El Estrecho de Gibraltar entre narrativa mediática y realidad estratégica

15 mars 2026 - 16:39

Cuando las tensiones entre aliados sacuden una región estratégica, los analistas buscan escenarios alternativos. Que algunos de esos escenarios sitúen a Marruecos en el centro del debate mediterráneo no es sorprendente: la geografía lo impone. Lo que sí merece examen riguroso es el método con que ciertos análisis construyen esa hipótesis y las conclusiones que extraen de ella.

En un artículo reciente publicado en El Confidencial, el veterano corresponsal Ignacio Cembrero sugiere que las tensiones entre Pedro Sánchez y Donald Trump por el uso de bases militares en España podrían abrir la puerta a una alternativa marroquí en el sur del estrecho de Gibraltar. La pregunta no es absurda. Pero cuando se revisan con atención las fuentes citadas, lo que aparece no es una estrategia marroquí en marcha, sino una sucesión de conjeturas que, repetidas y reorganizadas, terminan adquiriendo la apariencia de diagnóstico geopolítico.

El problema no reside en la pregunta, sino en el método que conduce a la respuesta.

El texto de Cembrero no examina una evolución diplomática observable ni decisiones estratégicas verificables. En lugar de eso, organiza una serie de artículos, opiniones y comentarios dispersos como si formaran parte de una dinámica geopolítica coherente. El resultado es un relato donde la hipótesis precede al análisis y donde las citas parecen elegidas para confirmar una intuición previamente establecida. A ello se añade un desplazamiento metodológico igualmente problemático: la ausencia de jerarquía entre las fuentes citadas. En el artículo aparecen mezclados textos de naturaleza muy distinta —columnas de opinión, análisis especulativos, tribunas ideológicas o simples comentarios periodísticos— como si todos pertenecieran al mismo nivel de autoridad estratégica. Sin embargo, en cualquier análisis riguroso resulta fundamental distinguir entre una decisión gubernamental, una posición institucional, una reflexión académica y una opinión publicada en la prensa. Al borrar esas diferencias, el texto crea la impresión de una convergencia analítica que en realidad no existe. Lo que aparece como tendencia geopolítica emergente no es más que la superposición de discursos heterogéneos cuya única coherencia reside en la interpretación que el propio artículo les atribuye.

Lo que realmente dicen las fuentes

Una lectura detenida de los artículos mencionados revela un desfase evidente entre la interpretación propuesta y el contenido real de esas fuentes. La mayoría de los textos publicados en medios marroquíes no describen ninguna estrategia oficial destinada a sustituir a España como socio militar de Washington. Se limitan a formular preguntas sobre las consecuencias potenciales de una crisis diplomática entre Estados Unidos y España. Este tipo de ejercicios pertenece al lenguaje habitual de la prospectiva estratégica: analizar posibilidades, no anunciar decisiones. Convertir esos interrogantes en la señal de una ambición geopolítica concreta implica un salto interpretativo que ninguna declaración oficial ni ningún movimiento diplomático parece confirmar.

De hecho, varios de esos mismos textos introducen inmediatamente matices que el artículo apenas menciona: subrayan los costes económicos, los plazos técnicos y las complejidades diplomáticas que implicaría cualquier traslado de infraestructuras militares desde España hacia el sur del estrecho. Leídos en su totalidad, esos análisis funcionan más como ejercicios de reflexión estratégica sobre una coyuntura internacional que como la expresión de un proyecto político definido. Interpretarlos como indicios de una maniobra geopolítica en marcha supone atribuir a las fuentes una intención que ellas mismas no formulan.

La realidad material que la especulación ignora

Incluso los artículos que mencionan instalaciones marroquíes como posibles puntos logísticos subrayan inmediatamente los límites materiales de esa hipótesis. Las instalaciones estadounidenses en la Estación Naval de Rota no son simplemente un puerto donde atracan algunos barcos. Forman parte de una arquitectura militar profundamente integrada en el dispositivo estratégico de la OTAN desde hace décadas. Allí operan destructores del sistema Aegis, unidades logísticas y un complejo entramado de infraestructuras que sostienen las operaciones estadounidenses en Europa, África y el Mediterráneo. Trasladar un ecosistema militar de esa magnitud no es una decisión que pueda improvisarse en una coyuntura diplomática. Implicaría años de planificación, inversiones multimillonarias y una redefinición completa del equilibrio militar en el flanco sur de la alianza atlántica.

A ello se suma la densidad institucional y operativa que se ha construido alrededor de Rota a lo largo de más de medio siglo. La base no funciona de manera aislada, sino como nodo de una red logística que conecta sistemas de defensa antimisiles, rutas de abastecimiento naval, acuerdos bilaterales y mecanismos de coordinación dentro de la OTAN. Reproducir ese entramado en otro punto del Mediterráneo no dependería únicamente de la disponibilidad de un puerto o de una localización geográfica favorable, sino de un proceso largo de integración militar, jurídica y política. Por eso, cuando algunos análisis sugieren un eventual desplazamiento estratégico hacia el sur del estrecho, suelen recordar inmediatamente que la geografía puede ofrecer oportunidades, pero las infraestructuras estratégicas responden a inercias mucho más profundas. El propio general Michael Langley, al frente del mando estadounidense para África, desmintió ante el Congreso en junio de 2025 que existiera ningún plan para trasladar las bases fuera de España. Ese dato, que el propio Cembrero menciona casi al final de su artículo, debería haber figurado en el primer párrafo.

