¿Qué espera Estados Unidos de Donald Trump de los países que integran ese hemisferio occidental y puntualmente qué espera de su ‘patio trasero’? ¿Espera de América Latina obsecuencia y servidumbre?
El presidente Trump, quien ha dicho sobre sí mismo que fue capaz de terminar con ocho guerras en menos de un año, ¿llevará a una guerra mundial? El profesor de Historia de la Universidad de Yale, Greg Grandin, autor de “America, America: A New History of the New World”, analiza la política exterior y la Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump y plantea que el presidente de Estados Unidos “nos encamina a otra guerra mundial”.
El ideal de Donald Trump es el de un mundo organizado en torno a un equilibrio de poder en múltiples frentes: “con Estados Unidos presionando contra China, presionando contra Rusia, sembrando la división en Europa, amenazando a Latinoamérica, con todos los países, en todas partes, buscando una ventaja”, probablemente, “habrá más confrontación y estaremos al filo de la guerra”. “Debemos estar preparados”, como dijo recientemente el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, “para la escala de guerra que soportaron nuestros padres y bisabuelos”, plantea el profesor de Historia de la Universidad de Yale, Greg Grandin, en su ensayo más reciente publicado en The New York Times.
Trump está mirando al siglo XIX y extrapolando razonamientos y sentencias extemporáneos, de hace 200 años, para ponerlos en práctica en el siglo XXI y construir “un futuro orden mundial basado en la primacía de Estados Unidos”.
“Uno se pregunta qué pasa por la cabeza de los arquitectos de la política exterior del presidente Donald Trump. Parece como si todos se hubieran tomado su tiempo para estudiar los libros clásicos de historia sobre las causas de las guerras mundiales —La guerra que acabó con la paz, de Margaret MacMillan, o La crisis de los veinte años, de E. H. Carr— y luego se hubieran dicho: ahí es exactamente donde queremos llevar al mundo”, comienza diciendo el historiador y escritor estadounidense.
Para Grandin, tanto en su primer mandato, como ahora en el segundo, Trump ha dejado atrás el consenso bipartidista posterior a la Guerra Fría en el cual “Estados Unidos supervisaba un orden mundial económicamente integrado regido por leyes comunes que regulaban las relaciones de propiedad, el comercio y los conflictos”. La Casa Blanca de la era Trump tiene una mirada del mundo dividido en “esferas de influencia competitivas y guarnecidas”.
La Estrategia de Seguridad Nacional contiene todos los elementos asociados al nacionalismo agraviado de “Estados Unidos primero”, incluso yendo en contra del libre comercio y la ayuda exterior. En ese orden de ideas, Estados Unidos asumirá aquello que tenga relación directa con su “interés nacional”.
Grandin subraya que el núcleo del informe es la promesa de “reafirmar y hacer cumplir la doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense”. Trump está mirando al siglo XIX y extrapolando razonamientos y sentencias extemporáneos, de hace 200 años, para ponerlos en práctica en el siglo XXI y construir “un futuro orden mundial basado en la primacía de Estados Unidos”.
En primer lugar, la doctrina Monroe no es un tratado ni es una ley. Fue una simple declaración, emitida por el presidente James Monroe en 1823, en la que reconocía la independencia de las repúblicas hispanoamericanas y advertía a Europa que el hemisferio occidental estaba fuera del alcance de “futuras colonizaciones”, contextualiza el académico.
Ese razonamiento fue instrumentalizado en adelante por otros políticos estadounidenses para llevar a cabo sus propósitos, proyectos y ambiciones. “El presidente James K. Polk, en 1845, fue uno de los primeros en plasmar la declaración por escrito, invocando la “doctrina de Monroe” en su impulso para arrebatar California a México antes que los británicos. Polk volvería a citar a Monroe cuando anexó Texas”, explica el historiador.
Pero Polk no fue el único. “Los presidentes posteriores utilizaron la doctrina como una orden policial abierta, autorizando ocupaciones militares en serie y golpes de estado respaldados por Estados Unidos. A finales del siglo XIX, los latinoamericanos tenían una nueva palabra para describir el intervencionismo estadounidense: monroísmo”.
