El dalái lama frente a Pekín: la ONU alerta sobre la legitimidad de la sucesión

16 septembre 2025 - 10:36

La advertencia de Naciones Unidas a China acerca de la sucesión del dalái lama revela un conflicto que desborda lo religioso y se adentra en el corazón mismo de la política internacional. La cuestión de quién tiene autoridad para decidir sobre la continuidad de la figura espiritual tibetana se convierte en un campo de batalla donde se cruzan la soberanía de los pueblos, el derecho internacional y la voluntad de un Estado decidido a controlar hasta las dimensiones más íntimas de la fe.

Un grupo de expertos de la ONU hizo pública esta semana su profunda preocupación por la normativa china que desde 2007 reserva al Partido Comunista la facultad de autorizar las reencarnaciones de líderes budistas. Según su comunicación, imponer desde el poder político una figura religiosa carece de legitimidad y socava el derecho a la libertad de creencia reconocido en tratados internacionales. La advertencia adquiere un eco particular al recordarse que el actual dalái lama, quien cumplió noventa años en julio, ha reiterado que será su propio círculo de confianza el encargado de organizar la búsqueda de su sucesor, en abierta contradicción con la estrategia de control impulsada por Pekín.

La dimensión del conflicto se agrava al evocarse la desaparición del Panchen Lama, figura clave en el budismo tibetano y segunda autoridad en jerarquía tras el dalái lama. Gedhun Cheokyi Nyima fue reconocido en 1995 por el líder espiritual tibetano y poco después detenido junto a su familia por las autoridades chinas. Desde entonces nada se ha sabido de él. Pekín instaló a su propio candidato, lo que ha dejado a la comunidad tibetana dividida entre el niño desaparecido, considerado legítimo por la tradición, y un Panchen Lama oficial que la mayoría rechaza por su vínculo con el poder comunista. La ONU recordó en su carta que este caso constituye una violación grave del derecho internacional y que los supuestos informes sobre su vida normal carecen de verificación independiente.

El debate sobre la sucesión desborda el marco religioso y se convierte en un asunto de poder y de soberanía. Se trata de un pulso sobre la capacidad de un pueblo para preservar su tradición frente a la maquinaria de un Estado que considera la religión un terreno más de la política de seguridad. La injerencia de China busca garantizar que el futuro dalái lama responda a su lógica de control territorial y neutralice cualquier desafío al dominio de Pekín sobre el Tíbet. La Administración Central Tibetana en el exilio lo expresó con claridad al señalar que un sucesor impuesto desde fuera carecerá de legitimidad entre los tibetanos y golpeará el núcleo de su libertad espiritual.

La controversia conecta con debates universales sobre la libertad religiosa y el alcance de los Estados para definir identidades colectivas. Las potencias occidentales han mostrado hasta ahora cautela en sus declaraciones, temerosas de tensar aún más las relaciones con China en un momento en que los equilibrios comerciales y estratégicos están en disputa. Sin embargo, la advertencia de la ONU coloca la cuestión en el centro de la agenda internacional, al recordar que el derecho a la fe y a la cultura trasciende las fronteras y no puede quedar sometido a decretos administrativos.

La erosión de los consensos multilaterales convierte la sucesión del dalái lama en un símbolo de resistencia cultural y espiritual frente al avance de lógicas autoritarias. El debate enfrenta un punto esencial, la capacidad de las comunidades religiosas para definir por sí mismas la continuidad de su fe y la legitimidad de quienes la encarnan.

La declaración de los expertos de Naciones Unidas coloca de nuevo sobre la mesa una verdad incómoda para Pekín y asumida por la comunidad internacional. La autoridad espiritual no se impone desde las oficinas del poder y la fe de los pueblos tampoco se sustituye con nombres dictados desde arriba.

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