El ruido ideológico de algunos think tanks

La única esfera donde la hipótesis adopta un tono más radical no se encuentra en Rabat ni en Madrid, sino en determinados círculos ideológicos de Washington. Autores vinculados al Middle East Forum han llegado a sugerir que Estados Unidos debería reforzar su cooperación militar con Marruecos para presionar políticamente a España. Algunos textos incluso proponen que Washington reconozca la soberanía marroquí sobre Ceuta y Melilla. Estas propuestas pertenecen claramente al terreno de la tribuna ideológica y no al de la política exterior efectiva. Cembrero las cita sin advertir al lector de ese contexto, lo que equivale a presentar el editorial de un partido como si fuera un parte diplomático.

Conviene recordar, además, que los think tanks forman parte de un ecosistema intelectual donde conviven análisis rigurosos, agendas políticas y ejercicios deliberados de provocación estratégica. Su función no siempre es describir la realidad, sino influir en ella o empujar el debate hacia determinadas direcciones. Tomarlas como indicador de un viraje geopolítico inminente supone atribuirles una capacidad de anticipación que rara vez poseen.

La diplomacia marroquí: continuidad, no oportunismo

Hay un aspecto del artículo de Cembrero que merece, sin embargo, una respuesta directa y no una evasión. El corresponsal describe una serie de decisiones concretas y verificables del SM el Rey Mohamed VI: su incorporación al Consejo de Paz promovido por Trump, la participación marroquí en la Fuerza de Estabilización prevista para Gaza, el silencio de Rabat ante los bombardeos sobre Irán y el rechazo a firmar la protesta conjunta de países musulmanes sobre el acceso a los lugares sagrados de Jerusalén durante el Ramadán. Estos hechos no son especulación. Son reales.

Lo que resulta discutible es la lectura que Cembrero hace de ellos: la de un reino que aprovecha oportunistamente la crisis entre Washington y Madrid para posicionarse como alternativa. Esa interpretación ignora que la política exterior marroquí ha mantenido durante años una línea de pragmatismo estratégico con Estados Unidos e Israel que precede con mucho a la crisis actual con España. Los Acuerdos de Abraham de 2020, que Marruecos firmó a cambio del reconocimiento estadounidense de su soberanía sobre el Sáhara , establecieron una lógica de intercambios que explica buena parte de los gestos diplomáticos que hoy Cembrero presenta como maniobras de última hora. No es oportunismo coyuntural: es la aplicación coherente de una estrategia construida a lo largo de años. Presentarlo como una respuesta táctica a la tensión entre Sánchez y Trump es, sencillamente, leer mal el calendario.

Entre percepción y realidad

Más allá de estas interpretaciones, la única constante estratégica sigue siendo la geografía. El estrecho de Gibraltar continúa siendo uno de los principales puntos de estrangulamiento del comercio mundial, un corredor marítimo por el que transita una parte considerable del tráfico energético y comercial que conecta el Atlántico con el Mediterráneo. Precisamente por esa razón, cada crisis internacional que afecta a esta región genera nuevas especulaciones sobre el equilibrio estratégico del estrecho. Pero las especulaciones no modifican las estructuras profundas que sostienen ese equilibrio.

En realidad, el artículo de Cembrero termina revelando algo distinto de lo que pretende demostrar. No muestra una estrategia marroquí destinada a reemplazar a España en el sistema estratégico occidental. Lo que pone de manifiesto es el lugar cada vez más central que Marruecos ocupa en el imaginario geopolítico europeo. Cada vez que surge una crisis en el Mediterráneo occidental, Rabat aparece en ciertos análisis como una variable inevitable en cualquier reflexión sobre el futuro equilibrio regional. Esa presencia recurrente no significa que el equilibrio haya cambiado. Significa, más bien, que algunos empiezan a imaginar que podría cambiar. Y en geopolítica, como en periodismo, conviene no confundir la imaginación estratégica con la realidad que pretende describir.

Lo que el análisis de Cembrero demuestra, en definitiva, no es que Marruecos esté sustituyendo a España en el dispositivo occidental. Lo que demuestra es que ciertos reflejos del periodismo español siguen procesando el ascenso geopolítico de Marruecos con las categorías de la amenaza antes que con las herramientas del análisis. Y esa confusión, repetida con suficiente frecuencia, termina siendo ella misma un hecho geopolítico: el síntoma de una incomodidad que todavía no ha encontrado el lenguaje adecuado para nombrarse.

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