Trump retoma así este razonamiento para su política exterior, como ya lo hacen potencias regionales, China y Rusia, puntualmente, en sus esferas de influencia en competencia. Y como ya lo está haciendo Estados Unidos en América Latina y el Caribe, con el bombardeo de lanchas presuntamente dedicadas al narcotráfico y las consecuentes ejecuciones extrajudiciales de sus tripulantes, pero también con la injerencia e intromisión en asuntos internos de diferentes países de la región y un discurso beligerante o amistoso que dependerá de las simpatías o de las desafecciones hacia ciertos líderes de la región.
Habrá que ver, si tan groseras intromisiones, tendrán el efecto esperado por Trump o, por el contrario, si podrían generar la reacción de algunas poblaciones de América Latina favoreciendo la popularidad de los populistas y dictadores de izquierda que todavía gobiernan en algunos de los países más importantes de la región.
“Si estás enfocado en Estados Unidos y en ‘Estados Unidos primero’, empieza por tu propio hemisferio”, ha dicho recientemente el secretario de Estado Marco Rubio. Y el gobierno de Trump lo ha hecho, precisa Grandin, quien abunda en su explicación al señalar que los nacionalistas de “Estados Unidos primero” han sido durante mucho tiempo los más acérrimos defensores de la doctrina Monroe. “Tras la Primera Guerra Mundial, los nacionalistas la utilizaron para oponerse a la Liga de Naciones propuesta por Woodrow Wilson. Henry Cabot Lodge, el poderoso presidente republicano de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, advirtió que si uno se unía a la liga, ‘la doctrina Monroe desaparecería’ y, con ella, la soberanía nacional. Lodge, que se identificaba como partidario de ‘Estados Unidos primero’, dijo que se negaba a jurar lealtad a la bandera ‘mestiza’ de la liga”. Incluso, los senadores presentaron una resolución que aseguraba que nada en el mandato de la liga impediría a Estados Unidos utilizar la fuerza militar en Latinoamérica y que la doctrina Monroe permanecería “totalmente fuera de la jurisdicción de dicha sociedad de naciones”.
Wilson terminó por ceder a las presiones e insertó una cláusula en la carta de la liga que reafirmaba la “validez” de “la doctrina Monroe”. Pero, incluso así, el Senado siguió votando en contra de la adhesión, observa el profesor de Yale. Otros países también hicieron suya esa doctrina, como ilustran los casos de Japón, Reino Unido y la Alemania de Hitler, previa la Segunda Guerra Mundial.
“La renovación de la doctrina Monroe por parte de Trump llega en un momento igualmente precario de la política mundial. Su estrategia de seguridad nacional identifica a América Latina no como parte de una comunidad común de naciones del Nuevo Mundo, como lo hizo Monroe en su declaración de 1823, sino como un teatro de rivalidad global, un lugar de donde extraer recursos, asegurar las cadenas de productos básicos, establecer baluartes de seguridad nacional, luchar contra las drogas, limitar la influencia china y acabar con la migración”, puntualiza el profesor.
“Estados Unidos”, siguiendo la Estrategia de Seguridad Nacional, “debe ser preeminente en el hemisferio occidental como condición de nuestra seguridad y prosperidad”, capaz de actuar “donde y cuando” lo necesitemos para asegurar los intereses estadounidenses. El “Corolario” de Trump a la doctrina Monroe simplemente significa que Latinoamérica va a quedar cerrada, y los latinoamericanos excluidos.
¿Qué significa esto exactamente? ¿Qué espera el Estados Unidos de Donald Trump de los países que integran ese hemisferio occidental y puntualmente de su ‘patio trasero’? ¿Espera de América Latina obsecuencia y servidumbre?
“Washington no tiene intención de retirarse de su posición de primacía global. En lugar del ya desaparecido orden internacional liberal, la Casa Blanca está globalizando implícitamente la doctrina Monroe, reclamando para Estados Unidos el derecho a responder unilateralmente a las amenazas percibidas no solo dentro de su hemisferio sino en cualquier lugar de la Tierra (China excluida)”, observa el profesor.
Aunque la afirmación no es nueva, de hecho fue el argumento que sirvió a la guerra global contra el terrorismo, insistir en ella escapando de la rendición de cuentas, la jurisdicción externa, las vinculaciones y obligaciones multilaterales, significa que “Estados Unidos pretende lidiar con el resto del mundo como lo hace con América Latina, apoderarse, sancionar y matar con impunidad”, puntualiza el historiador y escritor estadounidense.