Las celebraciones de la Pascua cristiana en Jerusalén, previstas en la Iglesia del Santo Sepulcro, se llevarán a cabo a puerta cerrada y sin público, en medio de las restricciones impuestas por las autoridades israelíes en el contexto de la guerra regional y tras la polémica generada por el veto temporal al Patriarca Latino.
El cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, confirmó este martes que la liturgia de la Semana Santa se desarrollará de forma interna, con la participación de una comunidad local reducida, algunos fieles autorizados y un obispo, al tiempo que la Iglesia intentará garantizar la transmisión en directo de las ceremonias.
La decisión llega después del incidente registrado el Domingo de Ramos, cuando la policía israelí impidió al cardenal acceder al Santo Sepulcro, alegando motivos de seguridad vinculados a la situación bélica y a las restricciones sobre reuniones en lugares sensibles.
El episodio provocó una oleada de reacciones internacionales y críticas por parte de instituciones religiosas y diplomáticas, al tratarse del lugar más sagrado del cristianismo, donde la tradición sitúa la crucifixión, sepultura y resurrección de Jesucristo.
Tras la controversia, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, aseguró que el Patriarca tendría “acceso completo e inmediato” al recinto.
Pizzaballa señaló que, aunque el incidente inicial generó tensión, el comportamiento de la policía fue “respetuoso” y permitió abrir rápidamente un canal de diálogo con las autoridades israelíes.
Por su parte, el Custodio de Tierra Santa, el padre Francesco Ielpo, calificó lo ocurrido como un “episodio doloroso” para la comunidad cristiana internacional, aunque subrayó que el momento debe servir para reforzar el respeto efectivo a la libertad de culto de todas las religiones.
El religioso insistió en que la protección de los lugares santos no concierne únicamente a Jerusalén o a la región, sino que forma parte del patrimonio espiritual y cultural de toda la humanidad.
La decisión de celebrar la Pascua sin público adquiere un fuerte simbolismo en una ciudad donde convergen las tres grandes religiones monoteístas y donde cualquier restricción sobre los espacios sagrados suele tener una repercusión internacional inmediata.