Mientras Washington y Tel Aviv se ausentan del debate, la Asamblea General de la ONU resucita el consenso internacional sobre la necesidad de dos Estados. La paz, parece, ya no espera permiso.
En un gesto que resuena más allá de los salones diplomáticos, la comunidad internacional volvió a pronunciarse con claridad sobre el conflicto israelo-palestino. Durante una conferencia ministerial convocada por la Asamblea General de la ONU, al menos 142 de los 193 Estados miembros reafirmaron su apoyo a la solución de dos Estados. La cita, impulsada por Francia y Arabia Saudita, fue boicoteada por Estados Unidos e Israel, que calificaron el encuentro como un “ardid publicitario” que recompensaría al terrorismo. Sin embargo, para la mayoría de los presentes, el mensaje fue otro: la paz no puede seguir dependiendo de los mismos bloqueos de siempre.
El canciller francés, Jean-Noël Barrot, fue directo: “Solo una solución política de dos Estados permite responder a las legítimas aspiraciones de israelíes y palestinos”. No hubo ambigüedad, tampoco eufemismos. Tras casi dos años de guerra en Gaza y con más de 35.000 muertos, la urgencia ya no admite postergaciones diplomáticas. Luxemburgo, por su parte, sugirió que seguirá el ejemplo de Francia, que anunció su reconocimiento formal del Estado palestino en la próxima Asamblea General.
En voz del secretario general António Guterres, la ONU admitió que la solución de dos Estados está hoy “más lejos que nunca”. La expansión de los asentamientos en Cisjordania, las amenazas de anexión y la destrucción masiva en Gaza ponen en duda la viabilidad geográfica —y política— de un Estado palestino. Pero renunciar a la posibilidad equivaldría a aceptar un conflicto eterno como normalidad.
Desde América Latina, varios gobiernos han reiterado su respaldo a la solución bipartita. Países como Colombia, Chile, Brasil y México han mostrado, con distintos matices, un compromiso histórico con el reconocimiento del Estado palestino y la condena a la ocupación. En ese contexto, no sorprende que el canciller español, José Manuel Albares, recordara que tanto israelíes como palestinos “tienen derecho a un futuro en paz y en seguridad”.
El canciller saudí, príncipe Faisal bin Farhan, añadió un matiz geopolítico al señalar que la creación de un Estado palestino es condición para normalizar las relaciones entre Israel y el mundo árabe. Y el primer ministro palestino, Mohammad Mustafa, fue más lejos al pedir que Hamás entregue las armas y el control de Gaza a la Autoridad Palestina, ofreciendo garantías internacionales para gestionar ese proceso.
No es una novedad que Estados Unidos se alinee con Israel en los foros multilaterales. Lo que sí resulta nuevo es que el mundo avance sin ellos. En el vacío diplomático que dejan Washington y Tel Aviv, otras potencias —e incluso pequeños países— han ocupado la escena con un lenguaje más nítido, más civilizatorio.
La historia del conflicto palestino-israelí no se resolverá en una conferencia, ni en una resolución simbólica. Pero que la mayoría de los Estados de la ONU retomen el consenso de 1947 —dos Estados, dos pueblos, un horizonte de justicia compartida— constituye un giro relevante en medio del colapso humanitario.
En juego está algo más que la paz en Medio Oriente: también se pone a prueba la credibilidad del derecho internacional.. Cuando las bombas ciegan la esperanza, los mapas deben volver a dibujarse desde la dignidad.