¿Europa podría terminar peor que Argentina?

21 décembre 2025 - 06:48

Ya se hacen comparaciones con Argentina para advertirle a Europa el puerto al cual podría llegar. Con un agravante, a diferencia de Argentina, Europa tiene enemigos que podrían aprovechar su debilidad.

Europa ha sido largamente admirada por sus logros pero es posible que su modelo experimente signos claros de agotamiento. Las consecuencias podrían ser extremadamente negativas, notan varios expertos. Desde Mario Draghi, hasta el premio Nobel de Economía Bengt Holmström, pasando por Christine Lagarde, observan que Europa debe actuar ya porque dejar los cambios para después podría ser demasiado tarde.

Economistas advierten la crisis e insostenibilidad del modelo europeo, un eventual impago de pensiones y la quiebra del Estado de Bienestar en el viejo continente. Se dice que la UE ha invertido mucho tiempo en regular, pero poco en innovar. Christine Lagarde incluso ha sugerido recientemente que el modelo europeo está orientado a un mundo que va a desaparecer. «Europa tiene enemigos que quieren repartírsela por la fuerza», dicen algunos expertos.

El informe Draghi, un nuevo estudio realizado por el Nobel Holmström, así como los discursos recientes de Christine Lagarde están impactando tanto en los medios como en círculos académicos europeos. Unos y otros han estado orientados a la inminente necesidad de que Europa reaccione y actúe.

“La economía del Viejo Continente representaba en paridad de poder adquisitivo (depurando la distorsión que generan los precios) casi el 28% del PIB mundial en 1980, mientras que la de China era el 2% y la de EEUU el 21%. Hoy, en 2025, China roza el 20%, EEUU el 15% y la Unión Europea el 13%. Parece evidente que Europa ha hecho algo regular en los últimos 40 años. Hasta Jamie Dimon, consejero delegado de JP Morgan, ha analizado la situación para concluir que ‘Europa está perdiendo’”, destaca un informe del medio español El Economista.

Europa ha invertido tiempo y recursos en la construcción del mayor Estado de Bienestar del mundo y en un vasto marco regulatorio. El proyecto que ha tomado décadas, ha tenido impacto, resultados y consecuencias muy positivas, en algunos aspectos, y otras que no lo han sido tanto. Es posible que Europa no haya dedicado la misma cantidad de tiempo y esfuerzo al crecimiento económico.

Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, ha pronunciado dos discursos a comienzos de este mes en los que ha llamado a Europa a actuar porque, en su criterio, Europa tiene «un modelo de crecimiento orientado a un mundo que está desapareciendo… El mundo no se detendrá por Europa, pero podemos decidir cómo avanzar», ha dicho.

Días más tarde, en otro discurso, Lagarde ha explicado por qué Europa necesita desempeñar un rol protagónico en el mundo de la inteligencia artificial: «la pregunta ya no es si esta nueva frontera llegará, sino cuándo, y el ritmo de progreso de los últimos años sugiere que probablemente llegará antes de lo que nuestras instituciones y normativas están preparadas para afrontar. Eso significa actuar ahora para eliminar los obstáculos que ralentizarían la difusión de la IA y, por lo tanto, retrasarían la prosperidad de todos los europeos en las próximas décadas».

Pero no es solo Lagarde, otros opinan de modo similar, como Luis Garicano, Bengt Holmström (Nobel de Economía) y Nicolas Petit, economistas y profesores que analizan la economía de la zona euro y proponen varias vías para que la región vuelva a converger con Estados Unidos y logre recuperar relevancia en términos globales. Los expertos referidos destacan que no son pioneros, otras eminencias europeas han estado trabajando previamente sobre la cuestión, diagnosticando el declive, tratando de comprenderlo y hallar salidas y soluciones. En 2024, Enrico Letta constató una grave fragmentación del mercado europeo, mientras que Mario Draghi concluyó que la competitividad de Europa había caído tanto que ahora requería un cambio radical para sobrevivir.

“A pesar de estas advertencias, la respuesta de la Unión Europea a su declive ha sido débil, donde debería ser fuerte y activa en áreas donde debería ser pasiva. El problema no es la falta de informes, sino un sistema que se niega a priorizar”, según destacan Garicano, Holmström y Petit.

De seguir como va y sin acciones concretas a los problemas de fondo, hacia 2050, Europa “podría seguir el camino de Argentina: su enorme prosperidad, un lejano recuerdo; sus estados de bienestar en bancarrota y sus pensiones impagables; sus políticos atrapados entre extremos que hipotecan el futuro para salvarse en el presente; y sus más brillantes desperdiciando oportunidades en otros lugares. De hecho, estaría en peor situación que Argentina, ya que tiene enemigos deseosos de repartírsela por la fuerza y una población más envejecida que la argentina actual», aseguran los tres expertos.

