derecho internacional corre el riesgo de convertirse en un recurso selectivo, invocado solo cuando conviene.

Groenlandia no está en venta, repiten sus dirigentes. Pero el debate que se ha abierto no gira únicamente en torno a una isla ártica. Gira en torno a una pregunta más amplia y más incómoda: ¿estamos entrando en una era en la que la fuerza vuelve a imponerse abiertamente sobre las reglas? La respuesta, por ahora, sigue en disputa.

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