Más allá de la provocación de James Fishback, lo que empieza a percibirse en la política estadounidense es una transformación más profunda: el apoyo a Israel ya no funciona como un reflejo automático en todos los sectores del país, ni siquiera dentro de una parte de la derecha.
La escena se difundió rápidamente en redes sociales: James Fishback, candidato republicano en las primarias para gobernador de Florida, quedó asociado a una frase contundente —“No American should die for Israel”— escrita en el casco de un soldado de reserva. Fishback no es hoy una figura central del tablero político estadounidense, pero el tipo de discurso que encarna empieza a encontrar eco en determinados círculos conservadores.
A sus 31 años, el candidato ha construido una campaña muy mediática apoyada en el ecosistema digital de la derecha radical, con la cercanía o el respaldo de figuras como Nick Fuentes, Andrew Tate o Tucker Carlson. Parte de la prensa estadounidense lo describe como un provocador que intenta movilizar a un electorado joven, masculino y profundamente conectado al universo político de las redes.
Sin embargo, lo relevante no es la figura de Fishback en sí misma. Lo significativo es que ese tipo de retórica comienza a encontrar audiencia en sectores conservadores que durante décadas fueron considerados los más firmemente alineados con Israel.
Fishback ha convertido esta postura en uno de los ejes de su discurso político. Entre otras propuestas, ha defendido que el estado de Florida deje de invertir en los llamados Israel Bonds y ha criticado lo que considera una excesiva implicación de Estados Unidos en conflictos exteriores. Su posición se inscribe dentro de una corriente más amplia de la derecha “America First”, que rechaza nuevas intervenciones militares en el extranjero, cuestiona el coste de las alianzas estratégicas y considera que Oriente Medio representa un riesgo permanente para la política exterior estadounidense.
Esta evolución empieza a reflejarse también en los datos. Según el centro de estudios Pew Research Center, los republicanos estadounidenses menores de 50 años están hoy prácticamente divididos entre quienes tienen una opinión favorable y quienes tienen una opinión negativa de Israel. Por su parte, las encuestas de Gallup muestran que la simpatía hacia Israel sigue siendo mayoritaria entre los republicanos, pero ha retrocedido de forma notable en los últimos años.
Entre los jóvenes estadounidenses el cambio es aún más visible: una mayoría de ciudadanos entre 18 y 34 años afirma sentir hoy más simpatía por los palestinos que por los israelíes.
En otras palabras, el viejo consenso estadounidense sobre Israel no ha desaparecido, pero sí muestra grietas. Y esas grietas ya no separan únicamente a demócratas y republicanos: atraviesan también a la propia derecha.
La guerra contra Irán ha acelerado este desplazamiento. Diversos sondeos indican que una mayoría de estadounidenses rechaza una intervención militar directa en Oriente Medio y se opone al envío de tropas al terreno. Incluso dentro del campo conservador el debate divide a quienes defienden una línea dura y a quienes sostienen una postura abiertamente aislacionista.
Conviene, sin embargo, evitar simplificaciones. La crítica a Israel que emerge en ciertos sectores de la derecha estadounidense no siempre responde a una lectura humanista del conflicto israelí-palestino. En el entorno político de Fishback se mezcla con otras corrientes: rechazo de las alianzas internacionales, discursos identitarios y la cultura política propia de los espacios radicalizados de internet.
No estamos, por tanto, ante un simple giro moral de la política estadounidense, sino ante una recomposición más compleja, donde el rechazo a las guerras exteriores, la crítica a Israel y la radicalización digital convergen sin confundirse completamente.
Lo que hasta hace poco parecía impensable —escuchar en determinados sectores conservadores que “ningún estadounidense debería morir por Israel”— empieza a convertirse en una posición políticamente audible.
Y cuando un tabú comienza a caer dentro de la política estadounidense, rara vez vuelve a levantarse del todo.