Casi 900 millones de personas pobres viven hoy expuestas a riesgos climáticos extremos, según Naciones Unidas. El calentamiento global no solo amenaza al planeta: también redefine la geografía de la desigualdad.
El último informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) revela una cifra estremecedora: ocho de cada diez personas pobres del mundo —alrededor de 900 millones— enfrentan directamente los efectos del cambio climático. Sequías, inundaciones, calor extremo y contaminación se combinan en un ciclo que multiplica la vulnerabilidad. Lo que para unos es un fenómeno ambiental, para otros se traduce en hambre, enfermedad o desplazamiento.
El administrador interino del PNUD, Haoliang Xu, lo expresó con claridad: “Nadie es inmune a los efectos del cambio climático, pero los más pobres cargan con el peso más injusto”. La frase resume un dilema moral y político: la crisis climática no afecta a todos por igual. Los países menos responsables de las emisiones son los que pagan el precio más alto.
La nueva cartografía del riesgo
El informe identifica cuatro grandes amenazas: el calor extremo, las sequías, las inundaciones y la contaminación del aire. Cerca de 600 millones de personas sufren olas de calor cada año; más de 450 millones enfrentan inundaciones recurrentes, y otros 200 millones padecen sequías prolongadas que arrasan cultivos y reducen el acceso al agua potable.
La pobreza y el clima forman un círculo vicioso. Los hogares más humildes dependen de sectores frágiles —agricultura, pesca, trabajo informal—, carecen de redes de protección social y viven en zonas de alto riesgo. Cuando un desastre natural golpea, pierden en un día lo que tardaron años en construir. Y cuando las crisis se repiten, las posibilidades de recuperación se evaporan.
La mitad de los 1.100 millones de personas en pobreza multidimensional son niños y niñas. Para ellos, el cambio climático no es una amenaza futura, sino una experiencia cotidiana: escuelas destruidas por inundaciones, falta de electricidad, agua contaminada, enfermedades respiratorias. La desigualdad ya no se mide solo en ingresos, sino también en grados Celsius.
América Latina en el espejo
Aunque el informe pone el foco en África subsahariana y el sur de Asia, América Latina enfrenta sus propios dilemas. Las sequías prolongadas en México y el Cono Sur, las lluvias torrenciales en el Caribe y el aumento de las temperaturas en la Amazonia son señales de una región vulnerable. En países como Bolivia o Guatemala, la pobreza rural y la degradación ambiental se retroalimentan, desplazando comunidades enteras.
La advertencia de Naciones Unidas llega a pocas semanas de la COP30, que se celebrará en Brasil. El desafío será traducir la retórica de las cumbres en compromisos reales. Xu lo dijo sin eufemismos: “La acción climática debe entenderse también como una acción contra la pobreza”.
Una política del cuidado
Reducir las emisiones es indispensable, pero insuficiente. Los expertos del PNUD insisten en que la clave está en fortalecer las capacidades locales: construir infraestructuras resilientes, garantizar acceso al agua y la energía, y diversificar las economías rurales. La justicia climática pasa por devolver autonomía a las comunidades que resisten en los márgenes del desarrollo.
El cambio climático ya no es un debate técnico, sino una cuestión de dignidad humana. Si el siglo XXI tiene una frontera ética, está ahí: en los 900 millones de personas que soportan la carga doble de la pobreza y del calentamiento global.