El caso de la Argentina es elocuente, a modo de evidencia, de todo lo que no se debe hacer, sirve para explicar cómo un país que fue extremadamente rico y que ostentaba ventajas comparativas en muchos aspectos, por su gran riqueza natural, una población muy cualificada o un clima favorable, no está exento de ir directamente hacia el precipicio: “puede terminar cayendo a la irrelevancia tras décadas de políticas populistas, despilfarradoras e irresponsables. Muchos argentinos siguen pensando que Argentina debía ser el país más rico del mundo, porque si no es así, sería imposible explicar cómo todavía sigue habiendo algo de ‘plata’ después de tantos años de corrupción y gasto desmedido”.

Europa todavía está a tiempo de enderezar el rumbo. “En términos de PIB per cápita, la UE sigue siendo un bloque rico, con talento y que se encuentra bien posicionado, pero es cierto que, en los últimos años, quizá décadas, la economía ha dejado de ser competitiva, en parte por un exceso de regulación y por la creación del mayor Estado de Bienestar del mundo. Ambos factores han reducido la competencia y los incentivos para mejorar a nivel empresarial e individual, en muchos casos”.

Desde la teoría económica clásica es posible comprender que cuanto más altos son los impuestos, menores son los incentivos para trabajar más horas e innovar. Una parte mayor de la tarta se va en impuestos para cubrir necesidades de otros: “Sin estos incentivos que llevan a generar más prosperidad (prosperidad que después se puede usar para redistribuir), la UE puede acabar en una trampa de crecimiento, regulación y redistribución que termine revirtiendo años de desarrollo”, subraya El Economista.

Garicano, Holmström y Petit analizan que la situación a la que se ha llegado no es un accidente histórico sino la consecuencia o resultado de las decisiones tomadas. “En las últimas décadas, la Unión y sus Estados miembros han confundido regulación con progreso y burocracia con integración. Si la Unión Europea sigue estancada, nuestros países no podrán mantener lo que sus ciudadanos dan por sentado, como son las prestaciones por desempleo, atención médica gratuita, pensiones vitalicias y educación asequible. El crecimiento es necesario para cumplir con los compromisos existentes y la reciente avalancha de nuevos. El estancamiento convertirá el Estado de Bienestar europeo en una utopía del pasado”.

Los expertos respaldan su análisis en cifras y datos gráficos que permiten comprender la inmensa deuda que amenaza con hundir la economía europea, entre derechos pensionales y deuda pública y donde España es el país peor posicionado.

¿Qué necesita Europa?

Garicano, Holmström y Petit estiman que la Unión Europea necesita centrarse en un enfoque único y en un objetivo que sea la prosperidad económica. «Para lograr esta prosperidad, necesitamos que la Unión recupere su propósito original, que es llegar a ser un organismo federal dedicado al desarrollo económico a través de un mercado común y libre». Pero, como se enunció más arriba, «el problema no es la falta de informes, sino un sistema que se niega a priorizar».

Para los tres expertos, la UE ha desviado su misión hacia una multitud de agendas políticas y regulatorias que saturan su capacidad, olvidando que «solo una Europa próspera puede financiar el Estado de Bienestar». En ese sentido y frente a una gobernanza hipertrofiada, reclaman volver a la esencia: un mercado único real, plenamente operativo y sin barreras internas.

La reconstrucción de ese mercado único plantea y exige reformas legales profundas: eliminar el uso de directivas, sustituyéndolas por reglamentos que garanticen reglas uniformes, actualmente «las empresas se enfrentan a 27 versiones distintas de unas supuestas reglas comunes». Garicano, Holmström y Petit exigen tribunales comerciales especializados a escala europea capaces de sancionar con rapidez a los Estados que violen las normas del mercado interior. Sin un mecanismo así, «el reconocimiento mutuo es un sueño imposible». El objetivo es que cualquier empresa pueda defender sus derechos en 180 días y que las sentencias sean aplicables a toda la UE, precisan.

Deuda pública general y derechos de pensión acumulados hasta la fecha como porcentaje del PIB en 2021. Fuente: Garicano, Holmström, PetitSource y Eurostat.

Una propuesta adicional consiste en incentivar la competencia regulatoria dentro del bloque mediante un «28.º régimen» opcional para las empresas. Ese sería un marco supranacional alternativo que facilite la creación de compañías europeas capaces de escalar, atraer inversión y competir globalmente. Este régimen (plenamente digital, ágil y sin remisiones al derecho nacional) sería, en palabras de los autores, un sistema que «las empresas elijan voluntariamente porque les permite crecer y atraer capital».

Finalmente, Garicano, Holmström y Petit demandan un cambio radical en la forma de legislar. Sugieren sustituir las cláusulas de revisión por cláusulas de caducidad, de modo que «la ley europea deje de ser eterna incluso cuando es errónea», obligando a demostrar que una norma sigue siendo útil para renovarla. Plantean que tanto el Parlamento como el Consejo estén obligados a realizar evaluaciones de impacto cada vez que modifiquen un texto legal, para que los políticos «no puedan evitar enfrentarse al coste real de las normas que imponen».

El renacimiento de Europa es posible en tanto abandone su obsesión regulatoria, recupere la integración económica y confíe en la capacidad innovadora de sus ciudadanos. Garicano, Holmström y Petit concluyen que «una Europa mejor es posible si deja de construir muros de regulación y se centra, por encima de todo, en la prosperidad».

 

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